Viene de: Roma, La Eterna (XIII)
Estamos en el año 27 ANE. El sobrino-nieto de Cayo Julio César, Octavio, se ha convertido en señor de Roma. El astuto descendiente del clan Julia había aprendido la lección de lo ocurrido con su tío y sabía que cualquier modificación abierta del modo de vida romano sería como sentarse bajo una perpetua “espada de Damocles”. Así pues, destituyó a la mayoría de los senadores introducidos por César, y se aseguró de devolver los poderes omnímodos al Senado, entregando el mando militar sobre Egipto y dimitiendo del Consulado, cargo que había ocupado desde que regresó vencedor de Actium, en 30 ANE.
Pero Octavio no hablaba en serio y el Senado sabía esto perfectamente. Debe tenerse en cuenta que no hablamos del mismo Senado de la época de César. Marco Antonio y Octavio lo habían depurado meticulosamente, dejando sólo a sus partidarios. Después, este último había convencido o destituido a los partidarios del primero. De modo que el Senado hizo lo que Octavio quería de él.
El 16 de Enero del 27 ANE, Octavio fue declarado Augusto, como ya vimos en el artículo anterior. También le fue asignado el mando total de las fuerzas armadas, que le denominaban “imperator”, lo cual en nuestros tiempos se traduciría como “general en jefe” o algo así. Esta palabra dio origen al actual vocablo castellano “emperador”, aunque el significado actual de dicha palabra dista mucho de describir el gobierno de Octavio en Roma.
Durante 4 años, Octavio fue electo cónsul. Año tras año, al más puro estilo de la república romana, otro cónsul era elegido junto a él, aunque este colega de Augusto no gozaba de poderes reales y él era el primero en saberlo. Pero en 23 ANE, Augusto reestructuró su poder sobre Roma.
En este año, el “imperator” se autodesignó “tribuno vitalicio” y arregló las cosas de forma que legislativamente este cargo tuviera más poder que el de cónsul. De hecho, la potestad tribunicia le daba derecho a varias cosas, entre ellas convocar al Senado, intervenir en primer lugar en cualquier reunión y el no menos importante derecho de veto sobre cualquier decisión del Gobierno.
Con respecto a las finanzas del imperio, Augusto se las arregló para conformar un sistema de cobro de impuestos todo lo honesto que podía ser, a fin de evitar las justas revueltas que en las provincias provocaba la extorsión de los funcionarios romanos en la época de las guerras civiles. También se aseguró, desde el comienzo de su gobierno, de que Egipto fuera considerada como su propiedad privada (o casi). El país del Nilo era una región inmensamente rica y fue el banco personal del Primer Ciudadano. Concentrando las finanzas en sus manos, Augusto tenía el verdadero poder. Él se aseguraba de que los cobradores de impuestos no robaran, pues no le robaban a Roma, sino a él. Él le pagaba a las legiones, a las que desperdigó por las fronteras del imperio, a fin de que no intervinieran en la política interna de Roma. Sabido es que el ejército obedece a quien le paga y esto el emperador lo tenía muy claro. Además, al controlar el dinero del Estado, indudablemente controlaba a éste a la medida de sus deseos.
Para la gente común, eran gobernados como siempre lo fueron. Agregado a esto el hecho de que ya no había guerras civiles, ¿Qué más se podía pedir?
Demos un pequeño viaje imaginario a las regiones del imperio en este año 23 ANE:
Las costas del Mediterráneo, el Mare Nostrum romano, pertenecen ahora a Roma en su totalidad. Las que no están directamente bajo el dominio de la ciudad eterna, son gobernadas por reyes bajo la tutela romana, lo que significa que Augusto puede a voluntad deponer a estos reyes y poner a otros en su lugar. Hagamos un breve recorrido por sus costas, comenzaremos por el este de Italia, ya que está demás decir que la península es total y completamente romana.
