ROMA, LA ETERNA (X). Sila y Pompeyo.

Corre el año 88 ANE. Las ciudades del grupo samnita que se han rebelado contra el poderío romano acaban de ser derrotadas por Lucio Cornelio Sila, el favorito del Senado.

 

 

ROMA, LA ETERNA (X). Sila y Pompeyo. Artículo enviado por Caesar.

 

Viene de: Roma, La Eterna (IX)

Mitrídates VI

A orillas del Mar Negro, llamado Ponto Euxinos por los griegos, se encontraba el reino del Ponto. Desde el 301 ANE, este reino era independiente y hacia el 100 ANE estaba siendo gobernado por Mitrídates VI, apodado por sus contemporáneos “El Grande”. ¿Qué lo hizo “Grande”? De inmediato lo sabremos.

Mientras Roma luchaba contra Yugurta, cimbrios y teutones y era sacudida por los conflictos sociales, Mitrídates se las arregló para conquistar grandes extensiones de tierra hacia el este. Los romanos, ocupados como estaban con sus problemas, no se preocuparon por eso. Pero en 90 ANE se apoderó de Bitinia (Último refugio de Aníbal y a la sazón aliada de Roma).

El Senado romano de inmediato ordenó a Mitrídates que se retirara de Bitinia y éste obedeció, asombrado. Pero después Roma alentó al rey de Bitinia para que invadiera el Ponto y la respuesta de Mitrídates no se hizo esperar.

Como un rayo, el rey del Ponto salió al frente de sus ejércitos, y en corto espacio de tiempo, sin apenas encontrar resistencia, se apoderó de toda el Asia Menor, incluida la provincia romana de Asia (Antiguo reino de Pérgamo). Una vez dueño de la región, ordenó la masacre de todos los ciudadanos romanos residentes en ella. Se dice, quizás con una elevada dosis de exageración, que 80 mil itálicos perdieron la vida en esta jornada.

Luego de esta inusual guerra relámpago, que los romanos no veían desde tiempos de Aníbal, cruzó el Bósforo y penetró en Grecia. Los ejércitos del Ponto invadieron los dominios romanos y encontraron el apoyo griego, hartos ya del yugo latino. La propia Atenas le abrió sus puertas a Mitrídates.

En Roma sucedía algo curioso. Dos generales estaban listos y eran capaces de dirigir las legiones contra el Ponto, pero ninguno de los dos deseaba abandonar Roma y dejar a su oponente al frente de la ciudad. Sin embargo, cuando el Senado maniobró para que Sila fuera nombrado general al mando de las legiones, Mario, con la ayuda del tribuno Publio Sulpicio Rufo, también logró ser nombrado general en jefe del ejército, con apoyo popular.

El equilibrio se rompió finalmente cuando Sila logró escapar de Roma y ponerse al frente de las legiones. Pero éste no marchó de inmediato para Asia Menor, en lugar de esto dio media vuelta y avanzó sobre Roma.

Era la primera vez en la historia que un general romano al frente de un ejército romano marchaba sobre la propia ciudad de Roma. Mario trató de organizar la resistencia, pero los ciudadanos romanos eran poco menos que incapaces de defender su propia ciudad y demasiado indolentes para hacerlo frente a uno de ellos, por muy ilegal que fuera lo que estaba haciendo.

Convencidos finalmente de esto, Mario y Sulpicio Rufo huyeron de la ciudad. Aunque éste último fue capturado y muerto, Mario logró escapar a las costas de África.

Lucio Cornelio Sila

Teniendo ya el control de Roma, Lucio Cornelio Sila marchó tranquilamente hacia Grecia. En el 86 ANE, puso sitio y tomó a Atenas, saqueándola. Después avanzó sobre el ejército de Mitrídates, derrotandolo en Queronea y Orcómenos. Pero el curso de los acontecimientos en Roma le obligó a hacer una paz de compromiso con el rey del Ponto en 84 ANE.

En la ciudad había quedado como cónsul Lucio Cornelio Cinna, del partido popular. Habiendo intentado este aprobar algunas propuestas del partido popular, fue expulsado de Roma por su colega Octavio, pero refugiado en Nola, en la Campania, hizo retornar a Cayo Mario de África y ambos avanzaron con sendos ejércitos sobre Roma. La defensa de la ciudad, en manos de Octavio y Pompeyo Estrabón, fue más bien pobre y los cuatro ejércitos populares (los otros dos eran comandados por Quinto Sertorio y Papirio Carbón) penetraron en Roma.

