ROMA, LA ETERNA (VI). Dos potencias en apuros.

Corre el año 281 ANE (472 AUC). Hace ya 3 años que Ptolomeo II Filadelfo, hijo del diádoco (del griego, “el sustituto, el que recibe”) Ptolomeo Sóter, fundador de la dinastía Ptolemaica en Egipto y antiguo general y amigo de Alejandro Magno, rige los destinos del país de Osiris y Apis. Bajo su reinado, Egipto florecerá y será una vez más faro del mundo antiguo. (Literalmente, durante su gobierno se construyó el famoso faro de Alejandría).

 

 

ROMA, LA ETERNA (VI). Dos potencias en apuros. Artículo enviado por Caesar.

 

Viene de: Roma, La Eterna (V)

Ptolomeo I Soter

Lisímaco de Tracia, otro de los diádocos, acaba de ser derrotado y muerto por Seleuco, quien no le sobreviviría un año. El hijo de este último, el epígono (del griego, “los nacidos después”) Antíoco I Sóter, gobernaría sobre Babilonia, Siria y gran parte de Asia Menor, mientras el asesino de Seleuco, Ptolomeo Keraunos “el rayo” (primogénito por cierto, de Ptolomeo I Sóter),gobernaba Macedonia.

¿Se acuerdan de Alejandro el epirota? Pues un pariente de éste, Pirro, estaba sentado en el trono de Epiro y era, de hecho, el único gobernante fuerte de estirpe greco-macedónica en ese momento. Y aquí entra a jugar la mala memoria de los reyes.

La misma Tarento que años atrás había llamado y después abandonado a Alejandro de Epiro estaba en guerra con Roma. Tras hundir algunos barcos romanos, los tarentinos habían arrebatado a Roma la ciudad de Thurii, recientemente ocupada sin disparar un tiro (es que no había aún armas de fuego, debí decir “sin romper una lanza” o algo así) Habiendo mandado Roma representantes a Tarento para pedir la devolución de Thurii y negociar una tregua (Roma no quería enzarzarse en una contienda tan al sur aún), estos fueron humillados por los tarentinos y regresaron furiosos a Roma. Resultado de esto, en este mismo año 281 ANE del que hemos estado hablando, el senado romano le declaró la guerra a Tarento.

La ciudad griega, desesperada, tendió nuevamente los brazos al mismo Epiro cuyo rey había traicionado años antes y Pirro recogió el guante. Un ejército epirota cruzó nuevamente el Adriático, pero esta vez, venía a enfrentarse a Roma. Por primera vez en la historia, la falange macedónica iba a luchar contra la legión romana. Pirro llevaba consigo elefantes, animales que no se conocían en Italia y que tenían como objetivo aterrorizar a las legiones romanas.

En 280 ANE, en la batalla de Heraclea, los romanos fueron totalmente derrotados. Pero la retirada se había efectuado en orden y no a la desbandada y los romanos muertos en combate habían caído de frente a los elefantes. Pirro, impresionado por esto, envió emisarios a Roma para concertar la paz, pero el senado romano, arengado por el ya anciano Apio Claudio Caecus (El ciego) se negó a concertar alguna paz mientras un solo soldado epirota pernoctara en la península itálica.

Así pues, en 279 ANE, en Ausculum, los dos ejércitos volvieron a encontrarse y Roma fue nuevamente derrotada. Pero la victoria para Pirro fue tal que desde entonces llamamos “victoria pírrica” a un triunfo obtenido a costa de grandes pérdidas y sacrificios. Dícese de Pirro que habiéndole felicitado un soldado suyo por el triunfo, respondió: “Otra victoria como ésta y volveré a Epiro sin hombres”

Tras Ausculum, Pirro cruzó a Sicilia y se enfrentó allí con éxito a los cartagineses, aliados a la sazón de Roma. Pero su intento de incorporar Sicilia a un supuesto imperio donde preponderaría el reino de Epiro fracasó y regresó, en 275 ANE, a la península, donde tuvo un último enfrentamiento con Roma.

