Año 814. Hacía poco más de un siglo de la llegada de los musulmanes -esos señores que venían del sur, mucho antes de ponerse a vender películas pirata- y en Córdoba se produjo una rebelión contra el emir Alhakan I. La causa, según algunos historiadores, fue el malestar por el aumento de los tributos; otros, entre ellos Sánchez Albornoz, lo atribuyen al hecho de haber apartado del gobierno a los faquíes o teólogos, que indignados encizañaron al pueblo contra el anticlerical emir. De todos es sabida la importancia de la religión para los musulmanes; bueno, de todos menos del emir, parece.
La tensión fue en aumento, produciéndose numerosos incidentes que culminarían cuando un soldado de la guardia de Alhakan, formada por crueles mercenarios berberiscos(1), mató al parecer sin ningún motivo a un pacífico bruñidor y en ese momento estalló el alzamiento popular. Las gentes encolerizadas atacaron el Alcázar, poniendo en serias dificultades al bien preparado ejército del emir, mientras él se perfumaba barba y cabellos pues, según dijo, “si mi cabeza cae en el combate, quiero que se distinga de las otras”. Y a continuación llamó a su primo Obaidallá ordenándole incendiar uno de los barrios periféricos, el de Secunda, del que procedían buena parte de los sublevados. El pariente, acompañado de un numeroso grupo de elite escogido entre los 2.000 jinetes de la guardia, pudo llegar hasta la afueras y cumplir su misión, por lo que los asaltantes del Alcázar dieron media vuelta para proteger a sus familias y propiedades, siendo entonces atacados por frente y retaguardia, lo que les llevó a la derrota.
Tras crucificar cabeza abajo a 300 de los principales rebeldes y arrasar Secunda, Alhakan dio tres días a sus enemigos para abandonar la península. Podría haber crucificado a tres y dar 300 días, pero le pareció mejor la otra opción.
Fue la primera emigración masiva de sublevados españoles, alrededor de unas 8.000 familias que, tras muchas penalidades durante el camino, embarcaron en el puerto almeriense de Pechina, por entonces uno de los principales del Mediterráneo, llegando a las costas del actual Marruecos. Muchos se quedarían en la ciudad de Fez, pero unos 20.000 viajaron a Egipto y luego de derrotar a las tropas beduinas tomaron Alejandría, donde iban a permanecer hasta ser expulsados por las poderosas huestes de Almamún en el 826, dirigiéndose a Creta, territorio sometido al Imperio de Bizancio, que pronto conquistaron. Aquellos desterrados españoles y sus descendientes permanecerían en la isla 135 años, hasta ser expulsados por los griegos.
Quizás siete siglos después, según apunta el antes citado Sánchez Albornoz, alguien de esa estirpe llamado Doménico Theotocopuli y apodado “El Greco”, volviera a la tierra de sus ancestros; es una posibilidad nada descabellada, máxime si tenemos en cuenta la españolidad de su genio.
Y de paso, nos colocamos unas medallas.
(1).- La tropa de mercenarios era conocida genéricamente como hasham. Los mamelucos, sus principales componentes, eran llamados despectivamente, aljur (los silenciosos) por no tener ni papa del idioma.