Antes de sumergirnos a fondo en la historia, queremos hacer un breve apunte acerca de los muchos mitos que, en torno al episodio de la Invencible, se han ido forjando ya casi desde el día en que ésta zarpó. Los británicos han construido parte de su mitología nacional en torno a la victoriosa lucha del pequeño David –ellos, claro– contra el gigantesco y orgulloso Goliat –representado en este caso por la Hydra hispánica–, lo cerca que estuvo la Invencible de lograr su objetivo y lo infalibles y sacrificados que son los marinos ingleses; en España los mitos se han centrado en que no mandamos los barcos a luchar contra los elementos y en echar la culpa de todo –casi hasta de que hiciera mal tiempo– al pobre del Duque de Medina Sidonia por haber estado al mando del asunto. Como en todo mito que se precie, algo de verdad contienen tanto los de los unos como los de los otros. Ciertamente hubo marinos ingleses que se enfrentaron a una flota mandada por un tal Medina Sidonia. Y punto. En las líneas siguientes iremos viendo que las cosas fueron un poco diferentes de como se nos ha contado, y que quizás hubo un poco de exceso de soberbia por una de las partes y un pelín de demasiada mala leche por parte de la otra. Adivinen ustedes quién representaba a cada parte.
A todo esto, quizás se pregunten ustedes a santo de qué se nos ocurrió a nosotros invadir Inglaterra. Que los ingleses fueran unos herejes endemoniados y contumaces era sin duda una buena razón. Pero quizás no lo suficientemente buena como para montar todo el jaleo que se montó. Las rapacerías de esos osados aventureros del mar a los que nosotros popularmente conocemos por piratas, financiadas directamente por la corona inglesa, algo tuvieron que ver. Que Isabel de Inglaterra hiciera ejecutar –febrero de 1587, vayámonos situando cronológicamente– a María Estuardo, reina de Escocia, reina viuda de Francia y una de las más infatigables conspiradoras de su siglo, influyó bastante. Pero que Isabel fuera la principal fuente de ingresos y el alma latente de la rebelión de los Países Bajos fue sin duda la causa determinante. Allí desaparecían los ingresos de la monarquía como si se tirasen a un pozo –recuerden ustedes lo que cuesta poner una pica en Flandes–, y eso no cambiaría mientras Isabel siguiera en sus trece malmetiendo desde Londres. Y como para convecer a alguien de que cese en su actitud no hay nada como invadirlo, conquistarlo y deponerlo, pues nuestro buen rey Felipe II decidió ponerse manos a la obra. Para invadir algo suele ser necesario tener un plan. Como los españoles somos la caña, a falta de uno teníamos dos:
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D. Álvaro de Bazán, poco antes de causar baja |
Por un lado, D. Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, Capitán General de la Mar Océana, proponía un plan totalmente marítimo: salir hacia Inglaterra e invadirla directamente. La cosa era de fácil ejecución una vez se lograra reunir –pequeño detalle– las cuatro cosillas de nada de Santa Cruz consideraba necesarias para el éxito de la jugada: ciento cincuenta barcos grandes entre galeones y mercantes armados, cuarenta urcas –grandes, feos, rechonchos y lentos mercantes del báltico– para almacenar las provisiones y unos trescientos veinte barcos auxiliares. Que la monarquía careciese de la capacidad necesaria para reunir tantos barcos era un detalle que al parecer no se tuvo demasiado en cuenta.
El otro plan era el del Gobernador General de los Países Bajos, D. Alejandro Farnesio, Duque de Parma. El plan del de Parma era bastante más sencillo que el de Santa Cruz: cogemos una flotilla de naves ligeras y barcazas de fondo plano, cargamos en ella al Ejército de Flandes, nos hacemos a la mar e invadimos Inglaterra. Si bien esta plan quizás hubiera triunfado de haberse intentado algún tiempo antes, en el momento que nos ocupa, con la flota de los rebeldes holandeses patrullando la costa, solo habría servido para que nuestros valientes soldados hubieran tenido que hacer un curso acelerado sobre “Cómo Nadar con Armadura en Diez Cómodas Lecciones”. A 20 millas de la costa.
