|
En verde los territorios etruscos.
|
Hacia el norte, los eolios fundaban Smyrno en las costa del mar Egeo. David, encumbrado por el pueblo de Israel, libraba batallas victoriosas contra los filisteos y conquistaba los reinos circundantes. Los fenicios comenzaban a arribar a la costa norteafricana. El reino de Tartessos probablemente asomaba entre las brumas de la península ibérica. Y saltando al extremo oriente, la dinastía Zhou gobernaba en China, mientras las tribus arias invadían la India.
En América, Sí, en América, atisbaba ya la cultura maya, atravesando lo que llamamos su período pre-clásico, que alcanzaría su esplendor y caería en decadencia mucho antes de que los españoles llegaran a sus tierras.
Mientras el mundo estaba en plena ebullición y surgían por doquier civilizaciones, en la bota que penetra en el mar Mediterráneo, lo que hoy llamamos Italia, coexistían escasamente tribus incivilizadas. Era una tierra atrasada, sin el menor atisbo de historia o de cultura.
Pocos hubieran sospechado, de haber visto este cuadro en aquellos tiempos, que en esas tierras surgiría una ciudad que, con el tiempo, dominaría todo el mundo conocido, aplastando la resistencia de esas civilizaciones que existían miles de años antes que ella, que imperaría durante siglos y que cuando, miles de años después, muy pocos supieran que era Nínive, Tartessos, Tebas, casi todos no dudarían en pronunciar su nombre cuando se preguntara sobre el más poderoso imperio de la antigüedad.
Europa muestra por doquier su paso, desde España y Portugal, a quienes ellos llamaron Hispania y Lusitania, desde Gran Bretaña, a quien llamaban Britania, hasta la misma Rusia, donde hasta el siglo pasado su rey ostentaba el título de czar, en clara alusión a aquellos que casi dos milenios atrás dominaban el mundo. Asia, desde Turquía, donde aún está ahí Estambul, la ciudad del gran Constantino, antigua Constantinopla, antigua Bizancio, sede del imperio bizantino, fragmentado del gran imperio y que muy pocos conocen , baluarte de la cristiandad durante siglos hábilmente olvidado por la historiografía católica occidental, hasta Israel, donde nació la religión del mundo occidental, el cristianismo, que habría de tener base e iglesia -¿dónde si no?- en la capital del inmenso imperio donde nació. África, desde Egipto hasta Túnez, donde floreció casi al mismo tiempo su más encarnizada rival, Cartago.
Si estudiamos derecho, una de las asignaturas es sobre sus leyes, si estudiamos historia, sus pasos están por doquier, igual si hablamos de cultura universal. Casi mil años después, su nombre aún inspiraba respeto en Europa y no pocos reyes y emperadores se hicieron coronar a la usanza de la ciudad eterna.
Pues sí, la ciudad eterna, no hablamos de otra, hablamos de ROMA.
Volvemos pues, que me he dejado llevar por la emoción, al siglo XI A.d.C., o para usar una expresión con la que estoy más familiarizado, el año 1000 A.N.E. (Antes de nuestra era). Italia, tierra atrasada y escasamente poblada por tribus incivilizadas. Pues por esos años, tribus provenientes del norte, que conocían el hierro y lo usaban (¡y de qué forma!), penetraron en tierras de Italia. Estas tribus han sido llamadas por los arqueólogos modernos “los villanoveses”, gracias a que extensos restos de su asentamiento fueron descubiertos en Villanova, en la ciudad de Bolonia.
La primera civilización en Italia surgió al poco tiempo de la llegada de estas tribus. Se llamaban a si mismo rasna o rasenna, los griegos los llamaron Tyrrhenoi, Tirrenos o Tirsenos (De ahí el nombre de Mar Tirreno, uno de los que rodea Italia), y los romanos, tusci (de donde viene el nombre de Toscana, región dónde floreció este pueblo) o etrusci. Nosotros, hispanoparlantes al fin, le llamaremos como todos, etruscos y a su nación Etruria.
Se ha discutido mucho el origen de los etruscos. Para algunos, eran pueblos autóctonos. Otros los sitúan como parte de una migración de Lidia, región situada en Asia Menor.El tema de este artículo no es precisamente sobre los etruscos y la verdad no creo que haya mucho que hablar del tema. Todo está sumergido en las brumas del tiempo.
La cuestión es que los etruscos, su arte, su religión, su forma de vida, tenían mucho en común con las civilizaciones asiáticas. Incluso sus prácticas adivinatorias eran parecidas a las de la antigua Babilonia. Las mujeres etruscas gozaban, al igual que las lidias, de una igualdad que les permitía participar en banquetes y juegos. Aunque esto también podría ser considerada como un rasgo autóctono pre-indoeuropeo.
Este pueblo, de donde quiera que viniese, no estaba organizado como una nación, sino como una colección de ciudades-estado, al más puro estilo griego. Sus ciudades no lograron unirse en un gobierno centralizado y eso marcó su fin como civilización.
Llegamos ya, con los etruscos, al 814 A.N.E. fecha probable de la fundación de una ciudad fenicia, en la costa norteafricana, en las cercanías de la actual Túnez que sería la más potente enemiga de Roma, hasta el punto de ser barrida hasta sus cimientos cuando fue derrotada, y cuna de uno de los más grandes y geniales estrategas de la antigüedad. Ella fue llamada Cartago, y él, Aníbal.
