Viene de: Els almogàvers II, descubriendo Bizancio
5.- Que cuenta la llegada de nuestros protagonistas a Oriente y las primeras aventuras en que se ven envueltos.
Como ya hemos visto, las necesidades de Andrónico II –el emperador bizantino del período que nos ocupa- y las de Roger de Flor son totalmente simbióticas. Además, las condiciones que impone Roger para entrar al servicio del imperio apenas son simbólicas y de fácil cumplimiento: cuatro soldadas por adelantado para su tropa y para cualquier otra que se le una con posterioridad, el título de senescal del imperio para su amigo Corberán de Alet y, para él mismo, ser nombrado megaduque del imperio y que le casen con alguien de la familia imperial. Quizás usted, estimado lector, piense que al amigo Roger se le fue un tanto la mano a la hora de pedir cosas. Afortunadamente, Andrónico no piensa lo mismo, pues a nuestro griego emperador, aplaudiendo con las orejas, le falta tiempo para decir que sí a todo y mandar un barco a Sicilia –donde recordemos aún se encuentran los almogávares, vaciando bodegas y organizando peleas tabernarias- con las insignias de senescal y megaduque, y los dineros acordados.
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Almogávares en plan de batalla. |
Una vez dicho barco llega a su destino, las cosas se precipitan: Federico, en un alarde de generosidad, ordena que seis galeras sicilianas escolten al convoy en su camino a Constantinopla, a la vez que le da a cada miembro de la expedición una pequeña suma en plan finiquito como agradecimiento a los servicios prestados. En pocos días, 1500 jinetes, unos 1000 marineros y más de 4000 almogávares con sus respectivas familias están preparados para hacerse a la mar.
Será a mediados de 1302 cuando nuestros vocingleros amigos desembarquen en los muelles de Constantinopla. Pueden imaginarse ustedes el cuadro: la cara de asombro de nuestros simpáticos mercenarios, bajitos y desarrapados, ante las maravillas de la –aunque decadente- sin par ciudad de Constantino; y la cara de asombro de los griegos ante estos tipos malencarados, con pinta de vagabundo, que teóricamente vienen en su ayuda. Andrónico recibe a Roger con todo el esplendor del que es capaz una corte con mil años de experiencia en la organización de saraos. Todo el poder del imperio se reúne en el palacio imperial para saludar a los recién llegados. Se repite una imagen vista ya mil veces: los brillantes y refinados griegos se ven las caras con los orgullosos y altivos latinos, que de nuevo vienen a sacarles las castañas del fuego. Toda la ceremonia, aunque brillante, se ve condicionada por la tirantez inevitable entre un mundo antes glorioso que se resiste a desaparecer y un mundo nuevo, vibrante y vital, que aspira a dominar el futuro.
Tras las ceremonias de rigor se instala a los almogávares en unos cuarteles en el interior de la ciudad mientras se prepara la boda entre Roger y la princesa Ana, sobrina del emperador. Los almogávares se aburren, y empiezan a practicar algunas de sus actividades preferidas: beben como cosacos y persiguen a toda mujer que se les ponga a tiro, independientemente del estado civil de la desdichada. Poco a poco la población de la ciudad empieza a preguntarse si estos tipos que vienen a salvarles de los turcos no serán peor que los propios turcos, y esperan ansiosos que salgan a ganase el jornal de una condenada vez. Pero antes hay que casar a Roger. La ceremonia tiene el boato que solo las bodas de la realeza son capaces de alcanzar. Toda la ciudad vive plenamente las fiestas. Y es ahora cuando los almogávares dan una muestra de lo que pueden llegar a ser: durante las celebraciones, un incauto genovés de nombre Rosso de Finale capitanea a algunos compatriotas que hacen ondear sus banderas delante de los almogávares. Puesto que las relaciones entre aragoneses, catalanes y genoveses no están –nunca lo estuvieron- en su mejor momento, nuestros impulsivos amigos –que además andan con una o dos copas de más- entran al trapo, empitonan al amigo Finale y organizan una cacería de genoveses en toda regla, de forma que a todo el que pillan lo hacen filetes. El emperador no ve del todo con malos ojos que a los orgullosos genoveses le den las suyas y las de un bombero, pero como hay que guardar las apariencias pide a Roger que intervenga y acabe con el desmadre. Sin más problemas que dejar el banquete a medias, Roger impone el orden entre sus muchachos y los lleva de vuelta a sus cuarteles. De todas formas este incidente persuade a Andrónico de que ya es hora de que estos fogosos sujetos comiencen a hacer su trabajo, sobre todo ahora que el turco, con las pérfidas intenciones que le caracterizan, ha comenzado a asediar la ciudad de Filadelfia.
6.- Que cuenta como nuestros alegres muchachos limpian de turcos Anatolia.