Así que nuestro buen rey D. Felipe II decidió combinar ambos: la flota debía ir hasta Flandes, recoger allí al Ejército del Duque de Parma, y escoltarlo en la travesía hacia Inglaterra. Puesto que íbamos a emprender una empresa sagrada, seguro que la Divina Providencia ayudaba a resolver todos los problemas de preparación y coordinación que de seguro se iban a presentar. Lástima que la Divina Providencia no supiera que tenía que intervenir.
Los preparativos comenzaron a buen ritmo mediante el expeditivo sistema de amontonar barcos, hombres, pertrechos, cañones y pólvora en Lisboa. Mientras Santa Cruz intentaba –sin demasiado éxito– poner orden en el desbarajuste que se iba montando, a la vez trataba de frenar las prisas del monarca católico que, cada dos por tres, le dejaba caer que no estaría mal que zarpara de una maldita vez. Y en eso estaba el buen hombre, organizando lo inorganizable cuando va y se muere. Afortunadamente ya se tenía un sustituto preparado: D. Alonso de Guzmán el Bueno, Duque de Medina Sidonia, Capitán General de Andalucía, buen católico, fiel servidor del Rey y uno de los peores españoles de la Historia de España. Esto lo afirmamos con conocimiento de causa, pues no solo intentó renunciar, en más de una ocasión, al alto cargo que se le ofrecía , sino que –y esto linda ya con la locura–, cuando todo salió mal, tuvo el feo detalle de asumir él solito toda la responsabilidad, rehuyendo esa tradición tan nuestra del ”yo-no-he-sido”. De todas formas, cuando quedó claro que Felipe II no iba a dar su brazo a torcer, Medina Sidonia no tuvo más remedio que ponerse manos a la obra e intentar ordenar un poco el caos con el que se encontró cuando llegó a Lisboa. Mientras con una mano no dejaba de responder las acuciantes cartas de Felipe jurando y perjurando que ya todo estaba casi, casi a punto, con la otra no dejaba de mandar cañones, polvora, provisiones y hombres a los barcos, logrando incluso –y no debió ser fácil– que las balas de los cañones de cada barco fueran del mismo calibre que éstos, que no se embarcara más polvora que comida –los capitanes españoles estaban ávidos de cañones y de pólvora para dispararlos– y que los tripulantes y soldados no tuvieran el mal gusto de comerse las provisiones embarcadas antes de zarpar. Entre unas cosas y otras se logró alcanzar algo de buen orden y, por fin, el 25 de Abril de 1588, Medina Sidonia recogió en la catedral de Lisboa el estandarte de la expedición y todos se prepararon para la partida.
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La Armada Española, llevándosela de todos los colores |
Ahora haremos un pequeño paréntesis. Aprovechando que hablamos de Medina Sidonia, no podemos olvidar que este buen hombre fue uno de los más perjudicados por la leyenda negra de la Invencible. Prácticamente se le ha llamado de todo y se ha dado por hecho que si todo se fue al traste fue por su culpa. Y eso es falso. En todo caso la primera responsabilidad debería recaer en Felipe, que fue quien lo eligió. Pero es que, además, las historias sobre su incompetencia no son ciertas. Incluso logró poner orden –y crean que esto tiene mérito– en el caos que heredó del competentísimo y eficacísimo Santa Cruz –efectivamente, nos recochineamos algo, pero no para menospreciar la capacidad de D. Álvaro de Bazán, que era mucha, sino para enfatizar la capacidad, también mucha, que demostró tener Medina Sidonia–. Además, una vez la Armada se puso en marcha, las principales decisiones se tomaron tras consejo militar. Ni uno solo de sus contemporáneos criticó al Duque, ni siquiera aquellos que, con más experiencia, podrían haber tenido derecho a hacerlo.Como punto final, diremos que la parte de la escuadra que hizo caso de las instrucciones de Medina Sidonia fue la que llegó en mejor estado a España, en vez de quedarse haciendo estudios geológicos en los acantilados de Escocia e Irlanda. Y cerramos el paréntesis.
