Viene de: Els almogàvers IV, la venganza catalana
10.- Que nos habla de las aventuras en que se ve envuelta la Compañía antes de llegar a Atenas.
Después de arrasar Tracia hasta los cimientos, hay que buscar nuevos campos que saquear. Se decide marchar hacia Salónica y la hueste se divide, para el camino, en tres grupos. Uno de ellos –al mando de Muntaner- marchará por mar, con todas las naves de las que se dispone, las mujeres, los niños, y la mayor parte del botín. Los otros dos grupos marcharán, a un día de distancia uno de otro, por tierra. Todo va bien hasta que se llega a Salónica. Allí, la larvada lucha por el poder existente en el seno de la Compañía desde la muerte de Roger, sale a la luz y se produce una lucha intestina entre los almogávares de los dos grupos. Entenza es muerto en la refriega y Arenós se refugia en una fortaleza griega, rindiéndose posteriormente al emperador(1). Rocafort se hace con el mando absoluto de la Compañía, que mandará como si de un cortijo se tratara, manteniendo a los almogávares mediante el afectivo método de saquear un poco por todas partes, con lo que obtiene continuo botín a la vez que los hombres están contentos. Muntaner, que junto a Rocafort es el único de los capitanes originales de la Compañía que sigue con ella, harto de ver a esta convertida en una cueva de bandoleros, decide abandonarla y se vuelve a Sicilia a finales de 1307.
Aparece ahora en escena un curioso personaje, Tibald de Cepoy, francés al servicio de Carlos de Valois, casado con la heredera directa del título –que no las tierras- de emperador del Imperio Latino de Bizancio –del que hablamos cuando comentábamos el berenjenal en que se convirtió la cuarta cruzada-, por lo que Carlos es, nominalmente, emperador de Bizancio. Pero anda escaso de medios con los que reclamar sus “derechos”. Así que la existencia de una aguerrida hueste de mercenarios sin trabajo en Grecia le viene como anillo al dedo. Y así es como llega a la Compañía el amigo Cepoy, con el encargo de hacerla trabajar para la causa de su señor. Rocafort dice que sí a todo –soldada y vasallaje a cambio de trabajar para el Valois- y la compañía se pone, quien lo iba a decir, al servicio de los intereses de Francia. Al menos nominalmente. Cepoy permanece con ella, pero solamente como observador, sin capacidad de influir en los acontecimientos que se irán haciendo más y más disparatados.
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Los garbeos de la compañía |
Rocafort instala a la Compañía en Calandria y, desde allí, comienza a asolar los alrededores, mostrándose de nuevo más como una banda de salteadores que como otra cosa. Planea atacar Salónica, ataque que fracasa estrepitosamente. Buscando un objetivo lucrativo y teóricamente más asequible, ordena asaltar los monasterios del Monte Atos. Con esta acción el prestigio de la Compañía –soldados cristianos intentando asaltar monasterios- alcanza su cota más baja, de forma que el rey de Aragón, Jaime II, llega a ordenar a Rocafort que desista en su actitud. Este obedece, pero más porque los monjes se defienden con uñas y dientes y no ha logrado nada positivo, que por cualquier otra cosa. El descontento en la compañía llega hasta tal punto que los adalides de la hueste conspiran con Cepoy y, tras acusar públicamente a Rocafort de despotismo, le detienen junto con su hermano y los entregan al francés que, bien atados, los manda presos a Nápoles. El destino del último capitán catalán de la Compañía no será demasiado envidiable: encerrado en una mazmorra, es abandonado a su suerte, dejándosele morir de hambre y sed. Muerto Rocafort, lo impensable sucede: los almogávares, una vez que Cepoy toma el mando, van a ser dirigidos por un francés.
