ElS ALMOGÀVERS
IV, la venganza catalana.

Nuestros muchachos han cumplido sobradamente su trabajo. El turco está batido, y sin ganas de invadir nada durante unos cuantos años. Llega el momento más dulce para cualquier mercenario: el de cobrar su soldada. Momento que, curiosamente, también es el más amargo para quien le contrata. Lamentablemente, y como ya hemos visto, los almogávares pueden ser tan peligrosos para sus aliados como para sus enemigos. Y los griegos demuestran tener muy buena memoria en cuanto a agravios se refiere. Y la Compañía se muestra ahora –aún más que antes, se entiende- arrogante y orgullosa como ella sola. Mala combinación de elementos esta –orgullo desmedido y buena memoria para las deudas pendientes- que, como veremos en este capítulo, trajo funestas consecuencias para buena parte de los implicados en esta historia.


 

Els Almogàvers IV, la venganza catalana. Artículo enviado por Le_Baron.

 

Viene de: Els almogàvers III, entre batallas y diplomacia


8.- Que nos señala la suerte de Roger y los almogávares, y anuncia la que se le viene encima a los griegos.

1305 es el año que marca el definitivo punto de inflexión en los destinos de todos los protagonistas de esta aventura. En el capítulo anterior vimos como Andrónico hace llamar a Roger desde Magnesia, asediada por los ofendidos almogávares, para hacer frente al peligro búlgaro. Al frente de las operaciones en esta campaña está Miguel Paleólogo, hijo de Andrónico, personaje que, todo hay que decirlo, no puede ver a Roger y a los almogávares ni en pintura.

Pero a lo que íbamos. Respondiendo a la llamada del emperador, más enfadados que una mona pero obedientes, los miembros de la Compañía se ponen en marcha hacia el norte. De todas formas se mantienen fieles a ellos mismos: hacer correr a todas las ciudades que se cruzan en su camino con los gastos de la caminata, de forma que la animadversión de la población hacia estos arrogantes extranjeros crece pareja a los gastos que originan. Una vez en el mar de Mármara –octubre de 1304- Roger descubre que, en vez de ir a combatir a los búlgaros –que ya han sido rechazados por Miguel- tienen órdenes de acantonarse en la península de Gallípoli y esperar órdenes, mientras que él mismo ha de dirigirse a Constantinopla a informar sobre la campaña de Anatolia. En buena hora Andrónico les entrega Gallípoli. La península está bien abastecida y es fácilmente defendible. De hecho, antes de marchar, Roger ordena reforzar las defensas ya existentes, convirtiendo la zona en inexpugnable.

Situación de Gallípoli

Al llegar a la Corte es recibido con festejos y espléndidos regalos, pero este hecho no oculta que las relaciones con el emperador se van enrareciendo. En primer lugar porque Roger exige que le paguen los dineros acordados, que vienen a sumar la enorme cifra de trescientos mil besantes de oro. De los gastos ocasionados por el comportamiento de la Compañía hasta la fecha ni se habla, por supuesto. Andrónico paga, pero en moneda devaluada, con lo que Roger se agarra un enfado monumental y se niega a aceptar el dinero. En medio de todo este tira y afloja, un nuevo catalán, Berenguer de Entenza, llega a Constantinopla con mil y pico almogávares de refuerzo, con lo que la situación se enrarece aún más. Roger aprovecha la llegada de Berenguer –emparentado con la dinastía real aragonesa- para jugársela de mala manera a Andrónico: aprovechando una ceremonia oficial, se despoja de las insignias de megaduque y se las entrega, tras obtener el permiso del anonadado emperador, a Entenza. No queda más remedio que aceptar al nuevo megaduque y buscarle un nuevo cargo a Roger; no queda más remedio que nombrarle césar, el segundo cargo del imperio, igualando así en dignidad a un ex fraile templario, capitán de mercenarios, con el emperador. Por si esto fuera poco, el nuevo megaduque ha resultado ser un tipo gracioso y simpaticote que no pierde ocasión de tomarle el pelo al emperador incluso ante toda la corte. El desencuentro entre griegos y almogávares llega a ser así definitivo e insalvable.

