Viene de: Roma, La Eterna (XI)
En Julio del 48 ANE, César parte rumbo a Grecia. En Dyrrachium, (actual Durrës, en Albania), su ejército de 22 mil hombres se enfrenta a un ejército pompeyano de 45 mil. Derrotado, ejecuta una maniobra de retirada que aparentemente hace creer a Pompeyo que es una trampa, por lo que éste no le sigue y no concreta la victoria. Con la mayor parte de su ejército intacto, César se retira tranquilamente, siendo perseguido por Pompeyo hasta Farsalia, en Tesalia, Grecia.
Allí, César se reúne con efectivos fieles, lo cual aumenta su ejército a unos 32 mil hombres (30 mil infantes y 2 mil jinetes). Pompeyo, por su parte, cuenta en estos momentos con 43 mil hombres, de ellos 40 mil infantes y 3 mil jinetes. En Agosto del 48 ANE, ambos ejércitos se enfrentan nuevamente en Farsalia. Pompeyo, envalentonado y contando con el apoyo del comandante Labieno, jefe de la caballería y antiguo subalterno de César, plantea batalla abierta a su adversario.
La batalla comenzó con un ataque directo de la caballería pompeyana, que rodeó el flanco derecho del ejército de César, atacando a su caballería. César había dispuesto una línea oblicua de 6 cohortes (cuerpos de infantería compuestos por unos 480 hombres), tras la infantería. Cuando la caballería se retiró, ante el empuje de su homóloga pompeyana, las cohortes atacaron a ésta por el flanco, apuntando, por órdenes de César, las lanzas a las caras de los jinetes de Pompeyo, lo cual aterrorizó a los jóvenes aristócratas romanos. En la confusión reinante, la caballería en retirada aparente vuelve sobre sus pasos y hostiga a los jinetes enemigos que, no necesitando más causas para ello, se retiran desordenadamente.
Seguidamente, la caballería y las cohortes refuerzan el centro de las legiones cesarianas, cuyas curtidas tropas estaban dando ya suficiente quehacer a los bisoños pompeyanos. Ante tan inesperado refuerzo, las tropas pompeyanas se desbandan. Pompeyo, viéndose perdido, huye apresuradamente del campo de batalla. César ha ganado una victoria impredecible.
Sus enemigos huyen o se entregan. Marco Tulio Cicerón y Marco Junio Bruto están entre los segundos. Pompeyo huye a Egipto, mientras Quinto Metelo Escipión (su suegro) y Marco Porcio Catón lo hacen al norte de Africa.
En Egipto, Ptolomeo XII Auletes (el flautista, parece que el muy incapaz sólo tocaba la flauta), era un rey mediocre que debía su trono a Pompeyo, pero para la época por la que andamos ya había muerto hacía unos 3 años. No obstante, Pompeyo, que había sido protector de sus hijos, ya que el difunto rey lo había designado su heredero bajo la proteccion de Roma, contaba con obtener segur refugio en Egipto. Pero ahí es donde se enreda la pita.
El joven faraón, de 13 años, compartía el gobierno de Egipto con su hermana Cleopatra VII, quien, mucho más capaz que el joven adolescente, había sido desplazada del trono por Potino, eunuco especie de primer ministro que manipulaba al faraón a su antojo. Cleopatra, enojada por supuesto por esta violación de sus derechos reales (¿O debo decir de sus reales derechos?) huyó de Alejandría y se dispuso a reunir un ejército.
En estas condiciones, Pompeyo apareció en las costas de Alejandría. Potino se hallaba en un gran dilema: Si dejaba desembarcar a Pompeyo y César resultaba vencedor, éste después se vengaría de Egipto. Si por el contrario le negaba asilo al huido y éste vencía después a César, podría suceder lo mismo. Decidió pues lo que le pareció más lógico, asesinar a Cneo Pompeyo Magno, cosa que ejecutó apenas éste desembarcó confiado. Así pues, agradaba a César y se aseguraba el favor de Roma, bajo su poder.
Pero César reaccionó indignado ante el asesinato de su antiguo amigo y yerno, del viejo general, del antiguo cónsul romano. Potino presentó cuantas excusas se le ocurrieron, pero la predisposición de César al respecto y la aparición en escena de la joven, hermosa y hábil Cleopatra decidieron al cónsul romano en su contra.
