1. Dos maneras de cambiar el mundo.
Así nacieron los hippies, una imagen estadounidense de la juventud, relacionada a estilos de vida alternativos, el amor libre, las drogas y una “sugestiva” música rock.La palabra también evocaba religiones exóticas, políticas contestatarias, pacifismo, un deseo de volver a la naturaleza y psicodelia. Éste fenómeno nacido en la ciudad de San Francisco en el año 1965, tuvo repercusiones y adeptos por todo el mundo, aunque siempre modificado según la cultura o la idiosincrasia propia de cada país.
En la Argentina, por ejemplo, el panorama juvenil era bastante conservador. La contracultura en Buenos Aires estaba limitada principalmente a la moda, el pelo largo, el rock nacional, y otras mesuradas manifestaciones de diferencias dentro de un sistema cerrado. La idea de cambio o revolución no estaba ligada en lo más mínimo a una lucha política, sino más bien a la expresión artística en si misma. Los artistas argentinos lograron llegar –y hasta encabezar- a la vanguardia mundial, sobre todo en las artes plásticas y en teatro. Si bien estas experiencias de búsqueda estaban orientadas a una apertura expresiva y de pensamiento, en muy raras ocasiones se las asoció al panorama político.
Existía otro movimiento juvenil paralelo en los 60, que también buscaba cambiar la realidad pero desde otro lugar. A partir de grandes pensadores como Marx, Gramsci, Trotsky, o líderes revolucionarios como Ernesto Guevara, Sandino o Zapata, muchos jóvenes se hicieron cargo de la responsabilidad de politizar la sociedad y debatir el modelo capitalista dominante. El mayo francés del 68, donde los universitarios lideraron una huelga que humilló al gobierno de De Gaulle, fue uno de los grandes ejemplos de la juventud politizada como protagonista. El 29 de mayo de 1969, en Argentina se produjo una insurrección similar que se conoce como elCordobazo. Este abrió uno de los momentos más ricos de luchas y experiencias políticas de los trabajadores, dando lugar al surgimiento de una numerosa vanguardia obrera y juvenil clasista, combativa y que planteaba un cambio revolucionario de la sociedad. Este movimiento combativo comenzó a gestarse un lustro antes, más que nada por el crecimiento del movimiento juvenil peronista durante la dictadura de Onganía, o de los grupos guerrilleros de fines de la década de 1960.
En resumen, se puede decir que en la década del 60, los jóvenes se dividían en dos grandes grupos: los politizados y los apolíticos.
2. Modernidad y vanguardia dentro del Establishment.
El Instituto Di Tella fue el eje de la actividad cultural argentina de los años 60. Emergente lógico de la intensa vida intelectual que protagonizaban los circuitos artísticos del buenos aires de entonces, sus actividades afectaron de manera referencial a toda manifestación estética de vanguardia creada con posterioridad. Sostenida por la Fundación Torcuato Di Tella, homenaje a quien fuera gran industrial, este centro tenía algunos años de existencia, precisamente desde junio de 1958. Creados sin fines de lucro, la fundación debía "promover, estimular, colaborar, y/o intervenir en toda clase de iniciativas, obras y empresas de carácter educacional, intelectual, artística, social y filantrópico"; y el Instituto tenía "el propósito fundamental de promover el estudio y la investigación de alto nivel, en cuanto atañe al desarrollo científico, cultural y artístico del país, sin perder de vista el contexto latinoamericano en que la Argentina está ubicada". Sin embargo, el público y los artistas que frecuentaban el instituto miraban más hacia Europa o Estados Unidos que hacia América Latina. Jorge Romero Brest, el conductor de este centro de artes visuales, resumió el propósito y la ideología de los habituales happenings o muestras de la época: "convocamos un grupo de doce artistas jóvenes que coincidían en el espíritu destructor de la obra artística tradicional... invitamos a los contempladores a relacionar imagen y concepto. Y a comprobar que, pese a las diferencias ante estas experiencias y lo que tradicionalmente se ha llamado obra de arte, la relación persiste. Que si la obra de arte, como cosa, tiende a desaparecer según lo vengo sosteniendo desde hace años, no desaparecerá el arte, el cual solamente cambiará de aspecto”.
Dentro de las obras teatrales, el Di Tella se mostró vanguardista en cuanto a la eliminación del espectador pasivo, algo que hoy en día es muy común tanto en el under como en la calle Corrientes. La calidad de las obras supervisadas por Roberto Villanueva , tales como “Los Siameses”, de Griselda Gambaro, “Tiempo de Lobo” o “Tiempo de Fregar”, a cargo del grupo teatral Lobo, fueron estandartes de la experimentación teatral de entonces, y rápidamente sus autores y actores adquirieron la atención de las grandes ciudades tales como Nueva York. El éxito del Instituto Di Tella se debió más que nada a la importación del modelo “moderno” de entonces, y a la experimentación local, que a pesar de haber sido fuertemente reprimida por la dictadura, tuvo sus efectos en la moda y la ambientación de “La manzana loca”, como se conocía al espacio físico que rodeaba al instituto.
