ROMA, LA ETERNA (VII). Anibal.

Antes, Alejandro. Después César. Y en el medio, Aníbal. Ellos son los tres grandes generales de la edad antigua: Un macedonio, un cartaginés y un romano.

 

 

ROMA, LA ETERNA (VII). Anibal. Artículo enviado por Caesar.

 

Viene de: Roma, La Eterna (VI)

Alejandro en Isso

Alejandro conquistó Asia, llegando hasta la mismísima orilla del río Indo, doblegando al imperio persa, en manos de un monarca pusilánime y débil, tan querido por sus generales que fue asesinado por ellos. Recibido como salvador en Egipto, fue ordenado faraón por los sacerdotes nativos, que preferían un dominio griego mil veces a un dominio persa. Y era el ídolo de su ejército, que sólo en circunstancias extremas fue capaz de contradecirlo. Además de ser rey por derecho de Macedonia y por tanto, dueño y señor de su voluntad real.

César, por su parte, no teniendo rival que se le enfrentara (Pompeyo era otro suertudo que tuvo enfrente a alguien más capaz que él), hizo de las Galias territorio romano, pero tuvo el mérito discutible de derrotar a una sarta de tribus que constantemente peleaban entre sí y rara vez se ponían de acuerdo, con un poderoso ejército que obedecía a su voluntad y le seguiría hasta el fin del mundo (Apartando el genio militar indiscutible de César, esta es una verdad histórica. Y es que duélale a quien le duela, obviando a Vercingétorix y algunos pocos otros, el sentimiento nacional galo era poco menos que irrisorio.)

Pero Aníbal, ¡ah! ¡Aníbal!

En 219 ANE, Aníbal tomó Sagunto. Roma, que ya había advertido a Cartago algo como: “Caquita nené, eso no se toca”, se sintió herida en su amor propio de potencia y pidió explicaciones a Aníbal. Las burlas de éste y la negativa de Cartago a aceptar las exigencias romanas (¡así serían!) provocaron la ruptura de las hostilidades. Había comenzado la Segunda Guerra Púnica.

De inmediato Roma despachó dos ejércitos, uno hacia España, bajo el mando de Publio Cornelio Escipión (hijo de aquel otro Escipión que había luchado en Sicilia) y otro hacia Cartago, comandado por Tiberio Sempronio Longo. Pero este otro ejército no llegaría a las costas de África. Cuando Escipión llegó a España, Aníbal ya no estaba allá. Pero no estaba en Cartago, no. ¡Estaba en Italia!

En 218 ANE, con más de 90 mil hombres, Aníbal había cruzado el Ebro hacia el norte de la península ibérica, bordeado los Pirineos y a través del sur de la Galia, cruzó el Ródano antes de que Escipión pudiera darle alcance y se adentró en los Alpes.

En 5 meses, Aníbal se encontraba en la Galia Cisalpina, con unos 25 mil hombres. Había hecho lo que nadie se había atrevido a intentar jamás: ¡Había cruzado los Alpes! Y encima, llevaba hasta elefantes en su ejército. Cierto es que había perdido las dos terceras partes, pero quienes lo acompañaban, como a Alejandro, lo adoraban y estaba dispuestos a morir por él.

Anibal

A finales del 218 ANE, en la batalla del río Tesino, chocaron por primera vez los ejércitos romano y cartaginés. Fue un ligero enfrentamiento, pero mostró claramente la superioridad de las armas cartaginesas. Escipión tuvo que replegarse más allá del Po y esperar a Sempronio, que venía desde el sur de Italia matando caballos.

A orillas del río Trebia, afluente del Po, tuvo lugar el segundo enfrentamiento. Aníbal envió como señuelo parte de la caballería cartaginesa, que provocó al ejército romano y lo arrastró en una loca aventura a través del río. Las heladas aguas del río en pleno invierno calaron hasta los huesos romanos y cuando llegaron al otro lado, la infantería cartaginesa esperaba en posición de ataque y la caballería volvió grupas, esta vez completa y reforzada con los elefantes de Aníbal.

Las legiones romanas pelearon con valor, pero no pudieron evitar la derrota. A costa de grandes pérdidas, lograron retirar parte de su ejército de la Galia Cisalpina. Contentos por este repentino cambio de fortuna, los galos se aliaron a Aníbal.