Potino entonces levantó Alejandría en contra de César, quien, habiendo llevado sólo unos 4 mil hombres a Egipto, contó con estos efectivos y con su valor personal y habilidades, hasta que recibió refuerzos de Roma y derrotó totalmente a los egipcios. El joven faraón murió ahogado mientras huía. Potino había sido capturado y ejecutado casi al comienzo de la sublevación. Cleopatra era pues, con la debida anuencia de Roma, la nueva faraona de Egipto.
César ya podía regresar al Lacio, y de hecho lo hizo, ajustando cuentas de paso en el camino con Farnaces, rey del Ponto e hijo de aquel Mitrídates que tanto quehacer le había dado a la ciudad eterna. Farnaces había aprovechado la guerra civil para hacer algunas expropiaciones indebidas (Sólo eran apropiadas las que Roma hacía). Luego regresó a Roma, donde practicó una política de indulgencia que le ganó la buena voluntad del propio Cicerón, uno de los que perdonó en este período.
Sin embargo, las cosas aún no estaban bien. En Útica, a pocas millas de las ruinas de Cartago, un ejército de unas 10 legiones militaba bajo las órdenes de Catón. Éste se había aliado con el rey Juba de Numidia, contaba con la asistencia de Quinto Metelo Escipión y Cneo Pompeyo, el hijo mayor de Pompeyo, contaba con una flota. Pero la desunión en el seno de las fuerzas conservadoras los volvería a perder. Mientras César se enfrentaba a Potino en Alejandría, estas tropas hubieran podido perfectamente invadir Italia. Pero cada general quería buscar su gloria personal y eso era imposible de conciliar entre todos.
Así pues, para el 46 ANE, cuando César partió rumbo a Africa, los conservadores aún estaban allí. En Febrero de ese año, en la ciudad de Tapso, se enfrentaron ambos ejércitos. Quinto Metelo Escipión contaba con unos 60 elefantes, cedidos al ejército por Juba de Numidia. Pero los arqueros de César atacaron sin piedad a los elefantes, que rompieron filas y crearon el pánico en su retirada en las huestes africanas. La caballería de César, superior en número, hizo huir a la caballería númida. Lo que siguió fue una masacre total.
Algunos historiadores plantean que los bisoños soldados que César había traído de Italia se sintieron tan impulsados en su frenesí, que arrollaron con todo sin escuchar las órdenes de sus comandantes. Otros plantean, en defensa del gran estratega romano, que en honor a la verdad, siempre había obrado con indulgencia cuando de romanos se trataba, que sufría un ataque de epilepsia durante el desarrollo de la batalla (César era epiléptico, según fuentes antiguas, desde la campaña de Egipto). Lo cierto es que las tropas cesarianas arrollaron prácticamente al ejército pompeyano, masacrando sin piedad en su loca carrera a unos 10 mil soldados enemigos que ya estaban derrotados y pedían rendirse ante el imperator de las Galias.
Tras la derrota, Catón se suicidó y Metelo Escipión se hizo asesinar por un soldado. Labieno y Los hermanos Pompeyo huyeron a Hispania. Juba también se suicidó y el reino de Numidia fue anexado a Mauritania, pequeño reino norteafricano que se había mantenido leal a César.
El triunfante dictador regresó a Roma, donde le fue extendido su mandato por espacio de unos 10 años, a la vez que celebraba todos sus recientes triunfos. Luego marchó a Hispania, donde arribó a Munda, en las cercanías de la actual Osuna. Allí le esperaba un ejército de unos 70 mil hombres, frente a 40 mil que llevaba.
El principio de la batalla transcurrió en un equilibrio tal, que los jefes se pusieron a su frente para poder arengar a sus tropas e incitarlos a vencer. César se puso al frente de la veterana décima legión, que coronaba el ala derecha. CneoPompeyo desplazó de inmediato parte de los efectivos en su ala derecha al flanco izquierdo, cayendo tontamente en la trampa del dictador.
A Octavio, sobrino de César, le había sido encomendado el mando de la caballería que esperaba pacientemente en el ala izquierda por esta maniobra-respuesta de Pompeyo. De inmediato la caballería romana atacó el flanco derecho pompeyano, que debilitado, cedió. Al mismo tiempo, efectivos del rey de Mauritania, aliados de César, atacaron el campamento pompeyano por la retaguardia.
Tito Labieno, el antiguo lugarteniente de César en las Galias y hoy comandante de la caballería pompeyana, se dio cuenta de la maniobra y se replegó al campamento para ripostar al ataque, pero esto fue malinterpretado por los legionarios pompeyanos, que pensaron que se retiraba, cayendo en un pánico total que selló el resultado de la batalla. Los legionarios pompeyanos rompieron filas y huyeron desordenamente. El último reducto de Pompeyo había caído. Sus hijos huyeron del campo de batalla, mientras Labieno caía defendiendo el campamento. Posteriormente serían capturados y ejecutados.