Los romanos, adaptables a todas las situaciones, habían buscado mientras una estrategia de enfrentamiento a la falange. El orden militar macedónico se desorganizaba en terreno montañoso (este siempre fue su lado débil). Este fue, pues, el terreno elegido por los romanos. Además, los romanos lanzaron flechas incendiarias sobre los elefantes, y estos, rompiendo filas, dieron media vuelta y pisotearon a la falange. En Benevento, a unos kilómetros de Ausculum, el ejército griego fue totalmente derrotado. Era el fin de la falange como organización militar.

Roma se volvió entonces sobre sus enemigos, aliados de Pirro en esta guerra. Los samnitas fueron totalmente sometidos y desaparecieron de la historia. Otro tanto pasó con las posesiones septentrionales de Etruria y con las ciudades de la Magna Grecia, incluida Tarento. En 270 ANE, Roma era dueña de Italia.

Pero los problemas habían recién comenzado. En Sicilia, Hierón II, tirano de Siracusa, había concertado con Cartago una alianza a fin de expulsar a los mamertinos de Sicilia. Los mamertinos eran mercenarios italianos llevados allí por Agatocles, tirano de Siracusa hacia el 315 ANE, para luchar en esa isla contra los cartagineses. Tras la muerte de éste, los mamertinos habían campeado por sus respetos hasta que Pirro los había acorralado y limitado a la ciudad de Messina.

Continente

Pero ante la amenaza de Hierón y los cartagineses, los mamertinos (hijos de Marte), recordaron repentinamente que del otro lado del estrecho una potencia italiana imponía sus reglas. Roma recibió con agrado la solicitud de ayuda de Messina y declaró la guerra a Hierón y con él a Cartago en 264 ANE. Había comenzado la Primera Guerra Púnica (los romanos llamaban poeni a los cartagineses, en clara alusión a su origen fenicio).

Un año después, en 263 ANE, los ejércitos romanos, bajo el mando de Apio Claudio Caudex (hijo del constructor de la vía Apia, Apio Claudio Caecus), derrotaron a Hierón II. Este, con una enorme visión de futuro, comprendió que Roma era una potencia a quien no le convenía tener de enemiga y firmó la paz con ésta, tregua que duraría hasta su muerte. Pero las hostilidades con Cartago ya estaban rotas.

Cartago era la reina del mar Mediterráneo, donde nadie se atrevía a competir con ella. Pero en tierra, hasta el momento, dejaba mucho que desear. De hecho, el tirano Agatocles, de quien hablamos unos párrafos arriba, la había saqueado en307 ANE. Confiados en su superioridad naval, los cartagineses se creían invencibles.

En 262 ANE, el penúltimo baluarte cartaginés en Sicilia, la ciudad de Agrigento, fue tomado por los romanos. A Cartago sólo le quedaba en la isla la inexpugnable fortaleza de Lilibeo, que había resistido a Agatocles y a Pirro. Y además, protegida por la flota cartaginesa, era imposible llegar a ella desde el mar.

Roma entonces tuvo una idea que aún hoy parece insensata. Enfrentaría a Cartago desde el mar. Pero la idea subyacente no era tan insensata: Intentarían llevar los combates navales a un plano terrestre de combate cuerpo a cuerpo, donde Roma era superior.

Para esto, diseñó unos quinquerremes (barcos de cinco pares de remos, copiados de los cartagineses), dotados de unos enormes garfios. Cuando los barcos romanos se acercaran a los cartagineses, los garfios serían echados sobre el puente de éstos, asegurando que los dos barcos permanecieran juntos. Así, las tropas romanas pasaban a bordo de los barcos cartagineses y lo que era una batalla naval se convertía en una batalla terrestre, teniendo como escenario la superficie del navío.

Mediante esta ingeniosa estrategia, la flota romana bajo el mando de Cayo Duilio Nepote derrotó por primera vez a la cartaginesa en la batalla naval de Milas, al oeste de Messina. Fue la primera victoria “naval” romana y ocurrió en 260 ANE.

Pero Lilibeo continúa resistiendo y la flota cartaginesa aún es muy poderosa. Roma decide pues, imitar a Agatocles y atacar a Cartago en su propio territorio. En 256 ANE, Marco Atilio Régulo comanda una expedición a Cartago. En las cercanía de Ecnomo, encuentran a una flota cartaginesa y la derrotan nuevamente. Después, llegan sin tropiezos frente a los muros de Cartago.

