Viene de: La Batalla de Alalia I
Desde el puente de proa sonaba la dulce música de la flauta emitida por el keleustés alentándonos en nuestro cometido que no era otro que remar al compás del instrumento. La velocidad que alcanzaba este barco ayudado del viento era considerable. El mástil se podía izar cuando convenía, retirándose cuando se considerase oportuno y quedando en cubierta, entre las filas de los remeros. Ante un encuentro como el que se avecinaba, la prudencia aconsejaba retirarlo. Así, únicamente con la fuerza de nuestros brazos y gracias a la pericia del equipo al completo, la nave avanzaba. Eso sí, ahorrando fuerzas para los seguros abordajes.
La flota se componía de sesenta y cuatro naves, cincuenta y cuatro de ellas eran pentecónteras, tres trieres y siete birremes. La mayoría de los barcos contaban con un puente, y en tres de las birremes había un castillo en proa. Casi todas ellas disponían, a su vez, de un agudo espolón, por si antes de los desembarcos y abordajes fuese posible el hundimiento del enemigo sin llegar a la confrontación con las espadas.
La tripulación, en su mayoría, estaba compuesta por thetes, esto es: hombres libres asalariados para tal fin, griegos, por otra parte, que carecían de tierras. En las trieres navegaban los epibates, hoplitas dispuestos para el abordaje o para la defensa de la nave.
En las tabernas del puerto, previo embarque, había yo tramado amistad con algún que otro compañero. Los thranitai, o remeros, se denominaban “compañeros”. Todos se mostraban confiados en su habilidad en el mar. Me explicaron que en esta expedición no haría falta contar con ninguno de los mercenarios de los que habitualmente se alimenta la marina. Eran tantos los focenses llegados recientemente de Asia que la flota iba a contar con lo más selecto de toda Jonia, o al menos así lo creían ellos. Confiaban sobre todo en su abordaje, en el uno contra uno y en su superioridad táctica(2). Despreciaban la supuesta ventaja numérica con la que etruscos y cartagineses parecían contar. Decían que su número doblaba al nuestro, pero que lo tendrían que cuatriplicar si querían echarles de esas aguas. Se jactaban de que con sus rápidos bajeles iban a capturar la mayoría de la escuadra enemiga, formada, al parecer, por lentas pero maniobrables birremes. Proclamaban encendidos que en el abordaje eran únicos. Si alguien esperaba ver una flota de ligeros hippoi(3) enfrente se equivocaba.
En el puerto estuve largo tiempo admirando las embarcaciones. Las pentecónteras venían a tener una eslora que oscilaba en su línea de flotación entre los veinticinco metros y los treinta(4). Una fila de veinticinco remos -las alas de las naves, como cantara el poeta- se alineaba a cada lado, apoyados en chumaceras forradas de bronce, en la regala de cubierta. Las proas acababan, en su mayoría, con un espolón en su línea de flotación. Gran parte de estos espolones estaban bellamente adornados, y sus formas variaban. De los oblícuos ojos pintados en la proa partían amarres diversos y el ancla. Las popas, bellas y curvas, disponían de dos timones. Allá se dispondría el Kybernetes, el piloto que rige la gobernácula. Eran barcos muy bellos y estilizados.
Los birremes, por el contrario, me parecían mazacotes de madera. Su eslora era menor, apenas sobrepasaba los veinte metros a simple vista, mientras que la manga era la misma que en la pentecóntera, poco más de tres metros. En el casco se habían abierto gateras de las que asomaba otra fila de remos. Así, a la orden de remos de la regala se le unía otra inferior, más paralela al agua y, por lo cual, más efectiva. Se las intuía mucho más manejables que las pentecónteras, y con una mayor aceleración, pero su comportamiento en el agua debía de ser más lento a la larga, pues el calado medio aumentaba así como su centro de gravedad.
Las trieres eran considerablemente mayores, tanto en eslora como en manga como en calado. Estéticamente eran irreprochables, tan estilizadas como las pentecónteras y más impresionantes aún que las birremes. No obstante había que mejorar su maniobrabilidad, pues, al contar con tres filas de remeros superpuestas, requerían palas de distintos tamaños(5). Por lo cual el esfuerzo de los compañeros debía ser mayor y su sincronización perfecta. Una de las trirremes contaba con un impresionante castillo en proa, dispuesto para parapetar a la infanteria en un hipotético asalto.
En estos recuerdos estaba yo cuando los primeros gritos de avistamiento de la flota enemiga se produjeron en cubierta. Apenas habíamos dejado el puerto y la batalla se aprestaba en iniciar su marina acometida. Los navarcas de los barcos se apresuraron en formar la flota.
Todos los compañeros aflojamos las correas de cuero que nos mantenían firmes a los toletes. Eché una furtiva mirada a mis armas, ¿las tendría que utilizar? Deseché esa idea, ahora nos teniamos que concentrar en remar y maniobrar. En esquivar y embestir. Y en acercarnos para abordar y teñir de púrpura las cubiertas enemigas.
(1).- Recordad que esta narración es ficticia, solamente basada en lo poco que nos cuentan los textos clásicos y en investigaciones posteriores. Esta bibliografía será facilitada en el último capítulo.
(2).- En la época previa al siglo V -en donde se potenciará el uso de los espolones, dándole al acto de hundir el barco enemigo el protagonismo absoluto- la forma habitual de contienda era el abordaje.
(3).- El hippos, junto con el gaulos, eran los barcos típicamente fenicios. Mientras que el primero era ligero e incluso capaz para la batalla, el segundo era grande y poco maniobrable, destinado a actos comerciales.
(4).- La utilización del sistema métrico en este texto es meramente orientativa, siendo anacrónica. Se utilizarán las unidades de medida antiguas a partir de ahora.
(5).- En época posterior a las trirremes se les añadirán un adelanto fundamental para la maniobrabilidad de la nave, se añadió un postizo externo llamado paraxeiresia en el cual se situaba la nueva línea de remeros, estando ahora sólo ligeramente por encima. Esto hacía que no fuera necesario aumentar la manga, siendo entonces el navío más veloz y los remos de las distintas bancadas más similares.
Continua en: Flota etrusco-fenicia, primer combate.