Lo primero que hace Cepoy cuando toma el mando es abandonar la zona de Calandria, ya totalmente agotada por el continuo saqueo de los almogávares. El problema es que el ejército griego controla casi todas las rutas posibles, así que no queda más remedio que dirigirse hacia Tesalia. Allí gobierna uno de esos señores latinos de los que ya hablamos tiempo ha. El afortunado en cuestión, Juan II, está pasando por enormes dificultades, pues su feudo está plagado de bandoleros, y él carece de los medios necesarios para imponer el orden. Es por esto por lo que recibe encantado a los almogávares, contratando a la Compañía para acabar con los bandidos. Pobre incauto. Ni que decir tiene que los almogávares acaban en poco tiempo con los pobres bandidos. Ni que decir tiene que lo hacen, fundamentalmente, para poder ser ellos los que saqueen Tesalia a placer. Cepoy está cada vez más incómodo en su papel de líder de una banda de salteadores de caminos, y como que sus posibilidades de lograr algo productivo al mando de semejante panda de energúmenos es bastante limitada, una noche –imaginamos que oscura, sin luna- hace las maletas y se marcha –como era de esperar en él- a la francesa.
El pasmo en la Compañía es grande. Por vez primera se encuentra sin un líder en el que descargar las culpas de sus saqueos. Así que, quizás un tanto avergonzados, los almogávares deciden redimirse, volver a ser una tropa mercenaria con todas las de la ley y buscar un buen contrato, para lo cual nombran una junta directiva encargada de buscarles trabajo. Mientras tanto, continuarán en Tesalia. Saqueándola.
11.- Que nos habla de la llegada a Atenas, de la batalla de Cefis y de la formación de los Ducados Catalanes.
Gobierna a la sazón, en el momento en que la Compañía ha colgado el cartel de “disponible”, el ducado de Atenas el muy noble señor Gualter de Brienne. Este caballero posee un territorio de grandes proporciones, pero los recursos con los que cuenta para su defensa no están ni de lejos a la altura de la tarea. Así que sus vecinos, solidarios como siempre para este tipo de cosas, comienzan a acosarle con pérfidas intenciones. La presencia en la vecina Tesalia de una reconocida –aunque harto rapaz- tropa mercenaria le viene como anillo al dedo, así que decide contratarles. Se acuerdan las condiciones con el Consejo de la Compañía y esta, en la primavera de 1310, hace su entrada en Atenas, marchando pronto a proteger las fronteras del ducado. Una vez metida en faena, el rendimiento de la Compañía es tan bueno como lo ha sido siempre. En seis meses los almogávares han limpiado totalmente de enemigos las tierras del ducado(2). Llega la hora de hacer cuentas y, de nuevo, es aquí cuando surgen las disputas. El duque ni quiere ni pude seguir manteniendo un ejército tan costoso, así que da las gracias a los almogávares y les dice que pueden irse cuando quieran. Cuando estos le recuerdan que les debe muchos dineros, este les responde que así están las cosa y que, o se van por su propio pie, o se les echa. Ante esta amenaza los almogávares sonríen así como torcido y responden que vale, que ahora se van. Pero que volverán. Dicho y hecho. La Compañía, mientras se prepara para el ataque al ducado de Atenas, se retira para pasar el invierno. De nuevo, a la pobre Tesalia. Mientras tanto, el de Brienne , que recuerda con qué facilidad se libró la Compañía de sus enemigos, decide recabar apoyos para acabar de una vez con toda con la presencia de estos molestos sujetos. Caballeros y soldados de toda Grecia acuden para dar la puntilla al pequeño ejército mercenario. Setecientos caballeros franceses y veinticuatro mil infantes de los distintos reinos latinos de Grecia se reúnen para la batalla. Frente a ellos, tres mil quinientos almogávares muy, pero que muy cabreados.
