Viene de: La Batalla de Pavía I
IV.- Dos hombres y un destino.
Como ya anunciamos a finales del capítulo precedente, vamos a hablar de reyes. Pero no de reyes vulgarcillos, como los de la baraja, si no de monarcas de los de antes, con tronío y poderío, capaces de hacer temblar el mundo con sus decisiones. Dentro del patio de vecinas que es la Europa renacentista hay tres figuras imponentes, magníficas, que deslumbran hasta el punto de empequeñecer a la mayoría de los reyes de Europa, tanto antes como después de ellos. Dejando a un lado a Enrique VIII de Inglaterra –quizás la personalidad más atractiva de su época-, nos centraremos en Francisco I de Francia, y Carlos I de España, V de Alemania. Ambos heredan, a la hora de subir al trono, los estados más poderosos y con más proyección de Europa. Ambos encarnan, cada uno a su manera, el ideal del Príncipe renacentista. Ambos desarrollarán un conflicto político que durará hasta la muerte de Francisco en 1547, conflicto que desborda ampliamente el marco de lucha entre estados para convertirse en una pugna personal, privada –Carlos incluso llegó a retar a Francisco a un combate singular para dirimir sus diferencias-, entre los más grandes caballeros de Europa. Razones para que ambos estados chocaran no faltaban, desde luego, desde el eterno conflicto italiano hasta las mutuas reclamaciones territoriales(1). El detonante definitivo sería que ambos codiciaban la corona del Sacro Imperio Romano. Aunque en heráldica esté representado por un águila bicéfala, solo una testa podía llevar ser coronada, así que había que elegir. Para Carlos, la elección significaba seguir las tradiciones familiares –el último emperador había sido su abuelo Maximiliano-. Francisco, si perdía, se vería totalmente rodeado por los territorios estados de su rival.
V.- Sobre cadáveres políticos y demás rémoras medievales.
A principios del siglo XVI el Imperio Germánico es lo más parecido a una casa de lenocinio que uno pueda imaginarse. Formado por una interesante mezcla de principados seculares y eclesiásticos, más cierto número de ciudades libres, cada una de estas unidades políticas estaba gobernada por sus propios señores, con sus propias leyes. El poder real del Emperador, como ustedes se pueden imaginar, tendía a ser escaso, no contando con más medios que los que le dieran sus propios estados, teniendo que negociar con los demás príncipes los apoyos que requiriera para poner en práctica su política, lo que significaba interminables sesiones de la Dieta Imperial. Y continuas concesiones a los diferentes señores que le apoyaban. Sesiones que –además- a la postre terminaban por ser inútiles, pues la tendencia general era la de pasar mucho de lo que dijera la Dieta. Todos los sucesivos intentos reformistas para construir al menos el germen de un estado nacional -particularmente intensos bajo el reinado de Maximiliano I- fracasaron rotundamente por la resistencia de los diferentes príncipes, que tendían a no ver con muy buenos ojos nada que implicara un fortalecimiento de la institución imperial. De forma que a la muerte de Maximiliano (1519) lo único que estaba claro es que el imperio creaba más problemas de los que resolvía, y que su sucesión no era hereditaria, si no electiva(2).
VI.- De para qué vale hacerse con un imperio.
Y es llegados a este punto donde comienzan todos los problemas. A los ya de por sí múltiples conflictos –como hemos visto- que enfrentaban a ambos monarcas se unió la rivalidad por hacerse con el trono de tan cadavérica institución. De todas formas, había que jugar la partida. Dentro del tablero de ajedrez diplomático que es Europa, nuestros protagonistas comienzan a mover sus piezas. Será Carlos quien logre llevarse el gato al agua siendo elegido emperador en Junio de 1519 después de que sus consejeros hicieran un uso prodigioso de la diplomacia y el talante(3). Comienza aquí esa intrincada enemistad personal que no se acabará hasta la muerte de Francisco. Durante casi treinta años ambos monarcas se enredarán en continuas guerras, solo interrumpidas cuando sus respectivos problemas financieros imponían una breve tregua para recuperar el aliento. Lo cierto es que en general fue un enfrentamiento encarnizado y marrullero en el que también acabaron mojando el resto de los estados europeos –bien apoyando a uno, bien al otro, bien cambiando de chaqueta si la ocasión lo requería. Francisco llegó incluso, escandalizando a media Europa(4), a aliarse con el Turco con tal de poner en jaque a Carlos. Las hostilidades comenzaron en 1521, lanzando Francisco una triple ofensiva contra los estados del flamante nuevo Emperador. Así, sendos ejércitos franceses invaden los Países Bajos y España.
