ROMA, LA ETERNA (XIII). El fin de la república.

Así pues, nos encontramos en el año 44 ANE. Han pasado 709 años de historia romana y 12 artículos desde que comencé a escribir esta serie de ellos y Roma ha avanzado hasta convertirse en el imperio más grande del mundo (sin emperador aún, pero no por mucho tiempo).

 

 

ROMA, LA ETERNA (XIII). El fin de la república. Artículo enviado por Caesar.

 

Viene de: Roma, La Eterna (XII)

Marco Bruto

La república está herida de muerte. El asesinato de César, lejos de beneficiar al régimen imperante, le ha despedazado. Marco Junio Bruto ha logrado con su puñal lo que su víctima aún no había logrado con su genio. La anarquía se cierne sobre la ciudad eterna, donde disputan este 15 de Marzo en silencio los partidarios de César, liderados por Marco Antonio y el partido senatorial, dirigidos por Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino.

En medio del caos general, Marco Antonio huye de Roma, temiendo que los conspiradores ordenen una masacre general de los partidarios de César. Pero el senado sabe que no puede llegar hasta esos términos sin esperar una sublevación popular y decide dejar las cosas así. Entretanto, Marco Antonio contacta con Marco Emilio Lépido, general leal a César que aguardaba con su legión. La legión de Lépido marcha a Roma, donde Antonio se siente mucho más seguro con su apoyo. El 17 de Marzo, el senado concede una amnistía para todos los conjurados, a la vez que aprueba un funeral para el dictador asesinado.

En contra de la opinión de Bruto y otros conspiradores, el funeral de César tiene lugar el 20 de Marzo y es, en efecto, la mecha del polvorín para los conspiradores. Tras leer el testamento del difunto general y amigo, documento en el cual se hacía cesión al pueblo de inclusive propiedades de César, Antonio interpretó un drama que hoy sería merecedor de un Óscar y que conmovió profundamente a los ciudadanos romanos, hasta tal punto que la situación cambió totalmente.

El pueblo romano clamó venganza contra los conspiradores y aquellos en la multitud que eran enemigos de César tuvieron que ponerse a salvo para no ser arrastrados por las calles. De inmediato Antonio se aseguró de consolidar su posición como sucesor de César, obteniendo los documentos personales y la custodia de los bienes de César de manos de su esposa, en un gesto de reconocimiento por su lealtad al dictador, aún muerto.

Pero las cosas no iban del todo bien. César había declarado como sucesor a su sobrino nieto, Octavio, quien en cuanto conoció el hecho adoptó el nombre de Cayo Julio César Octaviano. Parte de las tropas del dictador, cuyo nombre causaba aún ese extraño hechizo en ellas, se pasaron de inmediato al partido del joven César.

Octavio era de constitución débil y enfermiza, pero tan buen político como su tío y el tiempo iba a demostrar eso con creces. De momento, Antonio tenía el poder y la supremacía, pero necesitaba un triunfo militar para reafirmar su liderazgo y ahí estaban los conspiradores, aposentados en provincias romanas, el blanco perfecto para un militar ávido de gloria.

Marco Antonio

Décimo Bruto estaba en la Galia Cisalpina. Marco Antonio, con la “sutil” ayuda de las legiones, convenció al Senado de que le entregara el gobierno de dicha región y marchó contra este Bruto (a quien no debemos confundir con Marco Junio Bruto, hijo adoptivo de César y líder natural de los conspiradores) en octubre del 44 ANE.

Pero en Roma quedaba Octavio, quien se las había arreglado para ponerse a bien con el Senado, principalmente con Marco Tulio Cicerón, que era enemigo declarado de Marco Antonio. Una vez éste fuera de Roma, fue declarado enemigo público y se mandó un ejército bajo el mando de Octavio y los cónsules para perseguirlo. Irónicamente, Octavio enfrentaba a Marco Antonio defendiendo a Décimo Bruto (¡cosas de la historia!). En Abril del 43 ANE, Marco Antonio fue derrotado y tuvo que cruzar los Alpes y refugiarse en la Galia Meridional, junto a Lépido. Allí convenció a éste de aliársele y ambos marcharon sobre Roma, donde Octavio, con apoyo de sus tropas leales, se había hecho proclamar cónsul y había marchado sobre Módena, donde derrotó y ejecutó a Décimo Bruto.