El flamante dictador regresó a Roma, donde el 45 ANE fue nombrado dictador vitalicio. Había estado sólo unos 8 meses presente en Roma durante todas sus victoriosas campañas, pero durante ese tiempo se las había arreglado para promulgar diversas reformas. Había aumentado los puestos del senado, dando cabida a senadores de las provincias romanas, lo cual debilitaba al partido conservador, es cierto, pero fortalecía el poder romano en las provincias. De igual modo, haciendo suyo este proyecto de los Graco, extendió la ciudadanía romana a la Galia Cisalpina, y a algunas ciudades de la propia Galia y de Hispania. Ordenó la reconstrucción de Cartago y Corinto y la confección de un nuevo calendario para reestructurar la organización de los años en meses. Alguna vez se han preguntado porque Septiembre (Séptimo), Octubre (Octavo), Noviembre (Noveno) y Diciembre (Décimo) para los meses 9, 10, 11, 12? Pues sencillamente porque los años romanos empezaban el 1ro de Marzo. Fue César quien, al reestructurar el calendario romano, hizo que los años comenzaran el 1ro de Enero, aunque mantuvieron sus nombres originales. Posterior a su muerte, el Mes Quintilis se convirtió en Julio, en honor a su nombre.
En Febrero del 44 ANE (hace tiempo no hacíamos esto, pero para que sirva más o menos como guía, hablamos del 709 AUC) durante una celebración, Marco Antonio ofreció a César una diadema, símbolo oriental de la monarquía. Tras un tenso silencio, César rechazó la diadema y el pueblo aplaudió enloquecido. Pero los senadores y en general la aristocracia romana no aplaudieron y tendían cada vez más a la oposición violenta.
Hemos visto a través de la historia de Roma como comenzaron con una monarquía, como Tarquino el Soberbio fue derrocado y se instauró la República. Desde entonces Roma, poderosa y soberbia, tanto como el mencionado Tarquino, había triunfado sobre todos sus enemigos. César era dictador vitalicio, sólo le faltaba ser rey. Pero la monarquía significaba el fin de la República.
Un republicano de hoy también hubiera asesinado a César, pero, centrémonos en la época y las circunstancias. Roma era una república, sí. Más bien era el baño profanado de los senadores de la república, la virgen constantemente violada de los generales triunfantes de turno. Quizás César no fuera el hombre idóneo para ser rey de Roma, como quizás no lo era Octavio tiempo después (quizás nadie lo fuera), pero eran gobernantes capaces y estaba claro que la República Romana como ideal ya no existía.
Durante una revuelta de sus soldados, César los había licenciado llamándolos ciudadanos. Aquello fue una enorme ofensa para los legionarios, marcando sensiblemente la fétida sensación que la palabra “ciudadano”, otrora gloriosa, había provocado en los soldados. ¿Qué otra muestra más evidente de la decadencia de la República Romana? Cabe advertir que si no César, otro lo hubiera hecho después. La república tenía sus días contados.
Pero algunos opositores indudablemente no pensaban como nosotros y entre ellos se encontraban Cayo Casio Longinos y Marco Junio Bruto, hijo adoptivo este último de César, quien le perdonó la vida tras Farsalia y descendiente de aquel Bruto que derrocó a Tarquino el Soberbio.
Los conspiradores llegaron a su climax el 15 de Marzo del 44 ANE, durante la celebración de los idus de Marzo. César fue invitado al Senado, para hablar en nombre del pueblo de Roma. De alguna manera, Marco Antonio fue detenido en el camino y pese a la leyenda que cuenta de multitud de advertencias, llegando incluso a referir que el cadáver tenía un papel en la mano que nunca llegó a leer y donde se le ponía al tanto de la conspiración fraguada para asesinarlo, César recibió en el recinto senatorial 23 puñaladas. Se cuenta que se defendió hasta que descubrió entre los asesinos a Bruto, quien le asestó la puñalada mortal. También se dice que le dijo, como un reproche: “¡Tú también, hijo mío!”
El dictador, el gran general, el genial estratega, el Imperator de las Galias yace pues, muerto, irónicamente a los pies de la estatua de Cneo Pompeyo Magno. Pero quienes le asesinaron para “salvar la república”, la han asesinado con él.
Continua en: Roma, La Eterna (XIII)
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