Cruzamos pues el Mar Adriático y arribamos a las costas de Iliria, al noroeste de Macedonia. Roma domina toda la zona costera de esta región, que es llamada por los romanos “Dalmacia” y actualmente (Quiero decir, en el siglo XXI, no olvidar que ahora estamos en el año 23 ANE) forma parte de la República de Croacia. Si caminamos por esta zona costera hacia el sur, los dominios romanos se ensanchan considerablemente, mientras entramos en la nación cuna del gran Alejandro, cuyo glorioso pasado ha sido humillantemente sustituido por la dominación romana. Entramos pues en Macedonia, y algo más allá en Grecia, totalmente sojuzgadas ambas.
Viajaremos por Grecia hasta las costas del Egeo, bordearemos luego toda la costa este de la nación clásica y finalmente arribaremos a una ciudad que ahora no significa nada, pero en unos siglos cambiará tan radicalmente, que ni su nombre perdurará, a no ser como gentilicio de sus habitantes: Hablamos de Bizancio, la futura ciudad del gran Constantino, la actual Estambul turca. Cruzamos el Bósforo a la altura de la ciudad que siglos más tarde será la más próspera y cosmopolita del mundo y arribaremos al Asia Menor.
Todo el noroeste de esta región es territorio romano. El resto no lo es, bueno, no directamente, pero Roma impone sus criterios en toda el área. Más allá, está Siria, provincia romana y Judea, cuna de la religión que siglos más tarde dominará el mundo, pero que ahora ni siquiera dormita en la mente de sus pobladores. Más al este, una potencia totalmente independiente lidiaba con Roma simples y constantes escaramuzas, ora perdiendo, ora ganando batallas. Se trata de Partia, la nación frente a la que nuestro viejo conocido Marco Licinio Craso perdió sus legiones y su vida intentando imitar a Pompeyo y a César, la misma región adonde el conquistador de las Galias pretendía partir cuando fue asesinado. Hacia el año 20 ANE, Augusto, usando su astucia y sus dotes diplomáticos, logró recuperar los pendones de batallas perdidos 32 años antes y firmó una paz con Partia, aumentando aún más, si cabe, su prestigio en el ámbito romano.
Seguimos hacia el sur y nos topamos con Egipto, cuya situación ya conocemos de párrafos atrás. Al sur, el desierto y los nubios, que no plantean peligro alguno para la dominación romana y a quienes no vale la pena conquistar. Al este, el insondable desierto de Arabia.
Proseguimos pues hacia el Oeste, donde hallamos las provincias romanas de Cirenaica (actual Libia), Africa (Antiguos dominios de Cartago) y Numidia (La Numidia romana comprendía la zona costera de la actual Argelia y el oeste de Túnez). Más al oeste, hallamos el reino de Mauritania, nominalmente independiente, pero sujeto también a los vaivenes de la política de Augusto. Al sur de todos estos dominios romanos, el enorme desierto del Sahara es, en estos tiempos pre-tecnológicos, la frontera más seguro que nadie podría imaginar.
Crucemos ahora las columnas de Hércules, y arribemos a Hispania. Hacia el año 19 ANE, los cántabros, último foco de resistencia en la península ibérica, fueron vencidos por los ejércitos de Augusto. La región fue pacificada y sometida totalmente al dominio romano.
Finalmente, las Galias, que habían sido conquistadas por Julio César, también eran pacíficos dominios romanos, si bien la franja alpina entre Galia e Italia aún permanecía en manos nativas.
Al noreste de las Galias y por todo el norte de la parte europea del imperio, dormitaba (o más bien esperaba), el más potente y peligroso del imperio: las hordas germanas. Augusto tomó esta cuestión con seriedad este objetivo y lo convirtió en la única guerra imperialista de su gobierno.
Lo primero era asegurar las fronteras del imperio hacia el norte. La cadena montañosa que se extendía como límite entre ambas naciones (Si es que se le podía llamar nación al conglomerado de tribus germanas) hacía muy difícil su defensa y estaba muy mal definida. Algunos kilómetros al norte de la frontera corría el extenso río Danubio, que atraviesa Europa. Si los ejércitos romanos conseguían llevar la frontera hasta ese punto, podrían defender seguramente con mayor efectividad los límites del imperio.
