NICÓPOLIS, o de como perder una batalla.

En los primeros años de Siglo XIV se hacía cada vez más patente la debilidad del imperio Bizantino. Europa estaba intranquila, los turcos amenazaban cada vez más fuerte a occidente. El desastre de la cuarta cruzada no había hecho más que poner en evidencia la falta de mando y la ausencia de organización cristiana.


 

NICÓPOLIS, o de como perder una batalla. Artículo enviado por Big44.

 

Eran incontenibles estas oleadas de otomanos, tanto que desde su independencia del poder selyúcida, hacía apenas cien años y partiendo desde Nicea, ya habían subyugado a búlgaros, servios y bizantinos –salvo pequeñas zonas y la propia Bizancio-, situándose a las puertas de Hungría y conquistando una importantísima plaza fuerte en el Danubio: Nicópolis. El rey de Hungría Segismundo, viendo lo que se le venía encima, hizo un llamamiento a las naciones cristianas, alertando del peligro turco. Se organizó una partida desde diferentes puntos de Europa y allí fueron caballeros nobles e infanzones de toda Europa con sus mesnadas y tropas auxiliares. A la llamada acudieron sobre todo francos, ingleses, alemanes,algún que otro hispano... Se unieron entonces a los húngaros de Segismundo y a las poco fiables tropas de transilvanos y valacos. El rey de Hungría, con la prudencia que hasta ahora había guiado sus pasos, aconsejó que esperaran a las tropas turcas en terreno propicio, a poder ser húngaro, y a que los turcos aflojaran en su ímpetu, a lo cual los caballeros franceses contestaron que nones, que era un cobarde y que ellos, como valientes caballeros cruzados que eran, irían a por el infiel y que, una vez barrido, proseguirían su camino liberando a Bizancio de la presión otomana para después conquistar Jerusalén de nuevo; y todo esto lo decían como quien va a ir a comprar tomates. Segismundo se debió quedar a cuadros, y desaconsejó con toda la vehemencia de que era capaz –tampoco debía de ser mucha- la incursión en terreno búlgaro ya que forzarían a servios y a búlgaros a intervenir a favor de los turcos. Pero fue desoído, y la expedición partió hacia Nicópolis.

¡¡Como pincha!!
La improvisación cruzada no tenía límites, allí estaban, a las puertas de la ciudad, sin ningún apoyo de asedio ni nada que se le pareciese. Decían que las escalas, de rápida fabricación y usadas pos hombres valerosos como ellos, era la mejor de las armas de asedio. Pero resultó que una y otra vez, tan pronto izaban una en la muralla y la trepaban, besaban de nuevo el suelo. Y como a cabezazos tampoco habrían brecha, dieron la posibilidad al sultán Bayaceto de acudir a la zona, escoger el mejor terreno y montar su estrategia.

Los cruzados en seguida quisieron echarse encima del infiel, y planificaron un ataque frontal, tampoco tenían más opciones. Pero de nuevo Segismundo, poniendo algo de cordura, aconsejó que en vanguardia se pusieran las tropas de caballería valacas y transilvanas, pues en absoluto confiaba en ellas y, así, serían empujadas a la batalla por los flancos de la caballería pesada cruzada y por la retaguardia húngara. Pero esto, los francos, se lo tomaron como un insulto, y reclamaron el honor de la vanguardia.

De esta manera se dispusieron, lo que les esperaba enfrente era un misterio, sólo visualizaban, en lo alto de una colina, lo que parecía la caballería ligera akinici. Los cruzados, que al parecer debían de tener una prisa enorme, cargaron con todo su ímpetu, dejando muy atrás al resto de aliados. Cuando llegaron a las primeras filas enemigas, comprobaron que se trataba, efectivamente, de caballería ligera, a la que rápidamente pusieron en fuga. No repararon en pensar que quizá con demasiada facilidad, lo atribuyeron más bien a su propio arrojo. Seguidamente, lo que vieron caer sobre sus cabezas fue una lluvia de flechas, pero estos no eran galeses con arcos de tejo ibérico, así que poco daño hacían en los acorazados cristianos. A por ellos se fueron, mas grande fue su sorpresa al comprobar que estaban protegidos por una empalizada cuyas afiladas puntas finalizaban a la altura de los caballos. Muchos de los francos perdieron su cabalgadura, otros se vieron obligados a continuar a pie. El caso es que destrozaron a los arqueros.

Paralelamente, y muchos metros atrás, el resto de las tropas cristianas avanzaba compacta, pero con un pequeño problema: no tenían vanguardia. Pero las cosas siempre pueden ir a peor. Lo único que lograban ver allá en la colina era una nube de polvo que cubría a los caballeros cruzados, no tenían la más mínima idea de lo que estaba sucediendo. En esto que vieron salir en desbandada a los caballos sin sus monturas, y debieron pensar que los jinetes habían perecido en una aplastante derrota. El pánico entonces hizo presa en los flancos de los aliados, compuestos como dijimos por la caballería transilvana y valaca, y decidieron que lo mejor que podían hacer es volver a sus casas para brindar por el nuevo amo turco. Los húngaros de Segismundo, sin embargo, prosiguieron su avance.

Y así surgen los llamados pinchos morunos

Mientras, en la colina, los cruzados se agruparon, envalentonados por haber puesto en fuga primero a la caballería ligera y después a los arqueros sin apenas bajas. A finalizar su ascenso se encontraron con lo mejor de las tropas turcas, con su caballería pesada spahi. Y no sólo eso, les estaba esperando la caballería ligera, la que antes pensaban habían derrotado. Aunque cargaron como mulas, los cruzados las recibieron de todos los colores y no tuvieron otra que rendirse en masa.

Cuando llegaron los húngaros a la batalla,fueron alegremente saludados por las tropas vasallas de los otomanos: los serbios, y rodeados por el resto de la caballería. Ante la imposibilidad de triunfo cogieron las de Villa Diego.

Miles de cristianos fueron apresados en el campo de batalla, Segismundo logró huir por el Danubio en una barca.

Las consecuencias de esta derrota son enormes. Bayaceto se erige como un gran caudillo, y no hay nada peor que el enemigo esté bajo el mando de un hombre tan válido. La cristiandad no volvería a reunir a ninguna cruzada para liberar los lugares sagrados, ahora la lucha se había trasladado definitivamente a Europa, quedando los turcos a las puertas de Hungría, que durante siglos estuvo de fiesta en fiesta, y Constantinopla quedó definitivamente aislada como una ciudad estado. Los musulmanes se quedarían en los Balcanes amenazando el resto de Europa central durante más de cinco siglos.

Es común pensar en esta batalla como el final del poder de la caballería pesada europea, así como es general concebir una batalla mil años anterior a esta, y unos kilómetros al sudeste, llamada Adrianápolis, como el final de la infantería pesada, o lo que es lo mismo, de las legiones romanas, destrozadas por la caballería visigoda. Pero ambos son tópicos, únicamente a lo que se debieron ambas derrotas fue a la incapacidad de los mandos y a lo erróneo de la estrategia.


 


 

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