La ciudad ofrece la paz, pero las condiciones romanas son tan humillantes que el pueblo cartaginés se niega a firmar el tratado. En esta situación, un espartano residente en Cartago, de nombre Jantipo, se ofrece a tomar el mando de las tropas cartaginesas, convenciendo al gobierno de la ciudad de que aún pueden derrotar a Roma.

En 255 ANE, Régulo, que había enviado tranquilamente parte de sus pertrechos y hombres a Sicilia, debe enfrentar un ataque de Jantipo que terminará en una aplastante derrota romana. El mismo Régulo es hecho prisionero.

El senado romano se moviliza de inmediato y envia una flota al encuentro de los cartagineses, pero tras derrotar nuevamente la flota enemiga, los barcos romanos son destruidos por una tormenta, producto de la falta de pericia naval de sus comandantes.

Cartago va al contragolpe y envía un ejército a Sicilia. Pero ya Jantipo no está con ellos (Había huído ante una amenaza de asesinato, por no querer pagarle Cartago lo que se le debía como comandante de sus tropas) y los cartagineses son derrotados en Panormo (La actual Palermo). Paralelo a esto, la flota cartaginesa es nuevamente derrotada por otra recién construida flota romana, pero ésta es nuevamente destruida por una tormenta durante su regreso a Roma.

Tanto Roma como Cartago están agotadas y la segunda envía una embajada a la primera, enviando al prisionero Régulo como garante en 250 ANE. Pero según la tradición, Régulo arenga al senado a continuar la guerra contra Cartago, explicando la situación que atraviesa la ciudad africana y regresa estoicamente a morir a manos de sus captores.

Una nueva flota, al mando de Publio Claudio Pulcro, parte de Roma rumbo a Cartago y es derrotada en Drépano. Se cuenta que Claudio Pulcro rechazó el mal augurio de los pollos sagrados, que no quisieron comer antes de la batalla y exclamó, arrojandolos al agua: “Si no quieren comer, que beban.”

En Cartago, mientras tanto, ha surgido un nuevo jefe militar: Amílcar Barca. En 248 ANE es nombrado comandante de las tropas cartaginesas y de inmediato inicia una política de hostigamiento contra Roma que llega hasta a asediar las costas itálicas y recuperar Panormo. Pero Roma, haciendo un esfuerzo sobrehumano, construye una nueva flota y ésta, bajo el mando de Cayo Lutacio Cátulo, destruye a la cartaginesa frente a las costas occidentales de Sicilia.

Presionado por esto, Amílcar hace la paz en 241 ANE y se retira de Sicilia. Tres años después, Roma, mostrando un desprecio propio de su carácter, arrebata Córcega y Cerdeña a Cartago, amenazando con declararle la guerra si protesta. La ciudad agotada, cede. Pero el odio a Roma continúa creciendo.

Mientras tanto, al norte, los galos estaba dando algunos problemillas (No te enfades, Elvira, es broma ;-)) En 225 ANE, lanzaron una nueva invasión que llegó hasta Clusium. Con algunos reveses, Roma finalmente prevaleció y los invasores fueron rechazados más allá de la Galia Cisalpina, región que en lo adelante quedó bajo el dominio de Roma. La ciudad eterna dominaba ahora todo el territorio de la actual republica italiana, Córcega y la isla de Corcira, arrebatada a los piratas ilirios.

Mientras tanto, Amílcar Barca había partido a la conquista de Hispania. Puesta las bases para un nuevo imperio cartaginés, murió combatiendo a tribus nativas en 228 ANE. Su yerno Asdrúbal, fue presionado por Roma a aceptar como límite el río Ebro y a respetar la ciudad griega de Sagunto, ubicada en la península.
Pero Asdrúbal fue asesinado en 221 ANE y le sucedió el joven hijo de Amílcar: Aníbal. Éste, educado por su padre a tales efectos, no respetaba lo más mínimo a Roma. En 219 ANE cruzó el Ebro y tomó a Sagunto, tras dos meses de sitio. Había comenzado la segunda guerra púnica y Roma estaba a punto de enfrentarse al peor enemigo de su historia: El gran Aníbal.

 

Continua en: Roma, La Eterna (VII)

 

 


 

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