Mario y Cinna fueron elegidos cónsules, y siguió un período de terror en el que los principales partidarios del Senado que aún estaban en Roma fueron asesinados. Pero a los pocos días de aceptar el consulado, Mario falleció (tenía ya más de 70 años) y Cinna quedó como dueño absoluto de Roma.

Lucio Valerio Flaco fue enviado a Grecia para combatir a Mitrídates (No a Sila). Pero Flaco fue asesinado por su legado, Cayo Flavio Fimbria, el cuál logró algunas victorias sobre las tropas del Ponto. Más tarde, al enfrentarse directamente a Sila, sus tropas desertaron en masa y Fimbria se suicidó.

Culminada pues, la Primera Guerra Mitridática, Sila regresó a Italia. Desembarcó en Brindisi y allí se enfrentó a Papirio Carbón y a Mario “el joven”, hijo de Cayo Mario. Tras varias victorias, en la batalla de la Puerta Colina de Roma, Sila aplastó finalmente a sus enemigos y se convirtió en el amo indiscutible de Roma, resucitando incluso el título de “Dictador” usado por Cincinato. Era el año 81 ANE.

El terror se implantó en Roma. Las “purgas controladas”, como las llamaba Sila, que contribuyeron a enriquecer enormemente a sus partidarios, abrumaron a la ciudad. Se puso de moda la “proscripción”, herramienta “legal” mediante la cual se declaraba enemigo de la ciudad a cualquier ciudadano y se le despojaba de sus propiedades, tras condenarlo a muerte. Es muy significativo que casi ningún desposeído fue objeto de proscripción.

En otro orden de cosas, Sila fortaleció al Senado mediante varias leyes promulgadas que limitaban el poder de los jefes militares y perfeccionó el proceso penal, compilando un auténtico código jurídico. También limitó enormemente el poder de los tribunos.

En 79 ANE, Lucio Cornelio Sila se retiró de la vida pública, entregando su gobierno al Senado Romano. Un año después murió. Pero sus reformas, excepto las referentes al sistema jurídico, no habrían de sobrevivirle mucho tiempo.

En el 81 ANE, Sila había firmado una paz definitiva con Mitrídates y culminado una etapa que algunos exagerados llamaron Segunda Guerra Mitridática, cuando sólo fueron escaramuzas aisladas de parte de algunos generales romanos ansiosos de gloria y cuyo nombre ni siquiera la Historia ha recordado. Sila había dejado al mando en el Este a su subalterno Lucio Licinio Lúculo, quien se dedicó a organizar administrativamente la provincia de Asia.

En 74 ANE, Nicomedes IV de Bitinia testó a favor de Roma, imitando el ejemplo de Atalo III de Pérgamo. Mitrídates no podía ver como Bitinia era ocupada por Roma pacíficamente e invadió la región, pero Lúculo movilizó de inmediato las legiones y le derrotó en 73 ANE, obligándolo a retroceder hasta el Ponto y posteriormente a huir a Armenia. Tres años después, ante la negativa de Tigranes II el Grande, rey de Armenia y yerno de Mitrídates, de entregar al refugiado, Lúculo invadió el país y derrotó el ejército de Tigranes, tomando Tigranocerta, capital del Imperio Armenio.

Pero las legiones odiaban a su jefe y Lúculo no pudo aprovechar su triunfo. Con sus tropas insubordinadas debió replegarse al Oeste, permitiendo a Tigranes y a Mitrídates recuperar parte de sus dominios y después fue llamado a Roma, donde se dedicó a vivir lujosamente con todas las riquezas que habia acumulado en el Este.

Como substituto de Lúculo fue designado Cneo Pompeyo Magno, otrora general favorito de Sila. Este personaje, otro excelso protagonista de las guerras civiles romanas, excesivamente engrandecido por Sila como “Magno”, había luchado con éxito contra los partidarios de Mario en Sicilia y derrotado en Hispania a los Sertorianos, que dirigidos por Quinto Sertorio, el general seguidor de Mario, pretendian convertir la península ibérica en un estado independiente de Roma. En realidad, Sertorio fue asesinado, seguramente por magnicidas pagados por el oro de Pompeyo, pues de esa manera le facilitaba enormemente las cosas.

Mientras, en Italia sucedían hechos trascendentales. Un esclavo tracio, gladiador por más señas, se había rebelado contra su amo y en compañía de otros 70 gladiadores había subido al monte Vesubio.