VII.- De cómo poner un circo y que te crezcan los enanos.
La verdad es que el pobre Carlos había empezado su reinado imperial con mal pie. Por un lado, el turco estaba haciendo de las suyas en el flanco sur del imperio. Por otro lado, apenas Carlos había zarpado de España para recibir su corona, empezaron a brotar rebeliones por todas partes. Hay que decir que aquí lo de que le hicieran emperador no se vio con muy buenos ojos –para qué querrá el niñato este hacerse emperador, esto nos va a salir más caro que un hijo tonto, pues yo no pongo un duro para los líos que tiene en Alemania…-, así que en el mismo momento en que Francisco se lanza al ataque nos encontramos, en Castilla, el levantamiento Comunero –que ya está siendo reprimido-, y en levante, las Germanías(5) -que están en plena ebullición.
Como el ataque sobre Flandes nos importa más bien poco, diremos tan solo que es rechazado. El ataque sobre España tiene algo más de gracia, así que lo trataremos con más detalle. El casus belli oficial esgrimido por Francisco fue apoyar las justas reclamaciones de la Casa de Albret al trono navarro(6). Pero al francés se le fue la mano y después de ocupar Pamplona(7) continuó bajando, llegando a sitiar Logroño. Como ya hemos apuntado en alguna ocasión, no hay nada como que aparezca un enemigo exterior para ponernos a los españoles de acuerdo; es mano de santo. En esta ocasión la fórmula también funcionó. La rebelión de las comunidades estaba siendo aplastada de forma rápida después de que el principal ejército comunero fuera derrotado en Villalar, y la aparición de un ejército francés en tierras castellanas vino que ni pintada para que las ciudades rebeldes –o hasta hace poquito rebeldes, menos mal que siempre hay más de una chaqueta en el armario- pudieran pasarse con armas y bagajes al campo realista, haciendo pública profesión de lealtad al Emperador, a ver si de paso se olvidaba su reciente militancia comunera. El ejército francés se comió una derrota como un castillo y fue perseguido hasta la frontera, recuperándose por el camino todas las plazas ocupadas por el francés(8).
La reacción de Carlos fue fulminante contraatacando en todos los frentes y apoderándose del Milanesado. En 1522 los franceses vuelven al ataque en Italia, pero son desechos en Bicoca, de forma que también pasamos a quedarnos con Génova. En 1523 Carlos, aliado a Enrique VIII, contraataca en todos los frentes, pero Francisco aún no está vencido y la ofensiva imperial es rechazada. Todo queda a punto para la gran ofensiva de 1524, de la que nos ocuparemos en el siguiente capítulo.
(1).- Carlos reclamaba el Ducado de Borgoña -que le pertenecía por línea materna- y Flandes y Artois, mientras que Francisco reclamaba el Rosellón -que pertenecían a la Corona de Aragón- y la Navarra española.
(2).- Aunque de forma poco menos que teórica, pues desde hacía bastante tiempo, de forma totalmente casual, la corona imperial acababa siempre en la cabeza de algún miembro de la familia Habsburgo.
(3).- Y del soborno. Y de no poca cuantía. Carlos logra ser elegido después de empeñar hasta la camisa y sobornar a los príncipes electores, que no se vendieron baratos. 850000 florines de oro, costó la broma.
(4).- Mal comparado, y salvando las distancias, sería como si los Chinos –por poner un ejemplo- se aliaran con Bin Laden para fastidiar a EEUU
(5).- Revueltas estas que no tenían nada que ver la una con la otra, a ver a santo de qué se iban a rebelar juntos, por las mismas razones, valencianos, mallorquines y castellanos. Para chulos, nosotros, puestos a rebelarnos, lo hacemos por separado.
(6).- En 1512 Fernando el Católico, aprovechando el río revuelto, se había apoderado de la Navarra sub pirenaica, que fue oficialmente anexionada por Castilla en 1515.
(7).- En cuya defensa participó un tal Ignacio de Loyola, que luego en su convalecencia comenzó a pensar en cosas muy raras mezclando milicia y religión a ver qué salía.
(8).- Salvo Fuenterrabía, que no volvería a manos españolas hasta 1524.