3. El cine como medio de revolución.
Luego de haberse manifestado de diversas formas, la militancia adquirió forma de celuloide y un poderoso medio como el cine, muchas veces utilizado como Caballo de Troya de la ideología imperial, se convirtió en una formidable opción para que los oprimidos se expresaran.
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Cartel del film:
"La Hora de los Hornos . "
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“La Hora de los Hornos”, producida por Octavio Getino y Pino Solanas, fue la primera gran obra de este controvertido director argentino. Duraba más de cuatro horas y se dividió en tres partes : "Neocolonialismo y violencia", "Acto para la liberación" y "Violencia y liberación". Ambos, Getino y Solanas, juntos a otros realizadores cinematográficos conformaban el Grupo Cine Liberación.
Cada una de las partes llevaba una dedicatoria: "Al Che Guevara y a todos los patriotas que cayeron por la liberación de indoamérica", "Al proletariado peronista, forjador de la conciencia nacional de los argentinos" y "Al hombre nuevo que nace en esta guerra de liberación". El documental también se interrumpía sistemáticamente para debatir entre los espectadores sobre lo que se estaba mostrando.
Fue filmada durante los duros años de la dictadura de Onganía de 1966 a 1968, muestra la lucha de la clase obrera argentina y adquiere el carácter de un documento acusador del papel del colonialismo en los países dependientes.
La Hora de los Hornos fue una película clandestina, se daba en reducidos espacios o casas particulares donde no pudiera llegar la policía a suspender la función y arrestar a los concurrentes, recién en 1973 con la llegada de Campora al gobierno, se estrenó en los cines.
En la primer parte del film, Solanas –quién hizo sus comienzos en la publicidad- critica duramente a la aristocracia argentina y particularmente a quienes frecuentaban el Instituto Di Tella, acusándolos de aliados al imperialismo y al modelo social europeo, y deja entrever un dejo de ironía en su descripción de la Buenos Aires cultural de entonces, destacando las contradicciones más absurdas de quiénes “representaban” la cultura. El objetivo de La hora de los hornos era crear y avivar el fuego del patriotismo latinoamericano en busca de una nación rebelde, autosuficiente y libre del modelo europeo o yanqui. La propuesta del Grupo Cine Liberación es la del tercer modelo.
4. Vaivenes de la revolución
Bajo un análisis superficial e ingenuo, se puede afirmar que el Instituto Di Tella y lo que significó La hora de los hornos, marchan por caminos paralelos muy diferentes y que nunca podrían cruzarse. Esta cuestión de quién es político y quién no, o quién esta más comprometido con la realidad que lo rodea, es algo muy subjetivo y difícil de delinear en la medida que ambas posturas han evolucionado hasta llegar al año 2000 bajo rótulos totalmente diferentes a los que tenían en los 60.
Ya en los últimos tiempos del Di Tella, lo que se conoció como “la muerte del arte” los expositores y personalidades del instituto habían tomado una postura social mucho más arraigada a los problemas del país y criticando duramente la represión policial de la dictadura de Onganía. Si bien el documental de Solanas era mucho más crudo y con mensajes directos, muchas de sus imágenes se pueden ver hoy en día en cualquier programa periodístico y ya no causan la misma impresión que antes. Más que nada sirven como una mera denuncia de algo, pero no funcionan como modelo revolucionario. En este aspecto, el arte no ha perdido su carácter anárquico de ruptura social, basta con recordar lo que pasó con la muestra de León Ferrari en Recoleta. Sin embargo, esas mismas críticas que recibía el Di Tella se pueden aplicar hoy en día, sólo basta observar lo que representa el museo Malba, o la Fundación Kónex, dos espacios hechos por y creados para la clase alta que degusta el arte masivo y que están muy lejos de la realidad argentina.
Entonces, estas dos formas de ver la “revolución” o lo que sería un cambio gradual en la sociedad, no sólo han demostrado tener algunos puntos en común, sino que han perdido algunos de sus matices o incluso arrastraron sus viejos demonios. Viendo la situación de los partidos políticos de izquierda universitarios, con sus modelos obsoletos y falta de diálogo entre ellos, confirma que el ejército latinoamericano que buscaba Solanas no sólo es imposible de concebir, sino que también sería un fracaso. El fanatismo por alguna ideología o líder político han demostrado a lo largo de la historia ser muy peligrosos, y si a todo eso se le suma la intolerancia o la ignorancia de quienes militan, el resultado es catastrófico. Quizá, la respuesta hacia un verdadero modelo de cambio estaría en la situación utópica de unión de ambos modelos, el político y el artístico, ya que una militancia sin apertura mental esta condenada al estancamiento, mientras que una corriente artística no debe renegar del contexto donde existe. Tanto las revoluciones artísticas como las políticas han demostrado que pueden lograr cosas impensadas. ¿Qué pasaría si alguna vez se unieran?