Con la dignidad de César Roger obtiene como feudo Asia Menor (1). En la primavera de 1305, antes de marchar a sus nuevas tierras, decide ir a despedirse de Miguel, su archienemigo. Más chulo que un ocho, haciendo caso omiso de los consejos de su gente, que la ruegan que no vaya, se pone en camino hacia Adrianópolis –segunda capital del imperio- con trescientos caballeros y mil almogávares como escolta. Dejará a Berenguer de Entenza como jefe de la Compañía y a Rocafort como Senescal de la misma. Miguel, hipócrita como solo un noble bizantino puede llegar a serlo, le recibe con los brazos abiertos a la vez que organiza cenas y festejos en su honor. Paralelamente, deja entrar en la ciudad a todas las tropas alanas que es capaz de reunir (2), capitaneadas por ese Gircón que perdió un hijo a manos de los almogávares. La celebración definitiva es la gran cena de despedida que tiene lugar el 5 de Abril de 1305. Todo parece transcurrir con normalidad hasta que, en un momento dado, un numeroso grupo de alanos capitaneados por el propio Gircón entra en la sala y ataca a Roger de Flor y a sus compañeros que, incapaces de reaccionar, son rápidamente asesinados. Será el propio Gircón quien acabe con Roger. Paralelamente a estos acontecimientos, las tropas griegas y alanas recorren la ciudad masacrando a todos los almogávares que encuentran. Solo tres, que se refugian y defienden en un campanario, salvarán la vida.

No contento con esto, Miguel organiza un ataque del ejército griego contra Gallípoli, donde –recordemos- se encuentra el grueso de la Compañía. Siendo desconocido aún el destino de Roger y su escolta, el primer envite de los soldados imperiales es afortunado y acaban con todos los almogávares que encuentran por los campos. Aún así, la Compañía es capaz de reaccionar y se apresta para la defensa.

 

9.- Que habla de la defensa de Gallípoli y de la venganza catalana.