En la primavera de 217 ANE, Roma envió al general Cayo Flaminio con un ejército mayor aún que el de Escipión y Sempronio juntos. El objetivo era aniquilar totalmente a Aníbal, que avanzaba peligrosamente al encuentro de Roma.

Pero Flaminio era un incapaz que, desesperado por derrotar a Aníbal, no tomó las precauciones necesarias. Aníbal llegó al lago Trasimeno y observó un estrecho corredor limitado a un lado por una colina y al otro por el lago. Convencido de que por ahí debían pasar los romanos, emboscó a sus hombres tras la colina y esperó tranquilamente que el ejército del Lacio llegara.

Lo que siguió fue desastroso. El enorme ejército romano, muy superior al cartaginés, fue masacrado en su totalidad. El mismo Flaminio murió en la batalla.

Los romanos, aterrorizados, declararon estado de guerra en la ciudad y nombraron a Quinto Fabio Máximo dictador. Máximo era un hombre inteligente y comprendió que enfrentar a Aníbal en una batalla campal equivaldría a ponerle en las manos la llave de la ciudad. Así pues, decidió llevar a cabo una estrategia similar a nuestra moderna guerra de guerrillas. El ejército cartaginés sería constantemente hostigado y los enfrentamientos directos serían evitados. Por su táctica, Fabio fue apodado “Cunctactor” (de un vocablo latino que significa “el que dilata”)

Pero los honorables romanos no compartían la certeza de Fabio sobre su táctica y consideraban una cobardía esa dilación constante de enfrentar una batalla. Por ello, Fabio fue depuesto como dictador y los cónsules electos en 216 ANE, Cayo Terencio Varrón y Lucio Emilio Paulo, partieron con un ejército romano de 86 mil hombres a enfrentar a Aníbal.

En Cannas, a unos 300 km al sudeste de Roma, se encontraron nuevamente ambos ejércitos. Aníbal contaba con 50 mil hombres, casi la mitad de los efectivos romanos. Alentado por esto, Varrón presentó batalla y el cartaginés la aceptó.

Aníbal había colocado a la infantería en el centro y la caballería dividida en los extremos. Mientras los extremos presentaban batalla a los costados romanos, los infantes cartagineses retrocedieron, sin romper las filas, hasta presentar una formación similar a una bolsa. Después, tras estar todo el ejército romano rodeado por dicha bolsa, la caballería cartaginesa, que ya había dado cuenta de los laterales latinos, atacó al ejército desde la retaguardia y cerró el círculo.

Los romanos, desesperados por romper las líneas cartaginesas, cayeron en la emboscada al aire libre mejor urdida de la historia. El ejército de 86 mil hombres fue literalmente ahogado por las tropas de Aníbal. El cónsul Paulo murió en la batalla y Varrón, temiendo enfrentarse a la ira del senado romano por su incapacidad, se suicidó.

Roma había enviado tres ejércitos al encuentro de Aníbal y los tres habían sido aniquilados. Parecía el fin de la potencia italiana. Algunos aliados del Lacio, entre ellos la ciudad de Capua y Sicilia, se pasaron al bando cartaginés. Pero los romanos, dando un increíble ejemplo de heroica obstinación, conformaron un nuevo ejército y, aprendida la lección, decidieron continuar con la táctica de Fabio: Hostigar a los cartagineses sin presentar batalla. Además, la historia habría de darle un general capaz de enfrentar a Aníbal en poco tiempo.

En Hispania, Publio Cornelio Escipión luchaba, verdad es que sin mucho éxito, por contener a Asdrúbal. En 212 ANE, el general romano murió en batalla y asumió el mando su hijo y tocayo. El nuevo Publio Cornelio Escipión ostentaba entre sus tempranas hazañas haber salvado la vida de su padre en la batalla de Tesino. Joven y temerario, sería el adalid salvador de Roma.

En el Mediterráneo, la flota romana se ocupaba de que Aníbal no recibiera refuerzos de Cartago, mientras el nuevo cónsul, Marco Claudio Marcelo, marchaba sobre Siracusa para castigar su deslealtad hacia Roma. En la toma de Siracusa, murió Arquímedes, el genial científico griego, quién había contribuido con sus inventos a retrasar la caída de la ciudad, asesinado por un soldado romano. Roma también tomó Agrigento, posesión cartaginesa en Sicilia y castigó terriblemente a la ciudad de Capua.