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El Duque de Parma, gran simplificador de planes, él |
A la hora de hablar de la partida de la Armada no nos resistimos a citar la conversación sostenida entre un enviado especial –como un corresponsal, pero con sotana– de Su Santidad Sixto V y uno de los principales capitanes de la Armada. El corresponsal vaticano le preguntó directamente al español si esperaban vencer a los ingleses de encontrárselos en el Canal, y el español respondió que naturalmente. Cuando el religioso le preguntó que cómo estaba tan seguro, el español respondió: "Es muy sencillo... Es de sobra sabido que luchamos por la causa de Dios. Cuando nos enfrentemos con los ingleses, Dios arreglará [...] las cosas para que podamos lanzarnos al abordaje, sea mediante algún fenómeno atmosférico o [...] quitando de alguna manera posibilidades al enemigo. Si llegamos al cuerpo a cuerpo, el valor y el acero españoles [...] asegurarán nuestra victoria. Pero a menos que Dios nos socorra con un milagro, los ingleses, que poseen barcos más rápidos y manejables y muchos más cañones de largo alcance y conocen su ventaja tanto como nosotros, no se acercarán, antes se mantendrán alejados para hacernos polvo con sus culebrinas sin que podamos hacerles demasiado daño. Así pues zarpamos para combatir a Inglaterra en la confiada espera de un milagro". Creemos que sobran las palabras. Para que la moral de victoria fuera aún mayor, cuando la Armada leva anclas y se pone definitivamente en marcha –9 de Mayo de 1588–, se pone a soplar un firme viento de poniente, de forma que no hubo más remedio que volver a echar anclas en el estuario del Tajo y esperar a que soplaran vientos propicios. Como sin duda debió de pensar más de un tripulante, empezaba bien la cosa.
Las condiciones meteorológicas tardaron lo suyo en mejorar, así que la Armada no zarpó definitivamente hasta el 28 de Mayo, comenzando una interesante travesia bordeando la costa gallego portuguesa. Avanzaban a buen ritmo, adaptándose al paso de las naves más lentas. Cuando decimos lentas queremos decir lentas de verdad. Para que se hagan una idea, en 48 horas lograron avanzar ¡15 millas!, o sea, siete millas y media por día. Algo más de trece kilómetros. La verdad es que el tiempo no acompañó demasiado. Vientos contrarios, borrasquillas y calmas fueron la tónica dominante. Hasta el 19 de Junio la Armada no se presentó en la Coruña, ciudad en la que se pretendía repostar. Pues encima se estaban quedando sin agua. Sin duda, llevaban algún gafe a bordo. Eso quedó de sobra demostrado la misma noche del 19 al 20, cuando se levantó la peor tempestad de la temporada –recordemos que estamos hablando de los meses que se supone son los más seguros para la navegación atlántica– y las naves que no habían tenido tiempo de resguardarse en el puerto se desperdigaron a los cuatro vientos. Algunas pudieron resguardarse en otros puertos cercanos, unas cuantas casi llegan hasta el canal de la Mancha, e incluso un par de ellas, con elogiosa premura, llegaron hasta la misma Inglaterra. La cuestión es que entre unas cosas y otras la Armada pasó casi un mes lamiéndose la heridas y pertrechándose en la Coruña antes de hacerse de nuevo a la mar. Habiendo salido de Lisboa a finales de Mayo, a finales de Julio estaban saliendo de la Coruña.
Continúa en: La Felicísima Armada, 2ª parte (efemérides hispánicas, capítulo 2)