La batalla tiene lugar el 13 de Marzo de 1311. Los almogávares se han situado en la planicie de –lugar evocador donde los haya- Queronea, dejando a sus espaldas el lago Copais. Antes de la batalla tienen lugar un par de hechos curiosos. Por un lado, los mercenarios turcos que aún permanecen con la Compañía, viendo que esta vez no las tienen todas consigo, se pasan de bando sin empacho ninguno; hecho este que se ve compensado porque los soldados catalanes que están sirviendo con el duque de Atenas hacen lo mismo y se cambian de bando para luchar junto a sus compatriotas. Así que tenemos empate técnico en lo que a chaqueteros se refiere. Por otra parte los almogávares, que pueden ser brutos pero tontos no, se han pasado la noche previa a la batalla cambiando el curso de las aguas que abastecen el lago, de forma que la llanura que hay entre ambos ejércitos está totalmente encharcada. El de Brienne, creyendo que los almogávares no tienen escapatoria por tener el lago tras ellos, busca una victoria rápida y ordena que toda su caballería cargue directamente contra el centro almogávar mientras mantiene a la infantería en reserva. Imagino que podrán ustedes suponer lo que pasa cuando metemos a cientos de pesados caballos de guerra, cada uno con un jinete acorazado montado sobre él, en algo que más que una pradera es un lodazal. Efectivamente. Los caballos se hunden hasta las corvas en el barro, y los jinetes que no caen se revuelven incapaces montados en sus atrapadas monturas. Y es en ese justo momento cuando los almogávares dejan de frotarse las manos y de reírse entre dientes para cargar sobre esa desorganizada masa que antes fue un cuerpo de caballería. Eficaces como una guadaña, atraviesan con sus armas a caballos y caballeros no dejando, literalmente, títere con cabeza. La matanza es brutal, pues los almogávares no hacen prisioneros. Paralelamente, al ver que el viento vuelve a cambiar, los mercenarios turcos –que ya hemos visto que son chicos volubles- chaquetean de nuevo y embisten a la infantería del ejército franco. También aquí la matanza es brutal. Para que nos hagamos una idea, de los setecientos caballeros franceses presentes, solo se salvaron dos. Y ninguno de ellos era el duque. Atenas está ahora desguarnecida, y la Compañía se dispone ahora a cobrar su recompensa.
Comienza ahora una nueva etapa en la vida de la Compañía. Por vez primera se establece de forma definitiva en un territorio, con vistas a controlarlo y gobernarlos según las leyes y costumbres de Cataluña, territorio al que pertenece buena parte de sus miembros. Se nombra un nuevo líder, un catalán, Roguer Desllaur, que anteriormente trabajó para Brienne, por lo que conoce bien el territorio que la Compañía se dispone a gobernar. Y con vistas a darle carácter institucional a la nueva situación juran vasallaje a Federico de Sicilia, que nombra -1312- a uno de sus hijos como nuevo duque de Atenas. El ducado pasa así a estar gobernado por la casa de Aragón a través de la rama siciliana. Si es en 1311 cuando se ocupa en su totalidad el ducado de Atenas –que, por esos caprichos del destino, tiene por capital a Tebas-, los territorios catalanes en Grecia alcanzarán su máximo esplendor a partir de 1318, cuando el duque Guillermo, aprovechando la muerte de aquel Juan II del que ya hablamos, ocupa la totalidad de Tesalia, formando un nuevo ducado que recibirá el nombre de la ciudad que tiene por capital: Neopatria. Toman así forma definitiva los ducados de Atenas y Neopatria, principados catalanes en Grecia gobernados por la casa de Aragón, que se mantendrán –pese a ser más a menudo olvidados que atendidos- hasta finales del siglo XIV. En 1379 es ocupada Tebas –por una compañía mercenaria navarra-, en 1388, Tebas –por los mismos navarros- y en 1390, Neopatria –adivinen ustedes por quien(3). Es así como termina la presencia catalana en Grecia, poniendo punto final a una historia sangrienta, a veces heroica y a veces dramática, pero creemos que sin duda apasionante, la historia de un montón de mercenarios bajitos y salvajes que, derrochando agallas, pusieron de rodillas al imperio bizantino y volvieron del revés la estructura de los territorios francos en Grecia. Su desaparición coincidió con un renovado ataque del turco, que esta vez venía para quedarse. Pero, de nuevo, esa es otra historia.
(1).- Quien le recibe de buen grado y, para variar, acaba nombrándolo –seguro que lo adivinan- megaduque del imperio. Casi se diría que Andrónico tiene un cajón enorme lleno de enseñas de megaduque que luego regala a diestro y siniestro.
(2).- Incluyendo la recuperación de una treintena de castillos y varias ciudades.
(3).- Compañía navarra esta que resulta ser hiperactiva, como vemos. De todas formas, aunque navarra, el dinero que la mueve es florentino, así que de nuevo vemos a los diferentes estados mediterráneos peleándose continuamente en alegres peleas vecinales.