Viene de: La Batalla de Pavía II
VIII.- La Gran Ofensiva de 1524.
A mediados de Octubre de 1524 Francisco I, al mando de cerca de cuarenta mil hombres, decide que el tira y afloja por la posesión del norte de Italia está empezando a ser aburrido y que ya es hora de zanjar la cuestión. Así que se lanza sobre Milán decidido a hacerse con ella y mandar a los imperiales al extremo de la bota italiana. O más lejos, si se dejan. Alrededor de trece mil soldados imperiales están dispuestos a hacer frente a la embestida gala, y lo hacen gallardamente, siguiendo esa vieja máxima guerrera de que “soldado que corre sirve para otra guerra”Esto, que eufemísticamente viene a ser lo que conocemos por “retiradas estratégicas”, es una idea más sutil de lo que parece a primera vista, pues el ejército que avanza persiguiendo al que se las pira tiende siempre a debilitarse tanto por las bajas normales habidas en los desplazamientos –ay que malito estoy que me duele la pierna, uy que me he dejado el tabaco en Marsella, voy a por el y vuelvo-, como por los destacamentos que es obligado dejar por el camino, mientras que el ejército que realiza la retirada, al avanzar –avance hacia la retaguardia- hacia sus bases, se va reforzando. Así nos encontramos con que, al llegar a Milán, ya solo hay treinta y seis mil franceses contra dieciséis mil imperiales. Las cosas se van igualando. El grueso de los imperiales proseguirá su taimada estrategia avanzando –de nuevo hacia atrás- hacia Lodi, mientras que Antonio de Leyva, con unos cinco mil alemanes y algo más de mil españoles, se encierra a cal y canto en Pavía, esperando la arremetida del grueso del ejército galo.
Francisco I se planta frente a Pavía con más de treinta mil soldados. Tras algunas escaramuzas iniciales y tras bombardear algo la plaza, el francés pretende, osadamente, tomarla por asalto. Las murallas –ya de por si viejas y maltrechas- parecen ahora un queso suizo. Pero no cuentan con las mañas del de Leyva que, a sus cuarenta y cinco abriles, tiene el colmillo harto retorcido(1) y le da sopa con ondas -21 de noviembre de 1524- a los asaltantes que deciden que, bueno, en fin, que para qué tanta prisa. Y se decide asediar la ciudad. Francisco I piensa que, puesto que el asunto va a tomar su tiempo, puede prescindir de algunas tropas a las que manda en sendas expediciones a Génova y Nápoles(2).
Mientras tanto los imperiales no han permanecido ociosos. Se han reclutado cerca de quince mil mercenarios en Alemania y se han traído tropas desde el sur. Cerca de veinticinco mil hombres se pondrán, a mediados de Enero de 1525, en marcha hacia Pavía. No lo hacen demasiado pronto, pues en Pavía las tropas de Leyva, que llevan sin cobrar un duro desde que el cabo de Gata era soldado raso están ligeramente revueltas. A principios de Febrero los refuerzos imperiales, al mando de Lannoy y del Marqués de Pescara, están a las Puertas de Pavía, con algo más de veinte mil soldados.
XI.- Mañana en la batalla piensa en mí.
Nos encontramos ahora con una situación bastante divertida, en la que los sitiadores de la ciudad son a su vez sitiados por las tropas de refuerzo. Ambos ejércitos suman unos veinticinco mil hombres; los imperiales tienen ventaja en infantería sobre sus contrarios, mientras que estos cuentan con más artillería y caballería. El problema es que las cosas se les están poniendo complicadas a las tropas imperiales. Por un lado, se están quedando sin dinero y sin provisiones. Por otro lado, las posiciones francesas no parecen fáciles de asaltar. Las líneas de asedio que rodean Pavía presentan fortificaciones tanto hacia el interior como hacia el exterior, mientras que el grueso del ejército francés está acampado en el parque del castillo del Mirabello, parque rodeado por una muralla de 21 kms de largo, 2.5 m de alto y 40 cms de ancho. Como es bien sabido que caballo grande, ande o no ande, se decide asaltar directamente el grueso del ejército enemigo a través del parque del Mirabello.
Son las tres de la mañana del 24 de febrero de 1524. Mientras parte de la artillería imperial en un ruidoso ejercicio de distracción bombardea las líneas de asedio francesas, los gastadores imperiales se acercan al muro del parque para practicar tres brechas en el. Puesto que en los días previos al asalto, Pescara ha estado usando arcabuceros españoles para fastidiar la noche a los franceses con continuos golpes de mano, estos movimientos iniciales no llaman demasiado la atención. A las cinco de la mañana las brechas están terminadas. Comienza la fiesta. Como los españoles no sabemos celebrar nada si no es con petardazos, la verbena comenzará con dos cañonazos destinados a hacer saber al de Leyva que le toca hacer una salida para atenazar el flanco derecho de los franceses. A la vez, tres mil arcabuceros españoles e italianos –al mando del marqués del Vasto- acompañados de algo de caballería ligera se lanzan directamente, con toda la alegría del mundo, contra el castillo del Mirabello, tomando posiciones en el bosquecillo que lo rodea.Tras ellos entrará el grueso de la infantería y de la caballería pesada al mando de Lannoy y el de Pescara.
