El Santísima Trinidad fue un navíoespañol, el más grande de su época, el buque insignia, la joya de la corona descorazonada que han sido siempre los Borbones. Fue el único barco de cuatro puentes construido, y por ello se ganó el sobrenombre de El Escorial de los mares. En realidad, se subió la cubierta y esto fue lo que permitió colocar una cuarta batería de cañones, y por esto lo de los cuatro puentes.
Carlos III lo había visto claro: o botábamos o nos botaban, sobre todo si queríamos recuperar Menorca y Gibraltar. Y el rey-albañil, el rey-alcalde de Madrid, puso a funcionar los astilleros de El Ferrol, de Cartagena, de La Habana. En estos últimos, siguiendo las indicaciones de Jorge Juan, que venía de Inglaterra de husmear lo que hacía el inglés.
En esa hornada naviera ―que proporcionaría veintidós naves― el Santísima Trinidad fue construido en La Habana, diseñado por el irlandés Mateo Mullan, y botado en 1769. Tres puentes, casi sesenta metros de eslora, ciento dieciséis cañones, el Escorial de los mares.
Han colocado una terracita con bar en cubierta en esta réplica del Santísima Trinidad. No va armada como el original, sino que ha sido pensada para albergar visitantes que vengan a tomar el vermú, a comer en el lujoso restaurante, a contemplar los objetos de época que se almacenan en su interior. No sé, por tanto, si las hechuras del barco reproducen las mismas taras que la embarcación original sufrió desde el primer momento: sobre todo su tendencia a escorar, por lo cual tuvo que ser sometida a obras diversas que nunca consiguieron corregir totalmente sus defectos iniciales.
Los almirantes Luis de Córdoba, Lángara y José de Córdoba se enorgullecieron sucesivamente a bordo del Santísima Trinidad, y su artillería se batió el cobre en el Canal de la Mancha, el asedio a Gibraltar y en el Cabo Espartel.
El puerto de Málaga está tranquilo. Los curiosos que se acercan nos miran desde abajo, nadie va a arriar velas, no hay preocupación por la aparición de la Armada Inglesa, sino por dónde se va a comer en un día plácido. Qué distinto al 14 de febrero de 1797, cuando el original del que ha sido clonado este barco combatió en San Vicente con el inglés. Quedó tan maltrecho que sólo su nombre lo salvó del desguace. Fue en las reformas posteriores a este lance cuando se corrió el alcázar al castillo y se subió la batería alta, montando más cañones: ahí adquirió la apariencia de tener cuatro puentes en vez de los tres que realmente tenía. En 1803 lo encontramos ya en activo, con 136 cañones disponibles, más otros cuatro que recibió poco antes a la batalla de Trafalgar. Ningún otro buque contó con tal artillería.
21 de octubre de 1805. Batalla de Trafalgar. El Santísima Trinidad acude a la refriega al mando de Uriarte y Borja y con la insignia del contralmirante Hidalgo de Cisneros. Ya sabéis: buenos buques, buen almirantazgo y malas tripulaciones: pagas atrasadas, levas forzosas, Gravina entrando al trapo del gabacho Villeneuve, un inconsciente más, y Nelson pasándose por la piedra a la escuadra combinada francoespañola. Lo de siempre. Mucho politiqueo y el marrón para los mismos. Esto no ha cambiado. Ni cambiará, no lo soñéis: echadle un ojo a los planes de estudio y comprobaréis de qué os hablo.
El Santísima Trinidad, perdido ya pero encabronado, se mide a siete navíos ingleses a la vez. Desde el inglés África se manda a un oficial para que los españoles acepten la rendición, pero estos devuelven educadamente al oficial a su barco, en un bote. Y se siguen dando estopa durante una hora. Ya no queda nadie apenas que siga disparando o que achique agua, y el barco se rinde. Hasta tres días están los británicos, desde el Ajax y el Revenge, tirando muertos por la borda, en medio del temporal que barrió el Golfo de Cádiz después de la batalla. El 24 se rompen las amarras y el Santísima Trinidad se hunde. Cuentan que se escuchó el último grito de los que quedaban abajo agonizantes.
Y allí sigue, olvidado, como un misterio o una vergüenza, mientras los ingleses exhiben el Victory con orgullo. Y aquí estamos, a bordo de la réplica del Santísima Trinidad, hecho restaurante, mientras unos tipos con riñonera ―esto es una categoría― se hacen fotos en un sillón que hay colocado en la exposición, sin importarles nada, sin ningún respeto por el mobiliario, como si estuviesen en un Disneylandia de esos con montaña rusa. Dan ganas de soltar amarras y lanzarse a Londres, a buscarle las cosquillas a su Graciosa Majestad. Pero tirando antes a los de la riñonera en alta mar.