ROMA, LA ETERNA (XI). Los triunviros.

Al marcharse para Asia, Pompeyo había dejado en Roma al frente del Partido Popular a Marco Licinio Craso, vencedor de Espartaco y a la sazón el hombre más rico de Roma. Este, con la ayuda del joven aristócrata Cayo Julio César, manejaba a su antojo la sociedad romana.

 

 

ROMA, LA ETERNA (XI). Los triunviros. Artículo enviado por Caesar.

 

Viene de: Roma, La Eterna (X)

¿Quién era este Cayo Julio César?

Julio Cesar

Perteneciente a una de las familias patricias más antiguas de la ciudad, César, paradójicamente, estaba del lado del bando popular. Y es que era sobrino de la mujer de Cayo Mario y esposo de la hija de Lucio Cornelio Cinna.

En medio del terror impuesto por la dictadura de Sila, éste ordenó a César que se divorciara de la hija de su enemigo. El joven, arriesgando su vida, rechazó imperiosamente el pedido del tirano y debió abandonar Roma, perdiendo propiedades y posición en la ciudad, mientras luchaba en Asia Menor durante las Guerras Mitridáticas. Sila, persuadido de perdonarle la vida por su aristocrática familia, aceptó con renuencia, pero no sin antes incluir una profética frase: “En este joven viven muchos Marios”.

De él se cuenta que en cierta ocasión fue secuestrado por unos piratas, a los que divirtió con su verbo y su ingenio. Habiéndole preguntado los piratas que haría cuando fuera libre, César les respondió tranquilamente que los haría ejecutar a todos. Apenas fue libre, cumplió su promesa personalmente.

Su tía falleció en el año 68 ANE. César, audazmente, hizo desfilar con el cortejo fúnebre un busto de Mario. La popularidad del difunto general nació nuevamente en el pueblo en la persona de este aristócrata divertido, que se complacía en gastar a manos llenas su fortuna. Tan a manos llenas que pronto no tuvo nada que malgastar.

Pero este personaje tenía otro don que no hemos mencionado: Era un gran orador. De hecho, sólo era aventajado en esto por Marco Tulio Cicerón, teniendo a su favor audacia en grandes cantidades, cosa de la que realmente este otro gran orador adolecía.

Esta característica, muy apreciada en el Foro Romano, fue aprovechada por Craso. Éste, como ya habíamos comentado antes, era el hombre más rico de Roma, pero no tenía dotes de orador. El botarate y popular aristócrata necesitaba dinero, el rico y poderoso Craso necesitaba de su habilidad política en el senado. Era una alianza perfecta.

En estas condiciones llegó el año 63 ANE, el año de la conspiración de Catilina.

Lucio Sergio Catilina era un aristócrata arruinado, de las más nobles familias romanas. Históricamente se le acusa de muchos crímenes, y se dice que su carácter, vil, bajo y ruin, capaz de las mayores atrocidades, tronchó su carrera política. Claro que la mayoría de los juicios sobre su persona parten de las obras de Cicerón y otros enemigos, por lo que no debemos darle absoluto crédito.
Tras intentar sin resultados satisfactorios acceder al cargo de cónsul, Catilina ideó una conspiración para adueñarse del poder en Roma, asesinando a los cónsules y ordenando el saqueo de Roma, de ser necesario. Aunque Craso apoyó a Catilina en un principio, dudo mucho que (según dicen los conservadores de la época) haya apoyado esta conspiración. No era su estilo. Tampoco el de César, dicho sea de paso.

¿Recuerdan a Catón el censor, el viejo enemigo de Cartago? Pues su biznieto, Marco Porcio Catón “el joven”, senador por más señas, era uno de los principales enemigos de Catilina. Ejemplo de rectitud y honestidad a toda prueba, Catón sería admirado por la firmeza de sus principios en las generaciones venideras.

Contra Catilina también estaba Cicerón, quien en el propio año 63 ANE fue elegido cónsul. Actuando de inmediato, Cicerón acusó a Catilina públicamente de traición y por primera vez obró enérgicamente preparando la ciudad contra una posible amenaza militar. Esa noche, Catilina escapó para ponerse al frente de un ejército, declarándose de esta forma enemigo de Roma.