Roger cruza a Asia con sus almogávares, caballería alana y un contingente de soldados griegos. Pronto descubren el primer campamento turco y se disponen a darles batallas. Podríamos imaginar este enfrentamiento como una metáfora de la eterna lucha entre oriente y occidente, ambos ejércitos desplegados uno frente a otro, banderas y pendones al viento. Pero no. Los almógavares pillan a los turcos durmiendo y pasan sobre ellos como un rodillo, no dejando títere con cabeza: según las crónicas, unos cuatro mil turcos pasan a mejor vida, algunos son hechos prisioneros y el campamento es saqueado según los más ortodoxos cánones, de forma que se amasa un buen botín. Tras este prometedor comienzo, como la campaña se ha iniciado a finales de año, se decide aplazar la continuación hasta el año que viene y las tropas se disponen a hibernar en la costa del mar de Mármara.
Con la llegada de la primavera se reinicia una campaña que, en definitiva, acabará convirtiéndose en una alegre romería en la que nuestros protagonistas recorren Anatolia de un extremo al otro despachando turcos como quien no quiere la cosa. En Aulax se pasan por la piedra a unos veinte mil turcos; en Tira, a unos setecientos; en Ania a unos tres mil. La victoria definitiva que rompe definitivamente la capacidad de rehacerse de los turcos tendrá lugar en las Puertas de Hierro –situadas en la parte inferior derecha de la península de Anatolia, justo sobre la vertical de Chipre. Los ocho mil soldados de la compañía –entre almogávares y jinetes- se encuentran enfrente a unos treinta mil turcos. La batalla tiene lugar el 15 de Agosto de 1304. Los turcos, confiados en su superioridad numérica, cometen un error garrafal desplegándose a la entrada del desfiladero, perdiendo así esa maniobrabilidad que es la mejor virtud de su ligera caballería. Los almogávares, tras encomendarse a San Jorge y lanzar su grito de guerra, se lanzan de frente, directamente, sobre el turco. Y ardió Troya. La victoria, naturalmente, será de nuestros salvajes protagonistas que, según las crónicas, dejan tirados en el campo a unos dieciocho mil turcos, huyendo los demás como alma que lleva el diablo. Esta vez la victoria es definitiva, y los turcos, incapaces de recuperarse de este nuevo golpe, abandonan Anatolia. Roger y la Compañía han cumplido su misión, y las tierras del imperio están por ahora a salvo de la presión del turco.
7.- Que refleja lo mal que se les daba a estos chicos la diplomacia, y los problemas que esto les causa.
Con todo lo competentes que eran estos muchachos en la cosa de la milicia, no deja de asombrar lo mal que se les daba todo lo relacionado con las relaciones públicas. Ya vimos como, recién llegados a Constantinopla, se dedicaron alegremente a cazar genoveses. El problema es que la cosa no quedó ahí y, en lo referente a atacar a sus aliados, hicieron un par de escenitas más que, a la larga, tuvieron funestas consecuencias. Con los alanos que vimos que inicialmente les acompañaban, tuvieron otra fuerte pelotera que se saldó con unos trescientos alanos muertos, incluido el hijo de Gircón, a la sazón jefe de los alanos. Este acontecimiento no es cosa baladí, como en su momento veremos.
Además se pasaban tres pueblos con los griegos a los que teóricamente venían a proteger. Durante el descanso invernal se dedican a lo que mejor se les da después de combatir: emborracharse y perseguir mujeres. De hecho, tienden a comportase más como conquistadores que como aliados, creando en los griegos –que resultan ser en extremo quisquillosos y no perdonan una, los desaprensivos- un profundo malestar que además irá en aumento. Cuando Roger reconquista Kula, decide que las autoridades griegas no la defendieron con el entusiasmo adecuado.Así que, para enseñarles a vivir, decide ejecutar a los dirigentes de la ciudad. Los roces acabarán siendo continuos, pues nuestros protagonistas, como buenos hispanos a los que les salen bien las cosas, pueden llegar a ser terriblemente arrogantes. Digamos que la cosa se les sube bastante a la cabeza. Y esto crea tensiones, y las tensiones anuncian dramas. Cuando, ya victoriosos, llegan hasta la ciudad de Magnesia, en la que habían dejado una guarnición y el botín obtenido en las batallas anteriores, los griegos les cierran las puertas y les reciben a flechazos. Con la sutileza diplomática que hemos visto le caracteriza, Roger ordena sitiar la ciudad y se dispone a asaltarla. Y en ello está cuando un mensaje del Emperador le ordena dirigirse al norte para hacer frente a la nueva amenaza que se cierne sobre el imperio: los búlgaros. Pero de nuevo, esta es otra historia.
Continúa en : Els almogàvers IV, la venganza catalana