LA BATALLA DE ALALIA IV: Resultado de la Batalla(1).

El mar reflejaba mansamente el brillo del sol, pese a los innumerables restos de madera, pese a los hilos de brea y aceite, pese a la sangre. A nuestras espaldas, tras la playa y los pequeños campos de cultivo, se elevaban los muros de una Alalia irremisiblemente condenada a su abandono.


 

LA BATALLA DE ALALIA IV: Resultado de la Batalla(1). Artículo enviado por Javi.

 

Viene de: La Batalla de Alalia III

Birreme Fenicia

Desde la ensenada pudimos comprobar el estado lamentable de nuestras galeras. Los compañeros de cada navío se afanaba en achicar el agua que se había introducido en cada uno de los barcos debido a las numerosas vías abiertas en los cascos. Apenas llegué a contar una quincena de naves, todas ellas, en mayor o menor medida, destrozadas.

Veía a su vez como la flota combinada enemiga se alineaba enfrente nuestro, a algo menos de dos estadios(2) de distancia. Tuvieron que ver lo que hacía unos instantes nosotros observamos: el estado calamitoso de nuestra flota. Y tuvieron que percatarse de su absoluta victoria pues, en escasos instantes, viraron sus bajeles cuyas popas nos miraron con desprecio y comenzaron a alejarse, dando buena cuenta de alguna que otra pentecóntera focea sin gobernáculo, a espensas de la corriente, en las que habían izado sin apenas esperanzas la vela en busca del más mínimo hálito de viento que ayudara a sus remeros a alejarse de los espolones tirrenos y fenicios. Impotentes, contemplamos aquellas cosas, sin poder hacer más que encomendar sus almas a Tetis, la titánide.

Nuestros entumecidos miembros tomaron contacto con la cálida arena de la playa y, sin que tuvieran tiempo a aclimatarse a tierra firme, comenzaron la peregrinación a la ciudad, más allá de las primeras tierras de cultivos. Algunos de nosotros aún pensaba en la maniobra enemiga de retirada que habíamos presenciado, jurábamos haberla visto. Había incluso quienes ponían a todo el Olimpo por testigo de su victoria. Los más cautos, sin embargo, pensaban lo contrario. Tendrían durante mucho tiempo en la memoria las decenas de navíos enemigos en perfectas condiciones que hacía unos instantes les vigilaban.

Tuve que ver amanecer el día siguiente para que a mis oídos llegaran noticias fiables del desarrollo de la batalla. La ciudad saludó al nuevo día con una inusual intranquilidad, pocos eran los que dormían, ni tan siquiera aquellos de “los compañeros” que más necesitaban el descanso. Se hicieron corrillos de opinión en cada esquina, mientras que en el ágora charlatanes apocalípticos anunciaban la destrución de la ciudad. En cada taberna aquella mañana hubo pequeñas asambleas. Me quedé con las impresiones que nos dio uno de los navarcas sobrevivientes:

Triecóntera Fenicia

“Sabed que el primer ímpetu fue griego. Nuestras naves –como bien sabéis y vuestros brazos dan fe de ello- avanzaron con gran velocidad hacia las líneas enemigas. Confiabamos que en el fragor de la batalla, y juntando líneas, el abordaje sería decisivo para nuestro triunfo. Pero tras el primer encontronazo, en el cual –y es preciso que recordéis- cayeron muchas naves cartaginesas y unas pocas etruscas, mientras que las nuestras salían airosas, los tirrenos se retiraron haciendo de cebo a algunas de nuestras pentecónteras, permitiendo que las pesadas naves fenicias pudieran coger el espacio suficiente para poder maniobrar con sus fatídicos espolones. No habíamos contado con su extraordinaria maniobrabilidad, y en cuanto nuestras naves les dieron oportunidad al avanzar en lo que nos parecía una fácil victoria, nos hicieron frente con mayor rapidez de la que ninguno de nosotros -y os incluyo- hubieramos supuesto. Fue entonces cuando los etruscos giraron para volver a la batalla, libres de sus perseguidores, ya que habíamos sido frenados por las naves que aguardaban en su segunda línea, en las alas de la misma. A partir de entonces, nosotros, que habíamos puesto todas nuestras esperanzas en el abordaje, fuimos un festín para los enemigos.”

Pero había otras opiniones menos pesimistas para explicar el desenlace de la batalla. Aquellas decían que las bajas cartaginesas y etruscas habían superado en mucho a las nuestras, y que habíamos hundido más barcos que ellos.

El caso es que nuestra flota estaba destrozada, a la quincena de pentecónteras que habíamos contado en la playa se les unieron otras tres que milagrosamente habían escapado gracias a la pericia de sus pilotos del acoso fenicio. Las naves, además, necesitaban ser calafateadas y reparadas de nuevo. No quedaba otra opción que abandonar la ciudad(3), que alejarse de Córcega y buscar cobijo en Massalia.

 

(1).- Recordad que esta narración es ficticia, solamente basada en lo poco que nos cuentan los textos clásicos y en investigaciones posteriores. Esta bibliografía será facilitada en el último capítulo.
(2).- Un estadio: 177 metros con 66 centímetros.
(3).- Es preciso recordar que Alalia había sido fundada hacía relativamente poco tiempo por foceos que habían llegado, como se cuenta en el primer capítulo, en dos oleadas. Alalia era una de las apoikiai griegas en occidente, y como tal dependía del comercio y de su flota. Sin ello, poco sentido tenía su permanencia en la isla, como se comentará en la siguiente entrega.

Continua en: La Batalla de Alalia V

 

 


 

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