La compañía, arrebatada por la sed de venganza
De pronto, nuestros fieros amigos, acostumbrados a luchar en campo abierto, se encuentran sometidos a un firme asedio a manos de un poderoso ejército griego. Pero estos chicos son incapaces de permanecer mano sobre mano, así que reúnen cuantas naves tienen a mano y, embarcando en ellas un fuerte contingente zarpan, al mando de Berenguer de Entenza, pera piratear un poco por allí y un poco por allá. No dudan en desembarcar cuando la ocasión es propicia y allí, en su elemento, se muestran implacables. Comienza así lo que la Historia conoce como la “venganza catalana”, que aún se recuerda en Grecia, y que básicamente consistió en que los almogávares, sedientos de venganza, se dedicaron durante unos cuantos años a saquear sin piedad cualquier territorio del imperio que se les puso a tiro, sin perdonar a hombres, mujeres, ni niños. En este primer viaje se dedican a recorrer las costas de Tracia, robando y matando a sus anchas. Las tropas imperiales que pretenden detenerlos son aplastadas sin piedad. Pero al final se les acaba la suerte y cuando se dirigen de nuevo hacia Gallipoli con más botín del que pueden cargar, se cruzan con una escudra genovesa que les derrota, haciendo prisionero a Entenza con la idea de vendérselo al emperador. Esta derrota deja en peor situación, si cabe, a la hueste que resiste en Gallípoli (3), que debe enfrentarse sola al grueso del ejército imperial. Como lo de resistir detrás de un muro no es lo que más les gusta y, a fin de cuentas, da igual morir en un sitio que en otro, los almogávares, apenas unos dos mil a estas alturas de la fiesta, deciden salir y atacar al ejército imperial. Ante los muros de Gallípoli, nuestros cabreados protagonistas, capitaneados por Rocafort, enarbolando las enseñas de Aragón y de Sicilia, se pasarán por la piedra al ejército del imperio, dándole las suyas y las de un bombero a todo griego al que pueden alcanzar. La persecución fue atroz, de unas veinticinco millas, y el saldo del combate, estremecedor: según la Crónica de Muntaner, unos seiscientos jinetes y unos veinte mil infantes enemigos muertos. Es más, sabiendo que el bueno de Miguel anda cerca con otro ejército, deseosos de vengarse directamente de uno de los asesinos de su capitán, deciden salir a su encuentro. En la batalla de Aprós deshacen a este otro ejército, causándole cerca –de nuevo según Muntaner- de diez mil muertos entre jinetes e infantes. El mismo Miguel se libra por poco de pasar a mejor vida, pues fue herido en el combate. Entre ambas batallas recaudan un imponente botín; además, los campesinos de las aldeas cercanas a Constantinopla, aterrados ante la noticia de la victoria aragonesa, huyen a la ciudad y abandonan los campos. De paso, y con esa lealtad firme y serena que caracteriza a algunos mercenarios, grupos de alanos, caballería turca e incluso soldados griegos, se acercan a Gallípoli para unirse a los victoriosos almogávares. Si estando en desventaja la Compañía no se estaba quieta, imagínense ahora: durante el año siguiente aterrorizan toda Tracia y las costas del mar de Mármara. Una noche entran en la desprevenida ciudad de Rodestión y la arrasan hasta los cimientos, asesinando y descuartizando hasta a los animales. En otra ocasión la hueste se dirige hacia Istinia, ciudad situada quince kilómetros al norte de Constantinopla y que es el más importante puerto de la marina imperial. También la arrasan sin contemplaciones, quemando de paso cerca de ciento cincuenta galeras bizantinas tras capturar las naves que necesitan para volver a casa con todo el botín reunido. En el camino de vuelta, y ya que están metidos en faena, se dedicarán a saquear a lo largo y ancho del Bósforo. Mientras, Ferrán de Arenós, otro de los capitanes de la compañía, se acerca con cuatrocientos soldados hasta Constantinopla, con la alevosa intención de poner de vuelta y media –les llaman de todo, con ese arte que tenemos los hispanos a la hora de insultar- a los soldados que guarnecen sus murallas. Cuando, dándose alegres codazos los unos a los otros mientras comentan la jugada, caminan de vuelta a casa, encuentran que tres mil soldados griegos le cierran el paso; sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, cargan contra ellos y los hacen filetes. Poco después comienzan a asediar la ciudad de Maditos. Como la guerra de sitio no es precisamente lo que mejor se les da a los almogávares, una noche unos cuantos soldados trepan sigilosamente a las murallas, degüellan a los dormidos centinelas –incautos, a estas alturas y no saben aun con quien se la juegan- y se repite la misma escena de destrucción que nos empieza a ser tristemente familiar. Los almogávares permanecerán en Gallípoli hasta 1307, y durante este tiempo arrasan Tracia hasta dejarla convertida en un cementerio. Los momentos álgidos de esta bárbara odisea tuvieron lugar, no obstante, en 1306, y de forma casi simultánea. Por un lado, sabiendo que los alanos, todavía capitaneados por Gircón, se disponen a volver a casa, el grueso de la hueste sale sedienta de venganza con la idea de interceptarlos y acabar con ellos. Tras varias jornadas de marcha sin apenas descanso, avistan el campamento alano y, sin pensárselo dos veces, cargan contra el. La lucha se prolonga durante todo el día hasta que los almogávares consiguen aislar y abatir a Gircón. Los alanos, despavoridos, corren en todas direcciones, lanzándose los almogávares en su persecución. La matanza, para variar, es enorme: de nueve mil alanos se salvan unos trescientos. Una vez vengado su líder, los almogávares recogen el botín obtenido –detalle que como vemos nunca se les olvida- y se retiran hacia Gallípoli. La venganza ha sido consumada.

Mientras todo esto tiene lugar, en la fortaleza almogávar se ha quedado Ramón Muntaner con apenas doscientos combatientes y una enorme masa de mujeres y niños. Sabiéndolo, Andrónico organiza un ataque contra Gallípoli a manos, fundamentalmente, de tropas genovesas. Pero la calor arrecia –estamos en verano- y cuando Muntaner ve que los soldados genoveses están totalmente asados y agotados, los pobretes, ordena que sus pocas –pero ligeramente equipadas- tropas, salgan de la fortificación y se lancen contra los genoveses. El capitán que los manda pierde –literalmente- la cabeza, y con él setecientos de sus hombres antes de que el resto tome las de Villadiego.

Por fin, tras consumar su venganza y tras pasar más de dos años convirtiendo Tracia en un erial, los almogávares tienen que trasladarse. Comienza aquí un nuevo capítulo en la vida de la Compañía, capítulo que –como seguro que ustedes imaginan- veremos en el siguiente capítulo.


(1).- Menos las ciudades, que permanecen sujetas a la autoridad imperial.
(2).- Unos nueve mil jinetes, entre alanos y turcópoles, esto es, turcos que sirven al emperador como mercenarios.
(3).- Cuya población ha crecido bastante, pues en ella se han refugiado aquellos afortunados que, con sus familias,han logrado escapar tras sobrevivir a la salvaje persecución a la que se vieron sometidos los catalanes residentes en Constantinopla cuando se hace pública la ruptura definitiva entre el emperador los almogávares.


Continúa en: Els almogàvers V, y último

 

 


 

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