Viene de: La Batalla de Alalia II
Los bajeles distaban los unos con los otros en algo más de un pletro(2) y formaban un solo frente convexo. Este espacio parecía suficiente para que las naves pudieran maniobrar. Todas la indicaciones para la estrategia de la batalla se habían tomado en una previa reunión de los navarcas. Si mis ojos no me engañaban, las embarcaciones más pesadas y potentes se habían dispuesto en el centro, mientras que las pentecónteras se distribuían en los laterales.
Desde mi posición trasera no acertaba a divisar aún a la flota enemiga. Pero que estaba frente nuestra era evidente, pues no tardamos en recibir la orden de acelerar la marcha con la mayor de nuestras energías. Más tarde supe que la flota combinada de cartagineses y etruscos esperaba nuestra acometida de la siguiente manera: dispusieron dos líneas con una separación entre barcos mayor a la nuestra. Con esto evitaban que desde el principio nuestros navíos pudieran sobrepasar por los costados su frente. Esto era, en todo caso, insustancial, pues era el centro lo que más se tendía a proteger. Allí colocaron sus mejores galeras, las birremes más duras fabricadas con la resistente madera de cedro que exportaban de la tierra de sus antecesores. El resto de birremes fenicias se repartían a lo largo de su primera línea, así como la docena de este mismo tipo de barco etrusco. En la retaguardia aguardaban pacientes el resto de la flota tirrénica formada por pentecónteras y unos cuantos hippoi fenicios.
Cuando sentimos el primer contacto todos nos avalanzamos hacia el frente. La violencia con que se produjo el choque fue tal que, de no haber estado predispuesto a ella, hubiese salido despedido hacia la proa de mi nave. Pese a todo, el remo me golpeo el pecho y las correas de cuero que sujetaban mis muñecas me hiríeron sin misericordia. Sin tiempo para lamentarme recibimos la orden de remar con todas nuestras fuerzas para desprender nuestro espolón del casco de la nave que habíamos atravesado, ya que el golpe nos había hecho virar lo suficiente como para exponer nuestro costado de babor a las naves enemigas. Dimos todos gracias a los dioses por la fortaleza de la madera fenicia, ya que el espolón apenas hizo daños considerables y nos fue fácil la maniobra, justo en el momento que nos atacaban una pentecóntera etrusca y otra birreme. Juntamos entonces nuestro estribor al barco que atacamos en primera instancia y recibimos la orden de dejar los remos y asaltarlo, ya que nos habían rodeado las naves enemigas y sólo nos quedaban dos opciones. La que tomamos o girar en redondo y huir, con el consiguiente riesgo de que en la maniobra te alcanzaran.
Saltamos a la cubierta enemiga al mismo tiempo que los etruscos saltaban a la nuestra. Así la mitad de nosotros que aún permaneciamos en nuestro bajel tuvimos que hacer frente a la acometida de los asaltantes. La otra nave cartaginesa se contentó con cerrarnos el camino del resto de nuestra flota.
Del desarroyo de esta lucha permitirme la omisión de datos, y no como una licencia, sino porque no recuerdo apenás detalle alguno. Supongo que gente experimentada en la guerra, o personas que conserven intacta su frialdad, mantegan todos los sentidos secundarios despiertos. No fue mi caso, me convertí en un animal al cual sólo los reflejos de una buena preparación y el instinto de supervivencia le mantenían en pie. Cuando la sed de sangre se mitigó en mi interior fui consciente de que habíamos rechazado a los rivales, mientras que los desafortunados de mis “compañeros” que habían abordado el barco cartaginés corrían peor suerte. Entonces vimos que los barcos que ejercían esa presión sobre nosotros desaparecían, dos hundidos y el otro retirado. La pequeña via de agua que habiamos producido y el siguiente heróico abordaje en la birreme fue a la postre vital para que el navío se fuera a pique.
Con enorme dificultad podíamos identificar ahora a amigos de enemigos, al menos yo, que sólo diferenciaba a los hippoi por sus akroteria(3) en forma de caballo y a algunas de las birremes, por la costubre cartaginesa de disponer los escudos alineados en la regala para servir de defensa ante los proyectiles enemigos. En ese momento nos esforzamos en coger de nuevo los remos y acercarnos al fragor de la batalla, que tenía lugar en el centro de las formaciones de los contendientes. Avanzamos penosamente entre restos de naufragios y personas que se aferraban a ellos como como un lactante se afana con el pecho de su madre, en una imagen de vida y muerte.
Cuando estabamos en disposición de sumarnos a la batalla fuimos coscientes de que cada barco griego se las tenía con dos o tres galeras enemigas. Pero no fuimos los únicos que acudían en su ayuda, otras pentecónteras acudían de los extremos de la descompuesta formación, habiendose deshecho de la gran mayoría de naves ligeras enemigas.
En ese momento vimos con ojos impotentes como nuestras birremes y trieres estaban siendo destrozadas y como el resto de las maltrechas naves foceas se retiraban. La batalla había sido muy rápida. Nuestro keleustés nos avisó con su música de que era preciso girar y retirarse, justo en el momento que estabamos siendo embestidos por una nave cartaginesa, salvándonos del contacto por apenas un par de pasos(4). Fuimos conscientes todos nosotros que se giraría para volver a intentarlo, ya que si bien en condiciones normales nuestra nave era más rápida, era también cierto que nuestra tripulación se encontraba muy mermada y no alcanzabamos la fueza necesaria para deshacernos de la enemiga. Fue entonces cuando nuestro navarca dio la orden de girar y embestir contra ella. Aquel movimiento fue imprevisible, una boga perfecta. A la galera cartaginesa no le dio tiempo a reaccionar, el tiempo necesario para evitar el choque, para hacer avanzar su eslora, era escaso pero salvable, pues aún era mayor el recorrido que teníamos que hacer nosotros para embestir. Pero ante lo inesperado del ataque no reaccionaron a tiempo. Tenían la mente más puesta en el inminente abordaje que en el hundimiento de nuestro navío. Precisamente al contrario que, como supimos después, dictaba la estrategia de su flota. El caso es que en un abrir y cerrar de ojos habíamos hundido nuestro espolón en su costado, limpiamente, por lo cual retirarlo del casco fue más sencillo.
Cuando llegamos a la desembocadura del Rhotanos(5), el cual formaba una espectacular ensenada a los pies de Alalia, pudimos hacer un balance de las pérdidas. Y no fue halagüeño precisamente.
(1).- Recordad que esta narración es ficticia, solamente basada en lo poco que nos cuentan los textos clásicos y en investigaciones posteriores. Esta bibliografía será facilitada en el último capítulo.
(2).- Un pletro: ventinueve metros y sesenta centímetros.
(3).- Akroterion: saliente del mascarón de proa.
(4).- Pasos: setenta y cuatro centímetros.
(5).- Rhotanos: actual río Tavignanu, próximo a la ciudad corsa de Aleria, moderna Alalia.
Continua en: Final de la batalla y consecuencias