LAS CRUZADAS I, precedentes y preparativos.

En el año 995 de nuestra era se inicio una peregrinación armada para liberar los Santos Lugares que estaban en manos infieles, suena a Yihad islámica mas en realidad se llamó: Las Cruzadas. Supongo que esto requiere una explicación: en este año inicia Almanzor una cruenta campaña que se lleva por delante al conde de Castilla García Fernandez. Este trágico hecho -sobre todo para los musulmanes- hizo que subiera al poder su hijo, el mucho más enérgico Sancho García y héroe de Calatañazor, que hizo de Castilla lo que hace muchos siglos dejó de ser. A este hecho nos referiremos en posteriores artículos.
Pero aquí nos referiremos a las cruzadas en tierras palestinas, un siglo posteriores.


 

LAS CRUZADAS I, precedentes y preparativos. Artículo enviado por Javi.

 

        Precedentes:

        En los albores del siglo VII, una serie de convulsiones políticas y religiosas minaron el poder del Imperio Bizantino, posibilitando que los persas sasánidas atacaran la línea de defensa de la alta Mesopotamia y se presentaran ante las puertas de Jerusalén dispuestos a dar un terrible mazazo a la comunidad cristiana. Uno de los sectores más descontentos con el imperio y su presión fiscal era el judío, que movió todas sus influencias para que la llegada de los persas fuera lo más fácil y rápida posible y ayudó de manera definitiva a la toma de Jerusalén –este hecho se recordaría y no se olvidaría, para desgracia de ese pueblo- La matanza en aquella ciudad fue terrible y la destrucción casi total. Las sagradas reliquias, la Vera Cruz y otros utensilios de la Pasión, fueron confiscadas y enviadas como regalo a la emperatriz cristiana de Persia.

Hipotética reconstrucción de la caballería sasánida, oportunistas ellos.

        Mientras, en Bizancio, se lamían las heridas y tramaban los planes para recuperar el terreno perdido. Dejaron pasar un tiempo prudencial mientras terminaban algunos problemillas con los dichosos y desorganizados eslavos que por esas fechas querían acomodarse en el norte y el oeste del imperio; cuando el ejercito estuvo organizado y con un solo frente abierto, lo consagró a Dios y partió a la reconquista, a luchar contra de las tinieblas –por estas fechas también se empieza a producir un hecho muy curioso, sobre todo en las zonas orientales de Europa y en el próximo oriente: las nacionalidades se diluyen, uno deja de ser egipcio, o armenio, o persa, o palestino, y empiezan a considerarse copto, monofisista, ortodoxo, católico ..., este acto facilitará el surgimiento sarraceno, el cual potenciará a su vez este sentimiento con sus pequeñas sociedades casi autónomas cuya base era su propio culto-.

        La ofensiva se saldó con un enorme éxito y el ejercito persa fue derrotado en Nínive. Todo eran fiestas y jolgorio, pero, ay, las guerras son muy costosas, y a esas alturas y tras diecinueve años de guerra los recursos estaban esquilmados. De poco le valió a Bizancio el botín de guerra y quedó preso del préstamo que la Iglesia le había otorgado. Al pobre Emperador de Bizancio, Heraclio, que tan bien hasta ahora se había desenvuelto, no le quedó otra que presionar, aún más si cabe, a las zonas de nuevo ocupadas. Pero si poco popular es aumentar los impuestos en beneficio de la iglesia, mucho menos lo serían las siguientes medidas que adoptó. Un hombre como Honorio, que hasta ahora tan prudente se había mostrado, se dejó imbuir en la atmósfera apocalíptica que se respiraba, y como buen astrólogo que era, se debió creer el emperador del advenimiento mesiánico. Con estas ideas castigó duramente al pueblo judío, obligándoles a bautizarse, y lo que fue aún políticamente peor, quiso crear un punto intermedio entre las dos corrientes cristianas que con más fuerza arraigaban en sus dominios. Imagínense por un momento que Salomón, cuando les dijo a las dos mujeres que reclamaban a un mismo bebé como hijo propio que partiría al zagal por la mitad para comprobar quién era efectivamente la madre, hubiese partido efectivamente al niño creyendo que era la mejor opción. Pues bien, Heraclio hizo algo similar con las dos corrientes cristianas: una creía en una única naturaleza de Cristo, mientras que la otra optaba porque compartía dos, la divina y la humana. Como esto era un problema teológico grave –las zonas de influencia helénica siempre se destacaron por sus debates ideológicos, semánticos, deportivos ...- decidió “sacarse de la manga” una nuevo pensamiento que circulaba por entonces y convertirlo en dogma; consistía en que si bien en Cristo había dos naturalezas, solamente había una voluntad. Los súbditos reaccionaron de la misma manera que lo podían haber hecho aquellas dos madres como comprenderéis, es decir, no satisfizo ni a una parte ni a otra.