En la urbe, 5 conspiradores tramaban una sublevación. Cicerón los descubrió y con la ayuda de Catón, pese a las enérgicas protestas de César, los apresó y ejecutó de inmediato, sin juicio previo.

Un ejército romano partió de inmediato al encuentro de Catilina, derrotándolo en las cercanías de Pistoria (la actual Pistoia). El traidor se suicidó. Corría el año 62 ANE.

César, a raíz de la ejecución de los conspiradores, partió rumbo a Hispania, donde cosechó algunas victorias sobre las tribus locales. Pompeyo regresaba a Roma y la conspiración había amenazado su estabilidad en la ciudad, era mejor estar lejos.

Pero el senado demostró no haber aprendido nada. Tras disolver su ejército, el senado vapuleó sin piedad todos y cada uno de los actos de Pompeyo, humilló y enojó al viejo general, quien decidió mantenerse apartado, sintiendo, al igual que Mario años atrás, un rencor invencible contra los patricios romanos. Enterado de esto, César volvió a Roma.

Pompeyo

Pompeyo tenía la gloria militar necesaria, Craso el dinero y él la oratoria, la facilidad de palabra, la capacidad política de que adolecían los otros dos. Era pues necesaria una unión de estos tres elementos y César lo comprendió así. Así pues, obró para acercar a Pompeyo y Craso, cosa que finalmente logró. Así surgió el primer triunvirato.

En el 59 ANE, César fue elegido cónsul. De inmediato se las arregló para alejar del gobierno a su colega, logrando gobernar sólo. Aprobó las peticiones de Pompeyo, mostrándose fiel a los Triunviros y alejó inteligentemente a Cicerón y a Catón, únicos hombres del Senado que podían hacerle sombra. Así pues, se sintió prácticamente, durante ese año, como único señor de Roma.

Pero César deseaba más, más riquezas, como Craso, más gloria militar, como Pompeyo. En fin, más gobernar sólo, sin necesitar de otros que suplieran lo que él no tenía. Al terminar su mandato, partió rumbo a las Galias, con un período asignado de 5 años como gobernador. Pero antes casó a su hija Julia con Pompeyo, para asegurarse su lealtad.

Al llegar a las Galias, César comenzó de inmediato una política agresiva, derrotando a los helvecios en las cercanías de la actual Autun, en 58 ANE. Luego, en 57 ANE, derrotó a Ariovisto, líder germano que había ocupado parte de las Galias, obligándolo a retirarse más allá del Rin. Le siguieron las tribus de la actual Bretaña en 56 ANE, aplastó una nueva invasión germánica en 55 ANE y ese mismo año cruzó el canal de la Mancha, haciendo una breve demostración del poderío romano.

En Roma, en 55 ANE fueron electos cónsules Pompeyo y Craso. Los dos triunviros se las arreglaron para hacer aprobar a César por 5 años más en su magistratura en las Galias. De inmediato el general romano volvió a cruzar el Canal de la Mancha y esta vez derrotó a Casivelauno, líder de las tribus nativas, obligándole a pagar tributo a Roma. Luego retornó al continente, donde 3 años después le esperaba la verdadera prueba de fuego de las Galias.

En el año 52 ANE, el líder celta Vercingétorix aunó voluntades y fundió intereses, levantando todo un compendio de tribus galas contra el poderío romano. César pasó dos duros años en las Galias, intentando derrotar al caudillo galo, que no presentaba batalla campal a los romanos, ya que estaba consciente de la superioridad latina en terreno abierto. En su lugar se dedicó a la guerra de guerrillas, golpeando siempre donde más débil era el enemigo y retirándose después convenientemente, a través de las cenizas de los pueblos que dejaba atrás, para evitar el avituallamiento de las legiones romanas.

Pero Vercingétorix falló al no arrasar la ciudad de Avaricum (Actual Bourges), debido a que sus habitantes se negaron a obedecer al caudillo galo. Éste tuvo que retirarse, dejando a Avaricum atrás, imponente en su imbécil orgullo, con sus altas murallas que no van a ser capaces de resistir el empuje de la ingeniería romana y del aún más poderoso ingenio de César.

Así pues, Avaricum cae, el ejército romano se aprovisiona y César, envalentonado por la victoria, persigue a Vercingétorix hasta Gergovia. Pero en el trayecto ha perdido 4 legiones, que manda con su comandante Labieno a Lutecia (actual París). Además, Vercingétorix se refugia en la ciudad, que es casi inexpugnable, dispuesto a resistir y César, a regañadientes, se retira dejando 700 muertos sobre el campo de sitio.

