Viene de: Las Cruzadas III, Hall of Fame de la Primera Cruzada
Las tropas de Godofredo fueron las primeras en llegar a Nicea, ya en territorio asiático, el día del señor del 6 de mayo del año 1097. Y ocurrió lo que en estos casos solía pasar: un par de refriegas, unos cuantos insultos, algún que otro escupitajo desde arriba de las murallas, siempre debidamente contestado con recuerdos a las madres de los lanzadores, y poco más. De esta manera los de dentro ganaban tiempo para la inminente llegada de los soldados de refuerzo. Estos, efectivamente, llegaron y el día 21 entablan pelea con los sitiadores con escasa fortuna. Los guerreros selyúcidas son derrotados –en realidad dispersados pues no aguantaron las cargas de la caballería pesada cristiana-. Pero la ciudad estaba lejos de rendirse ya que, al no estar sitiados completamente, les llegaban suministros del lago próximo. No les quedó otra a los seguidores de la cruz que pedir a Bizancio que con su flota bloqueara el acceso. Alejo se presento con unos cuantos barcos y cerró el sitio. En estos momentos la caída de la ciudad era inminente y se rindió un par de meses después. En virtud de los acuerdos precedentes, la ciudad pasó a ser propiedad bizantina y a los occidentales se les prohibió la entrada, del saqueo por supuesto ni hablamos. Esto sentó muy mal a los cruzados que ya estaban pensando en sus compensaciones por el ímprobo esfuerzo realizado en forma de robos, asesinatos y violaciones. Pero si algo tenía el Basileus era astucia, y permitió que al menos se repartieran parte del botín del sultán –estúpida manía oriental de acudir a las batallas con toda clase de riquezas y familia.
Tras este inicial e incontestable éxito le siguió una incontenible exaltación. Los bizantinos les propusieron que siguieran una ruta que, aunque más indirecta,era más segura: ir por la costa para que, en caso de problemas, pudieran ser auxiliados por la flota de Alejo. Pero los cruzados eran muy tercos así que decidieron no hacer mucho caso a esta proposición. Cogieron el camino interior, adentrándose en zonas áridas, de un calor sofocante y muy propicias para el hostigamiento otomano: en resumidas cuentas, estaban más perdidos que un esquimal en la feria de abril. Es más, decidieron avanzar en dos grupos para no tener problemas de abastecimiento. Y entonces llegaron las emboscadas selyúcidas, éstas de llegar, escupir, golpear, otra vez escupir e irse pitando. El primero de los grupos, capitaneado por Bohemundo, fue el que recibió todas las tortas, dejando muchas bajas por el camino. Cuando estaban deshechos y próximos a la derrota definitiva por allá apareció nuestro héroe, Raimundo, que comandaba el segundo grupo. Este es el momento en el que, con confianza redoblada, hacen frente a las tropas que les estaban destrozando y las persiguen con gran ímpetu, tanto que hacen huir al enemigo que cometió la misma estupidez de siempre: dejó todos los víveres y el tesoro entero de lo que le restaba al sultán, para alegría y alborozo de los cristianos, en el campo de batalla.
Ahí, ante sus ojos, tenían ahora los cruzados el camino expedito a toda Asia Menor. Su próximo objetivo, y de suma importancia, era la Inmensa ciudad de Antioquia.
El primer hito serio, la toma de Antioquía
No habían reconocido aun la totalidad de las defensas de la ciudad de Antioquia cuando vieron la imposibilidad de su conquista: cuarenta millas de longitud se traducía en un perímetro imposible de cercar que, además, estaban ayudadas por el río Orontes y escarpadas montañas.
Mas se pusieron a ello con encomiable optimismo. En un principio la cosa se desarrolló más o menos de la siguiente manera: Yaghi-Siyan, el gobernador de la ciudad, mandaba a la mitad de sus tropas para mantener entretenidos a los fogosos cristianos mientras que la otra mitad se escabullía en busca de alimentos, mientras que los cristianos no sabían muy bien por donde les venían, sólo que recibían mamporros hasta en la estampita de la virgen. Nadie, salvo nuestro valiente Raimundo, aconsejaba el asalto frontal, además, Bohemundo tenía razones de peso para demorar la conquista: quería la plaza para él, y para ello ya se había puesto en marcha. Tenía agentes infiltrados entre los habitantes de la ciudad y sondeaba posibles apoyos internos. Pero el tiempo pasaba y los cruzados empezaron a tener problemas de abastecimiento y de higiene. Las enfermedades hicieron acto de presencia en el campamento y murieron muchos. Estos cuerpos eran aprovechados de la siguiente manera: sus propios compañeros les cortaban la cabeza y, en una especie de guerra biológica, las catapultaban al interior de los muros, extendiendo allá sus propias enfermedades.
Los del interior no estaban mucho mejor ahora, así que decidieron pedir ayuda externa. Las primeras se saldaron a favor del bando cristiano, mas, en Mosul, se estaba preparando una expedición sarracena muy poderosa. Informados al punto los capitanes occidentales fueron presa de la más terrible de las colitis: si no conseguían rápidamente asaltar con éxito las murallas se verían rodeados y exterminados. Fue entonces cuando Bohemundo y los suyos entraron en contacto con uno de los vigilantes de una de las garitas defensivas quien les prometió la entrada en el momento oportuno. Con esta traición los partidarios del normando lograron abrir las puertas de la ciudad y el propio Bohemundo exigió que la ciudad pasara a su posesión.
Pero los problemas no acabaron ahí, pues ante Antioquia se presentó el enorme ejercito turco. Los cristianos intentaron romper el cerco con una furiosa salida pero fueron rechazados. Sólo quedaba aguantar tras las murallas y esperar o un milagro o a la muerte en forma de hambre, ya que a los turcos tampoco les hacía mucha gracia la confrontación directa con tales animales.
Y al parecer llegó el milagro antes que la muerte por inanición: se comenzó a proclamar a los cuatro vientos que acontecimientos extraordinarios darían la victoria a los cruzados.
¿En qué consistirían estos milagros que tan oportunamente surgieron? En el siguiente capítulo nos encargaremos de este hecho, la posterior batalla, y de la paralela toma de Edesa que, os aseguramos, tuvo chicha.
Continúa en: Las Cruzadas V, El milagro de la lanza de Longinos, ¡es la voluntad de Dios!