Examinemos, como ya es costumbre (y si no lo es, pues yo la instauro), el panorama internacional:
Hacia finales del siglo IX A.N.E, Egipto, que desde que lo vimos en el 1000 AdC había pasado por períodos de relativa tranquilidad y progreso, caía retumbantemente en la anarquía bajo un débil Sheshonq III, de la dinastía XXII, familia de reyes libios que gobernaron el país desde el 945 hasta el 715 AdC. Durante el gobierno de esta dinastía, que gobernó conjuntamente con otra, la dinastía XXIII, Egipto volvió a dividirse en Alto y Bajo Egipto, con capitales en Tanis y Bubastis, anulando casi totalmente la obra de Menes.
El imperio asirio comenzaba a fortalecerse en el medio Oriente, mientras la dinastía Zhou continuaba gobernando en China. Israel, pasado su periodo de esplendor bajo David y Salomón, se había dividido en dos reinos: Israel y Judá y a la sazón pagaba tributos a Asiria.
Demos pues un pequeño salto en el tiempo y volvamos a observar:
Estamos a mediados del siglo VIII A.N.E. Los etruscos dominan el centro de Italia, los griegos, que por cierto habían comenzado sus famosas olimpiadas periódicas cada cuatro años unos años antes, en 776 ANE (que fastidio poner los puntitos, desde ahora renuncio a seguir haciéndolo, me atribuyo la dispensa y aviso a los críticos ortográficos), habían ocupado todo el sur de Italia y la isla de Sicilia, en lo que se conoce históricamente como Magna Grecia. Mientras, los cartagineses, dueños ya prácticamente del mar Mediterraneo en esa zona, campeaban al sudoeste.
Así en este cuadro de la Italia dividida, surgió una pequeña aldea, probablemente sobre el monte Palatino, según también confirma la leyenda. Mucho se ha hablado sobre la fundación de Roma. Los romanos, dueños del mundo según su propio orgullo, intentaron darle a su ciudad un origen divino, o al menos extremadamente aristocrático, y he ahí que vemos a Eneas, un héroe troyano inmortalizado por Virgilio, por cierto, dando tumbos con sus hombres por el Mediterráneo para llegar a Italia y fundar la ciudad de Alba Longa.
Cuenta la leyenda que incluso Eneas pasó por Cartago, prácticamente recién fundada, y tuvo amores con la reina Dido, que se suicidó al huir Eneas de la ciudad, aconsejado por los dioses. Fácil es comprobar que esto no es cierto, baste con saber que Cartago fue fundada, como he dicho líneas arriba, en 814 ANE, mientras que la guerra de Troya ha sido ubicada aproximadamente hacia el 1200 ANE.
La cuestión es que Eneas llegó a Italia y fundó la ciudad de Alba Longa. Un descendiente suyo, rey de esta ciudad, fue despojado del trono por su hermano menor, quien hizo arrojar al río en una cesta a dos gemelos que había tenido la hija del legítimo rey (proceder histórico este con demasiados ejemplos y sin sentido alguno, ¿Que no era más fácil matarlos? Y no vengan a decirme que Amulio podía sufrir después de remordimientos).
Pero aquí no para la leyenda: Según los antiguos, los hijos de Rea Silvia, hija del rey Numitor, destronado por su hermano Amulio, y cuyo nombre eran Rómulo y Remo, eran también hijos del dios Marte, con lo que queda comprobado el origen “divino” de Roma.
El caso es que estos gemelos fueron amamantados por una loba, que los alimentó hasta que, hallados por un pastor, fueron llevados a su casa, donde los crió.
Ya crecidos, los gemelos expulsaron al usurpador de Alba Longa, su tío Amulio y condujeron nuevamente al trono a Numitor. (La parte donde ellos se enteran que son los hijos de Rea Silvia y el destino del infeliz pastor que los crío escapa de mis manos, no sé nada sobre esto, para que los amantes de culebrones no me pregunten.) Después, decidieron crear una ciudad para ellos mismos, a orillas del Tíber. Rómulo quería crearla en el monte Palatino, donde los había hallado la loba y Remo proponía el monte Aventino.
Cuenta la leyenda que decidieron dejarlo en manos de los dioses. Por la noche, cada uno se plantó en la colina de su preferencia y esperó. Al amanecer, Remo vio pasar seis águilas, pero al anochecer, Rómulo vio doce. En medio de la disputa sobre que era más importante, si la cantidad de aves o quién las había visto primero, Rómulo trazó con ayuda de un arado la cerca de la ciudad en el monte Palatino. Remo, para mostrar su desacuerdo con la elección de su hermano, saltó por encima de la marca, en lo que era un sacrilegio, pues las murallas no se construían para ser violadas y Rómulo lo mató.
Este es pues, el origen legendario de Roma. Claro que es sólo la leyenda, pero tantos siglos después nada se puede decir de esto, aunque lo más probable es que Roma surgiera de la unión de varias aldeas en las 7 colinas, donde casualmente la aldea de la colina Palatina era la más poderosa; pero eso está, ya uds. saben, en las brumas del tiempo y la historia.
Gracias por la paciencia de quienes han leído este artículo, espero poder continuar con él lo más pronto posible.
Continua en: Roma, La Eterna (II)