El Papa Urbano II, en el Concilio de Clermont, organizando la fiesta.

        Toda esta introducción nos es útil para explicar qué condiciones tenía un tal Mahoma para que, hábil como era, urdiera todo un entramado de alianzas entre las anárquicas e independientes tribus árabes y, comprendiendo la necesidad expansiva de éstas, les diera una base teológica fuertemente monoteísta y bélica para traspasar sus fronteras. En menos de diez años había agrupado a todo el mundo sarraceno y marchaba sobre los castigados territorios persas y bizantinos.

        Jerusalén aguantó un sitio de más de un año para caer finalmente en el año 638.

        Bizancio paró la acometida musulmana a las puertas de su ciudad y poco a poco, sin tantos territorios que defender y cuidar se recuperó. Mientras, en los territorios recién adquiridos por los mahometanos, se acentuó el sentimiento religioso de cada comunidad, minimizando los sentimientos nacionalistas como ya adelantamos.

        Preparativos:

        Transcurrieron los años, Jerusalén seguía en poder musulmán y hacia allá partían cristianos ávidos de visitar los lugares santos. Estas peregrinaciones se hicieron mucho más numerosas a partir del siglo X, y esto fue así gracias en gran parte a la seguridad de los caminos, tanto por mar como por tierra. Pero en el panorama que nos ocupa irrumpió con fuerza un pueblo, el turco, que rompió el equilibrio de poder en Asia menor. Llevaban siglos habitando los territorios de Turkestán y en el siglo X se convirtieron al Islam; fue entonces cuando decidieron instalarse más cercanos al Mediterráneo. El Imperio Bizantino, que había pasado el siglo pasado por una próspera etapa, no pudo defenderse, y perdió numerosos territorios orientales y sus fuentes de ingresos fueron mermándose paulatinamente hasta estar cercana al colapso. Buscaron estos ingresos en comerciantes extranjeros los cuales vieron rápidamente oportunidad de negocio en las rutas comerciales del oriente.

        La zona por donde pasaban los peregrinos se hizo insegura debido a los movimientos constantes de tropas y el surgimiento de bandoleros y asaltadores de caminos, y cara, muy cara merced a los gravámenes que imponían unos y otros.  

Godofredo de Bouillon, cabecilla de los franceses del norte.

       En este marco, con un Bizancio disminuido y los turcos presionando, con unos cada vez más ávidos comerciantes europeos y unos incansables normandos, con difíciles rutas comerciales hacia oriente y con peregrinos cada vez más descontentos, se reunió el Concilio de Clermont en el año 1095. La cabeza de la iglesia por aquel entonces era el Papa Urbano II, que había heredado las riendas del catolicismo del Papa reformista Gregorio VII. Urbano era también de los que por aquel entonces se podían comparar con los actuales progresistas, y progresos hizo, válganos el cielo. En este concilio avivó la llama de la discordia religiosa y de la lucha armada en contra de los infieles. Las repercusiones excedieron con mucho sus propósitos y enardecieron de tal manera los ánimos de la cristiandad que en poco tiempo, y bajo los mandos de tres señores feudales de diferentes punto de Europa, se organizó un numeroso ejercito bien pertrechado de armas, caballos, infanzones y escuderos. ¿Cómo hizo la Iglesia para movilizar de tal manera a la cristiandad? Sencillo: indultando las penas temporales por los todos pecados a quien partiera a tierra santa con intenciones piadosas -por supuesto matar infieles entraba dentro de la piedad-, y a los grandes señores, por su parte, se les garantizó que sus posesiones quedarían guardadas y cuidadas por la Iglesia. Y... ¡qué carajo! al grito de ¡Dios lo quiere! Que en estos casos era muy convincente.

        De esta manera partieron los tres ejércitos para reunirse En Constantinopla, la capital del Imperio Bizantino. Comandando a los franceses del norte estaba Godofredo de Bouillon y su hermano Balduino. Del sur de Francia, de la Provenza, salió Raimundo de Tolosa, y los normandos, que abrazaron la cruzada bajo el mando de Bohemundo de Tarento. La Iglesia, dejándolo todo bien atado, puso al frente de la expedición al hábil cardenal Ademaro de Puy.

        Paralelamente se organizaba otro ejército, en este caso popular, en Alemania. Un tal Pedro, de hábito eremita, empezó a predicar la salvación mediante la peregrinación, el advenimiento de Cristo y la inmediatez que requería la salvación de los Santos Lugares. Su locura y vehemencia convenció a miles de personas que partieron, muchas de ellas sin más equipaje que unos calzones y una azada, a luchar por la gloria del Señor.

        De cómo se desarrollaron los acontecimientos hablaremos en el siguiente artículo.

 

Continúa en: Las Cruzadas II, primeros baños de sangre, para más gloria del Señor

 

 


 

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