Las primeras en ser sometidas fueron las regiones alpinas del norte de Italia. Luego, desde
Dalmacia, avanzaron sobre Iliria, arrollándola totalmente y creando más allá de esta la provincia de Mesia (actuales riberas del Danubio pertenecientes al sur de Serbia y el norte de Bulgaria). Luego avanzaron hacia el oeste, siguiendo el margen del Danubio, para crear la provincia de Panonia (Actual parte occidental de Hungría y oriental de Austria), Nórica(Resto de Austria) y Recia(actual región germana de Baviera), con lo cual ocuparon toda la región al norte de Italia hasta el río Danubio.
Hacia el año 9 ANE, Roma ocupaba toda la ribera occidental del Danubio, excepto Tracia, cuyos gobernantes estaban bajo fuerte influencia romana. Desde el punto de vista de Augusto, bastaba con mantener este estado de cosas para asegurar las fronteras romanas. Pero los germanos no estaban de acuerdo con esa idea. El poderío romano del otro lado del Danubio constituía una serie amenaza para ellos y en realidad, si echamos un vistazo a la historia de Roma, no podemos culparlos por pensar así. Los germanos intentaron presentar un frente unido a la amenaza romana e incitar una revuelta en las Galias que debilitase la retaguardia romana.
Pero el ejército romano estaba bajo el mando de dos capaces generales, dos hermanos: Tiberio Claudio Nerón y Claudio Nerón Druso. Además de hermanos, ambos generales eran hijastros de Augusto. Veamos quienes eran estos personajes.
En el 38 ANE, Augusto (Que aún no era tal), se había casado con una joven patricia romana: Livia Drusilla. Al contraer nupcias, ésta tenía un hijo de 4 años y estaba embarazada de otro, ambos hijos de Tiberio Claudio Nerón, quien luchó en el bando contrario a Augusto durante la guerra civil y fue después perdonado por éste, probablemente a cambio de su joven esposa. Sea como fuere, ésta mujer resultó ser la esposa perfecta para Augusto. Y éste adoptó a ambos hijos como suyos.
Tiberio, el mayor, tuvo su bautismo de guerra en las campañas cántabras. Tras venir del conflicto con Partia en Armenia, que culminó con la paz de la que ya hablamos párrafos atrás, fue enviado a ayudar a su hermano Druso, que operaba en las márgenes del Danubio conquistado. Ambos pacificaron toda la ribera occidental del extenso río y marcharon juntos después, enviados por Augusto a asegurar la ribera occidental del Rin, frontera entre las Galias y Germania. Pero Tiberio tuvo que regresar al Danubio para sofocar una revuelta que había surgido allí, dejando sólo a Druso en el Rin.
Este joven romano pronto se destacó en la frontera galo-germana, llevando la guerra a territorio de estos últimos, de tal forma que arribó con sus legiones, en el año 9 ANE del que hablábamos anteriormente, a las márgenes del Río Elba, en el corazón de Germania. Parecía que la conquista romana de la Germania era inminente. Pero el destino se atravesó en el medio del joven general. En el camino de regreso del Elba, el caballo de Druso resbaló y lo tiró al suelo. Las consecuencias de la caída fueron fatales. Con treinta y un años, el probablemente más capaz general romano desde Julio César, falleció a causa de un estúpido accidente.
Su hermano, Tiberio Claudio Nerón, retomó sus operaciones en Germania, con más o menos pericia y a pesar de no ser del agrado de Augusto, es a quien conocemos en la historia como Tiberio César Augusto, sucesor de su padrastro. De su vida, y para cerrar el gobierno de Augusto (¡Que fastidio, yo que quería hacerlo en un solo artículo!), habrá que esperar a que la musa vuelva a azuzarme, aunque prometo que no pasará tanto tiempo.
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