Por tonto que parezca, este hecho firmó el fin de Vercingétorix y la causa celta. Las tribus galas que no habían hecho causa común con el rey, envalentonadas por la frágil victoria, se unieron a él. Pero los jefes tribales empezaron a exigir a su líder un enfrentamiento directo con los romanos.

En Bibracte, un enérgico Julio César al frente de todas sus legiones (Labieno ya había regresado victorioso de Lutecia) derrota a Vercingétorix en el campo de batalla. El líder celta, con los maltrechos restos de su ejército, se retira a Alesia, otra ciudad inexpugnable. O casi.

De inmediato César ordena un sitio de la ciudad en toda regla y él mismo trabajo en las labores necesarias. El episodio de la rendición de Alesia es dramático, los romanos prácticamente tienen que luchar en dos frentes, pero resultan vencedores y finalmente, a finales del 50 ANE, Vercingétorix se rinde ante César. Las Galias están en paz. Y son romanas.

Y hablando de romanas, ¿Qué pasaba mientras tanto en Roma?

Craso

Pues en Roma, Julia, la hija de César, moría en 54 ANE, rompiendo el lazo que existía entre su padre y Pompeyo.

Un año después, en 53 ANE, Craso partía rumbo a Siria, destino que él mismo se había asignado. Al margen de la victoria sobre la sublevación de esclavos, él era en esos momentos el triunviro sin gloria militar. Pero se equivocó al intentar aplicar la misma estrategia que usó contra los esclavos, contra el experimentado ejército parto y fue derrotado en la batalla de Carrhae (actual Harran, en Turquía). Arrestado traicioneramente mientras intentaba negociar una tregua, fue ejecutado junto a su “delegación de paz” por el gobierno parto. Una de sus legiones derrotadas en Carrhae puede ser la famosa legión perdida que supuestamente se estableció en China y tanto ha dado que hablar últimamente.

Así pues, Pompeyo estaba sólo en Roma. Y cada vez más receloso de las victorias de César.

En 52 ANE, el Senado, que llevaba ya años intentando arreglar su error y congraciarse con Pompeyo, lo designó único cónsul, con poderes dictatoriales. Era un claro reto a Cayo Julio César.

Éste, que no deseaba tener a Pompeyo de enemigo (al menos aún no), intentó la misma jugada de antes, esta vez proponiendo a su sobrina Octavia como esposa para su “amigo” Pompeyo. Pero el cónsul rechazó la propuesta y se casó con la hija de uno de los líderes conservadores del Senado. La provocación era clara y terminante, pero no se detendría ahí.

A inicios del 49 ANE, el senado aprobó un decreto que dictaba que César debía disolver su ejército y entrar a Roma como un ciudadano común o sería declarado proscrito. César sabía lo que le esperaba si obedecía al Senado. Pero el imperator de las Galias no sería tan fácil de vencer. Utilizando una fútil excusa, Marco Antonio, partidario de César y a la sazón tribuno de Roma escapó de la ciudad junto a su colega, yendo al encuentro del proscrito para pedirle protección contra el senado. La sagrada vida de los tribunos peligraba y César se vio “obligado a actuar” según la ley romana.

Así pues, marchó sobre Roma, como Sila años atrás. Frente al Rubicón, límite simbólico de la frontera de la ciudad eterna, César pronunció sus célebres palabras: “Alea jacta est” (La suerte está echada), significando con esto que le esperaba en Roma la gloria o la muerte, pero no habría marcha atrás. Pompeyo, que hasta el momento se había jactado de que César no se atrevería a enfrentarse a él, tuvo que huir rápidamente de la ciudad, acompañado por la mayoría de los senadores y con la parte del ejército que le era fiel (la otra parte había ido de inmediato al encuentro del vencedor de las Galias, uniéndose a él), cruzó rumbo a Grecia, donde esperaba hacerse fuerte y regresar a tomar su “merecida” victoria.

De los triunviros, los tres hombres más poderosos de Roma, uno había muerto y el otro ya no tenía poder en la ciudad. Sólo quedaba uno: Cayo Julio César.


Continua en: Roma, La Eterna (XII)

 

 


 

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