El nuevo cónsul, de quien ya hemos dicho que era un hábil político, sabía perfectamente que el Senado sólo le utilizaba para librarse de Antonio. Por otra parte, un conflicto bélico entre los partidarios de César era lo que menos convenía ahora al partido cesariano, ya que Casio y Bruto se hacían fuertes en Grecia y quien saliera victorioso de tal conflicto quedaría demasiado debilitado en Roma. Así pues, en Bolonia, entonces Bononia, el 27 de noviembre del 43 ANE, Octavio, Marco Antonio y Lépido se dividieron los dominios romanos, dando origen así al segundo triunvirato (Recuérdese que el primero fue integrado por César, Pompeyo y Craso)

Los tres aliados acordaron la muerte de los líderes del partido senatorial, lista que encabezó el genial Cicerón. Se cuenta que, tras una vida matizada de geniales discursos, sin demostraciones de valor ni glorias militares, el republicano por excelencia y defensor de la verdad enfrentó con coraje la muerte, luego de un intento fallido de fuga. Marco Tulio Cicerón ha pasado a la historia como el más grande de los oradores de todos los tiempos, siendo el único en su época que pudo superar a César.

Establecido el gobierno en Roma, era hora de enfrentarse a Bruto y Casio. Estos contaban con unas 20 legiones y estaban en Macedonia, desde donde controlaban todos los dominios orientales de Roma. El 3 de Octubre del 42 ANE, en las cercanías de la ciudad de Filipos (llamada así en honor a Filipo II de Macedonia) Bruto se enfrentó a Octavio, derrotándolo y obligándolo a huir de su campamento, mientras Casio era derrotado por Marco Antonio y obligado a replegarse a su campamento.

Pero la suerte había de beneficiar a los cesarianos. Casio, siendo derrotado por Marco Antonio y no teniendo noticias de Bruto, en un momento de desesperación se suicidó. Luego de esto, Bruto se retiró del campamento de Octavio. Pero cayó en una depresión extrema al conocer la noticia del suicidio de su aliado y en una segunda batalla de Filipos, el 23 de Octubre, fue derrotado y obligado a huir, suicidándose a su vez. El partido republicano había caído y el triunvirato era dueño y señor de los dominios romanos.

Cleopatra

Repartidos los dominios de Roma entre los triunviros, Antonio recibió el Este y Lépido el Oeste, mientras Octavio permanecía en Italia. Antonio se estableció en Tarso a mediados del 41 ANE y puso sus ojos en Egipto. Cleopatra había hecho asesinar a su hermano menor 3 años atrás y gobernaba sólo, sin apenas intromisión de Roma, ocupada como estaba en sus guerras civiles. Antonio se propuso saquear Egipto y para esto se apoyó en la neutralidad de Cleopatra durante la guerra civil en Roma. Pero Cleopatra aún tenía 28 años y Marco Antonio sucumbió a su estrella. La reina de Egipto fue del general romano lo que había sido de César: su amante. Pero mientras César llevó las riendas de esa relación, para su desgracia, Marco Antonio no pudo hacer lo mismo.
Mientras tanto, en Italia, Octavio tuvo que enfrentar a un ejército liderado por Lucio Antonio (el cónsul del año en curso). Lucio era hermano de Marco Antonio y fue incitado por Fulvia, esposa de éste, quien estaba celosa del poderío de Octavio y furiosa por las “vacaciones” de su esposo en Egipto. Octavio, de quien ya sabemos que no era un soldado, confió la dirección de sus tropas a Marco Vipsanio Agripa, su compañero de estudios en Apolonia, hombre de toda su confianza y hábil militar. Agripa, tras varias escaramuzas, derrotó a los rebeldes en Perusia en 40 ANE.

Estos sucesos habían provocado una situación tensa entre los triunviros. Octavio tenía sus propios problemas en Roma y Marco Antonio no quería abandonar los placeres de Egipto (léase de Cleopatra). Así pues, en 40 ANE, en Brindisium, se reunieron nuevamente. Esta vez, el oeste quedó a disposición de Octavio, mientras el Este pasaba a Antonio y Lépido era relegado a un segundo plano, entregándosele la provincia de África como una limosna. Además, se concertaba el matrimonio político de Octavia, hermana de Octavio (¡obvio!, o no?) con Marco Antonio.

Marco Antonio regresó pues, al Este, mientras Octavio enfrentaba en Roma un nuevo peligro: Sexto Pompeyo.

Sexto era el último hijo de Cneo Pompeyo, apenas un niño cuando su padre fue asesinado. Tras el asesinato de César, procedió a reunir toda una flota naval, de forma que se convirtió en un poderoso pirata. El bloqueo a que sometió a Italia obligó a Octavio, en 39 ANE, a concederle el dominio de Sicilia, Cerdeña, Córcega y la parte meridional de Grecia, lo cual era una región bastante extensa para Roma.