La primera reacción por parte francesa es protagonizada por elementos de su caballería, que desbordan el flanco imperial y se llevan por delante una batería española, que por allí andaba, antes de tener que retirarse por falta de apoyo. Cuando mercenarios alemanes al servicio de Francia avanzan para apoyar este ataque, se encuentran con lansquenetes alemanes al servicio del emperador que se lanzan sobre ellos, comenzando aquí una alegre reyerta tabernera entre alemanes de ambos bandos. Combate que acabará decantándose del lado de los imperiales, que harán retroceder a sus oponentes.
De todas formas el peso de la batalla se desarrollará en el flanco izquierdo francés. Allí, cuando se ha visto que la cosa iba en serio, la artillería francesa ha comenzado a disparar –más o menos a las siete de la mañana- sobre la infantería imperial logrando, aún sin causar grandes bajas, frenar su avance. Apoyada por la infantería suiza –la infantería francesa e italiana está en este mismo instante recibiendo collejas a espuertas a manos de Leyva y los suyos- parece que la situación en este flanco está estabilizada. En esto que Francisco I, al mando de la caballería, ve frente a él a la caballería contraria. Con la mejor de sus intenciones, creyéndose todavía en la Edad Media, cuando el combate entre los señores de un bando y los del otro decidía las batallas, bramando como un toro joven, Francisco se abalanza con lo mejor de la nobleza de Francia sobre la caballería contraria, a la que derrota y hace retroceder. Audaz y osada maniobra donde las haya. Y estúpida. Para atacar, Francisco tiene que atravesar el frente de su propia artillería que, no queda más remedio, ha de cesar su fuego. Y es aquí cuando le empiezan a caer a los franceses collejas de todos los colores. Pescara sitúa a 1500 arcabuceros españoles en un bosquecillo desde el cual acribillan a los acorazados jinetes franceses disparando preferentemente a sus monturas. A la vez, la infantería imperial, libre de la presión de la artillería francesa, se reorganiza y carga, llevándose por delante a los artilleros, los suizos y a quien se ponga por delante. Aprovechando el río revuelto, la caballería imperial, que ha sido realineada por Lannoy, se lanza contra los desorganizados jinetes franceses que, como quien no quiere la cosa, están siendo alegremente rematados en el suelo por los mismos arcabuceros que previamente les han tiroteado. A las ocho y media de la mañana nos encontramos con que los suizos, la artillería y la caballería francesa ha sido machacada en el flaco izquierdo, los mercenarios alemanes han sido derrotados en el centro, y que Leyva se está llevando por delante todo lo que se le opone en el flanco derecho. Todo francés que aún recuerda como se corre abandona el campo –siempre que corra más que sus perseguidores- y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Doce mil franceses quedaban muertos en el campo, junto con quinientos imperiales. No queremos cerrar este capítulo sin recordar que en medio del contraataque de las fuerzas imperiales se encontraba Francisco I, combatiendo como un soldado más, cuando una bala de arcabuz le mató el caballo. Cuando intentaba levantarse fue apresado por tres soldados españoles de esa España que nunca existió: Juan de Urbieta, vizcaíno de Hernani; Diego Dávila, granadino y Alonso Pita da Veiga, gallego.
X.- De para qué sirvieron doce mil quinientos muertos.
Si usted, estimado lector, creía que la tremenda paliza que le habíamos dado al francés iba a ser definitiva e iba a traer la paz al continente, permítanos decirte que es usted un tipo o una tipa bienintencionado o intencionada, pero un tanto ingenuo o ingenua. Como cualquier cínico inveterado podría sospechar, no sirvieron para nada. Veamos como fueron las cosas.
Tras permanecer un tiempo en Italia como invitado forzoso del ejército imperial, Francisco llega el 12 de Junio a Barcelona. Tras pasar un tiempo en Valencia, es trasladado a Madrid, pues Carlos desea tenerlo cerca para las negociaciones de paz. Que interesan sean rápidas, pues aprovechando el cautiverio de Francisco media Europa, siempre tan solidaria para estas cosas, planea sacar tajada de Francia. Las peticiones de Carlos son sencillitas: que Francisco renuncie a sus pretensiones en Italia, y que devuelva a Carlos Provenza y Borgoña. Francisco se resiste, primero afirmando que no puede ceder territorios sin el consentimiento del Parlamento. Como ve que no cuela, se pone enfermito de pronto –melancolía, imaginamos- porque Carlos no se decide a hacerle una visita personal. Carlos cede y va a verle y a darle palmaditas en la mano, y milagrosamente se recupera. Hasta el punto de intentar fugarse. A principios de 1526 Carlos se ve presionado por Venecia y el Papado para que devuelva la posesión de Milán a los Sforza, así que –efecto dominó- comienza a presionar en serio a Francisco. Por fin, el 14 de febrero de 1526 se firma el tratado de Madrid: Francisco renuncia a sus reclamaciones en Italia, Flandes y Artois, se compromete a devolver Borgoña a Carlos, y a enviar a dos de sus hijos a Madrid como “invitados”. Tanta historia para nada. Francisco, que ha cruzado la frontera el 18 de Marzo, amparado por el Papa se desdice de lo firmado el día 22, afirmando que como ha sido obligado a firmar bajo coacción, el tratado no tiene validez. Aliado con la Santa Sede, que debe estar hasta la tiara de ver españoles en Italia, se reanuda la guerra –guerra de la Liga de Cognac, que durará hasta 1530- que contará con episodios tan jocosos como el saco de Roma. Pero esa ya es otra historia, de la que quizás hablemos otro día.
(1).- Treinta batallas y cuarenta asedios, contaba en su curriculum el angelito
(2).- Expediciones muy interesantes ambas pero que, como no vienen al caso, pasamos de comentar.