La caída de Espartaco

El tracio, de nombre Espartaco, resultó ser un gran jefe militar y durante dos años, las legiones enviadas en su contra fueron derrotadas, aunque debemos señalar también la total incapacidad de los generales enviados contra él, cuya línea principal de comportamiento fue subestimar a los “esclavos”. Finalmente en el año 71 ANE, el Senado designó a Marco Licinio Craso. Este hombre, otro favorito de Sila, conocido por su excesiva ambición, al parecer era también un experimentado general. Esto, unido a las disensiones que surgieron en el seno de la rebelión, posibilitaron la derrota de Espartaco y su ejército de ahora hombres libres. El propio Espartaco debe haber muerto en la batalla, donde sus restos nunca fueron encontrados. Todos los esclavos sobrevivientes fueron ejecutados.

Pompeyo, que regresaba de España, tomó parte en la contienda derrotando a unos 5 mil esclavos que huían al Norte. Luego se unió a Craso y entraron triunfantes en Roma. Pero el Senado, haciendo alarde de una ceguera política total, le negó a los salvadores de turno de Roma el homenaje debido. Percibido esto por ambos generales, se postularon para cónsules y en 70 ANE fueron electos. De inmediato, como represalia, debilitaron al Senado y volvieron a fortalecer el poder de los tribunos. Irónicamente, las medidas tomadas por Sila para el fortalecimiento del Senado fueron desechadas por sus dos favoritos: Pompeyo y Craso.

Los cónsules también reformaron el sistema judicial romano, cuya corrupción había llegado a límites inimaginables, contando para ello con un honesto ciudadano romano: Marco Tulio Cicerón.

Cicerón, cuya reputación de gran orador ha llegado hasta nuestro tiempos, era un hombre honesto y cabal, convencido de que la república debía ser saneada. El sonado juicio contra Cayo Verres, hombre inescrupuloso y cruel, gobernador de Sicilia, contribuyó a darle aún más fama con el pueblo romano, convirtiéndose en un abogado muy cotizado. Pero este juicio también desprestigió al Senado, que apoyaba al señor gobernador.

Así pues, Pompeyo era el ídolo del pueblo romano, el Senado estaba debilitado y el oro de Craso mantenía las cosas en Roma tal como estaban. Era hora de dedicarse a otras cosas.

En 67 ANE, Pompeyo partió rumbo a Cilicia, con órdenes de limpiar el Mediterráneo de piratas. Estos aterrorizaban a los pacíficos comerciantes romanos. No habían pasado tres meses y el triunfante general romano regresó, tras cumplir su cometido. ¿Acaso había alguien más apto para sustituir a Lúculo frente a Mitrídates?

Armenia

Así pues, Pompeyo partió a Asia y destruyó fácilmente al ejército del Ponto, que ya estaba debilitado por las victorias de Lúculo. Mitrídates intentó refugiarse en Armenia nuevamente, pero Tigranes le rechazó y aceptó la promesa de Pompeyo de mantenerle en el trono si aceptaba la dominación romana. Luego avanzó sobre Antioquia, triste remanente del otrora poderoso imperio seleucida y derrocó a Antíoco XIII. El reino del Ponto y la región de Antioquia conformaron las provincias romanas del Ponto y Siria respectivamente. También Cilicia se convirtió en provincia romana en 64 ANE. En 63 ANE, Mitrídates, exiliado en las regiones bárbaras al norte del Mar Negro, se suicidó, terminando así con una guerra que ya era del todo inútil.

Ese mismo año, Pompeyo penetró en Judea y tomó Jerusalén, acabando con la dinastía de los Macabeos y poniendo la región bajo control romano. Allí penetró en el sagrado recinto del templo de Jerusalén, violando las sacrosantas leyes judías.

Tras todos estos éxitos, regresó a Roma, que le ofreció una bienvenida como nunca se le había otorgado a romano alguno. Pompeyo, lejos de imitar a Sila, disolvió su ejército y pasó a ser un ciudadano más de Roma.

Aunque no podemos negar que Pompeyo tuvo sus éxitos militares, no es considerado un militar a la altura de Mario, de Sertorio o hasta del mismo Sila, su protector. Los acontecimientos posteriores demuestran que la carrera militar de Pompeyo no fue más que una sucesión de golpes de suerte apoyados por la organización militar de las legiones romanas. Las religiones del grupo judeo-cristiano achacan sus derrotas posteriores a la violación del templo de Jerusalén, cuando Pompeyo arribó a Judea. Yo me reservo mi opinión al respecto y pienso simplemente que Pompeyo navegó con suerte mientras no se enfrentó a un verdadero general secundado por un verdadero ejército. O como en los casos de Lúculo en Asia, Craso en Italia y el asesinato de Sertorio, mientras tuvo quien hiciera el trabajo sucio antes de su llegada.

 

Continua en: Roma, La Eterna (XI)

 

 


 

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