En Hispania, el joven Escipión tenía en jaque a Asdrúbal. Pero de alguna forma, el cartaginés, siguiendo los pasos de su hermano a una llamada desesperada de éste, escapó del cerco romano y cruzó los Alpes para unirse a Aníbal. Y aquí entró a jugar una de las grandes casualidades que cambian el curso de la historia:

Mientras un ejército romano rondaba a Anibal en el sur, en el norte otro vigilaba a Asdrúbal. El general al norte envió un mensajero a su hermano en el sur, donde fijaba un itinerario y un punto de reunión y por “cosas del destino” (Ñó, guión de culebrón), dicho mensaje fue a parar a manos romanas. El general romano al sur, juzgando necesario el abandono de la vigilancia sobre Aníbal, partió hacia el norte y se unió al otro ejército romano. A unos 200 kilometros al nordeste de Roma, a orillas del rio Metauro, el ejército de Asdrúbal fue derrotado por los ejércitos romanos. La cabeza del general cartaginés fue arrojada en el campamento de Aníbal.

La ruta de Anibal

Pese a aquella historia con visos de derrota, el genial Aníbal aún no se rendía. Estuvo casi 4 años más en Italia rondando la ciudad eterna intentando comprometer en una batalla al ejército romano. Pero el fantasma de Cannas rondaba Roma y no se decidían a presentar batalla.

No obstante, las cosas se presentaban favorables a Roma. En 206 ANE, un ejército bajo el mando de Escipión derrotó en Hipa, Hispania, a una coalición cartaginesa superior en hombres. El general romano mostraba su valía y Roma captó el mensaje. Además, Cartago perdió el imperio hispano conquistado por Amílcar Barca, lo cual le dejaba sin recursos militares, entiéndase soldados, armas y pertrechos.

Escipión concertó una secreta alianza con Masinisa, rey de Numidia, y eludiendo una vez más a Aníbal, partió hacia Cartago en 204 ANE. Con una serie de rápidas y aplastantes victorias, puso a Cartago al borde del colapso y la ciudad fenicia llamó a Aníbal. Corría el año 202 ANE.

En Zama, a 160 km al oeste de Cartago, los dos ejércitos al fin se encontraron. Aníbal seguía siendo un gran general, pero tenía enfrente esta vez a otro de los grandes. Además, Escipión mandaba un ejército romano que se lo jugaba todo, apoyado por la caballería númida, extremadamente perjudicial para sus enemigos, Aníbal, un ejército de mercenarios cartagineses e italianos, con un reducido número de veteranos, sobrevivientes de sus campañas italianas. Al fin, la maquinaria de guerra cartaginesa, agotada tras años de campaña, sucumbió al genio de un general romano. En Zama, Aníbal fue derrotado y el ejército de Trebia, Trasimeno y Cannas fue aniquilado totalmente. Cartago fue obligada a rendirse por el propio Anibal, firmando un tratado de paz poco menos que humillante en 201 ANE.

Roma no olvidó tan fácilmente a aquel que los había humillado y aterrorizado por años. En 196 ANE, una Cartago económicamente recuperada bajo la guía de Aníbal recibió un pedido romano: Entregar a Aníbal. El cartaginés, consciente de lo que podía esperar de sus compatriotas, escapó al imperio seleúcida de Antíoco III. Nunca más podría agredir directamente a Roma. La pesadilla cartaginesa había terminado.

Tras la segunda guerra púnica, Roma había ganado Hispania y Sicilia. Hispania fue dividida en Hispania Citerior (Interior) y Hispania Ulterior (Exterior). Estas posesiones romanas en Hispania sólo abarcaban la porción sur de la península ibérica.

Ahora Roma era más poderosa que nunca, dueña y señora de Italia, y con posesiones distantes, empezaba a oler a imperio desde lejos. Y no se detendría ahí.

Hacia el 200 ANE, Antíoco III “el Grande”, dominaba el imperio seleúcida, fragmentado y débil, sólo unido por el pulso de acero de su gobernante. Grecia estaba dividida entre la liga aquea y la liga etolia. Filipo V dominaba Macedonia, mientras el Egipto Tolemaico languidecía bajo Ptolomeo V, un niño de 11 años.

No había poder mediterráneo real y capaz de enfrentarse a Roma. Cartago, la reina de los mares, estaba vencida y Roma levantaba orgullosa su mirada hacia los reinos helenísticos del este. Y muy pronto, habría de extender algo más que la mirada.

 

Continua en: Roma, La Eterna (VIII)

 

 


 

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