Pero en 36 ANE, Octavio ya se sentía bastante fuerte para enfrentar a Sexto y envió a Agripa con una flota contra él. Tras un par de batallas navales, Agripa acorraló a Sexto Pompeyo y le derrotó. Este huyó al este, donde fue capturado y ejecutado por tropas de Marco Antonio. Corría el año 35 ANE.

Lépido, quien había desembarcado tropas en Sicilia para apoyar a Octavio en su lucha contra Sexto, intentó apropiarse de la isla, pero sus tropas desertaron pasándose a Octavio y éste le destituyó como triunviro y le envió de vuelta a Roma como un ciudadano común.

Paralelamente a esto, Antonio libraba una guerra contra los partos que terminó en un rotundo fracaso. Esto mermó considerablemente su prestigio frente al de Octavio, quien cada vez era más popular en Roma, donde demostraba ser un gobernante juicioso y preocupado y fue aprovechado por éste para debilitar el poder de su adversario en la ciudad eterna. Se le acusa de divulgar rumores que pintaban a Antonio como seguidor de las tradiciones egipcias, enamorado tan ciego de Cleopatra que quería darle a Egipto las posesiones romanas orientales y otras cosas. Teniendo en cuenta el proceder desatinado de Marco Antonio durante su vida, todas estas cosas pudieron perfectamente ser reales.

En 32 ANE, Antonio repudió a Octavia para casarse con Cleopatra, dándole así a Octavio la excusa esperada para declararle la guerra. De inmediato, Octavio despachó a Grecia su flota, comandada por el ya habitual Agripa. El ejército de Antonio era superior en naves y hombres al de Octavio, pero esta vez Agripa era mejor comandante. Ambas flotas se encontraron frente a Actium (Actual Accio) en Grecia.

Mediante las maniobras apropiadas, Agripa logró introducir sus barcos, mucho más pequeños que los de Antonio, entre las naves enemigas, alcanzando tras estas a la flota egipcia, que viéndose repentinamente atacada, huyó a la desbandada abandonando a sus aliados romanos. De inmediato Antonio, a quien no podemos realmente (tampoco seamos injustos) acusar de cobarde, inexplicablemente huyó tras Cleopatra, abandonando a su suerte a una flota que aún podía ganar la batalla. Esta acción determinó el fin de la batalla y el vencedor: Octavio.

Octavio Augusto

Octavio no persiguió de inmediato al derrotado co-triunviro. Regresó a Roma, donde se hizo celebrar un triunfo por la derrota de la “perversa reina egipcia y su traidor concubino” (algo así suponemos debió ser la versión romana, por lo que conocemos de ellos). Luego, en 30 ANE, partió rumbo a Egipto.

Tras vencer una débil resistencia, Octavio desembarcó en Alejandría, marcando el fin de la vida de Marco Antonio, quien se suicidó al conocer su llegada. Cleopatra intentó con Octavio lo que había intentado ya con César y con Antonio, pero el nuevo gobernante de Roma estaba hecho de otro material o los años habían hecho perder su encanto a la sin par reina de Egipto. Tras conocer el destino que le esperaba (caminar encadenada en el cortejo triunfal de Octavio en Roma), Cleopatra se suicidó. Según cuentan la versión más famosa, se hizo morder por un áspid, pero eso no está confirmado. Y quizás nunca lo esté.

Descabezado Egipto, fue convertido en provincia romana, marcando así el fin de las dinastías macedónicas, 300 años después de Alejandro Magno.

Por su parte, Octavio regresó a Roma, donde el 11 de enero del 29 ANE, hizo cerrar las puertas del templo de Jano, por primera vez en doscientos años. Era el inicio de la pax romana en el Mediterráneo.

Dos años después, en 27 ANE, Octavio recibió el nombre de Augusto, que significa algo así como “el bienvenido”, “bienaventurado” o “el de los buenos augurios”. Aunque siempre declaró que su objetivo era restaurar la república, concentró todos los poderes en él, manteniendo las formas de ésta. Pero la república romana había dejado de existir. En su lugar, un hombre mandaba los destinos de Roma, el Princeps Civium (primer ciudadano), el imperator (líder), en fin, el emperador del nuevo imperio romano: Cayo Julio César Octavio Augusto.


Continua en: Roma, La Eterna (XIV)


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