Viene de: La Felicísima Armada, 1ª parte (efemérides hispánicas, capítulo 2)
Habíamos dejado a la Felicísima zarpando de la Coruña hacia el 21 de julio del Año de Nuestro Señor de 1588. En esta ocasión el tiempo acompañó bastante, lo suficiente como para que el día 29 la Armada hubiera alcanzado las islas Scilly, justo en la puntita occidental de la Vieja Inglaterra. Allí fueron detectados por los barcos ingleses que patrullaban la entrada al canal, barcos que acudieron, como quien patea un avispero, a dar aviso a la parte de la flota que esperaba a que apareciéramos en Plymouth . Al punto zarparon los ingleses -una cincuentena larga de naves entre galeones reales y barcos privados- y marcharon al encuentro de la Armada. Ésta se había reunido en torno al cabo Lizard para reagruparse antes de internarse en el canal, mientras veían cómo en la costa iban brotando puntitos y más puntitos de luz: las hogueras de vigilancia que avisaban de la llegada del ogro español. Por fin, el día 31, ambas flotas se avistaron. A ninguna le gustó lo que vió. Si los españoles vieron como los barcos ingleses navegaban con una facilidad y una gracia que los suyos ni en sueños podrían alcanzar, estos vieron como la Armada adoptaba su famosa formación de media luna, imponente, fortísima y complicadísima de atacar, con los barcos más poderosos formados en los flancos y aquellos más vulnerables bien protegidos en el centro. Y fue así como ambas flotas se adentraron, siempre a la vista la una de la otra, en el Canal.
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Sir Francis Drake, pirata con la venia real |
A todo esto, aún no hemos hablado nada de la composición final de la Armada. Como hemos visto, los gloriosos delirios teóricos de Santa Cruz no podían ser alcanzados, pero lo cierto es que la flota que definitivamente emprendió la campaña era, cuando menos, aparente. Si no se contaba con los cincuenta galeones que se pidieron inicialmente, al menos había diecinueve que, junto a cuarenta grandes mercantes armados, formaban el grueso operativo. El resto de las naves, hasta alcanzar un total de ciento treinta, eran o naves pequeñas y rápidas, o grandes, lentos y feos mercantes. Naves poco aptas, tanto en un caso como en el otro, para el combate. Y he aquí que, de pronto, nos encontramos con otro de los grandes mitos sobre la Invencible. La enorme armada imperial del imperioso imperio español que se lanza soberbia y arrogante, sobre la pequeña y tímida armada inglesa, apenas formada por cuatro botes de remos con tirachinas. Nones. Lo cierto es que ya a finales del siglo XVI Inglaterra era la primera potencia naval de Europa. En parte -en maldita hora se le ocurrió- gracias al propio Felipe II, que cuando ejerció de marido consorte de esa buena moza que fue -nos guardamos el beneficio de la duda, a juzgar por sus retratos lo dudamos mucho- María Tudor no dejó de recordarles a sus súbditos -no se rían que esto es muy serio- ingleses que su principal defensa estaba en el mar. No sólo era la primera potencia en cantidad, que también. Lo era sobre todo en calidad. Mientras en el continente se seguía pensando que un galeón con grandes castillos a proa y a popa era una cosa fantástica e impresionante que metía mucho miedo, en Inglaterra ya habían descubierto que, los castillos, asustar quizás asustasen. Pero que lo que sin duda hacían era entorpecer. Así que los fueron suprimiento en los galeones de la reina y en buena parte de los mercantes armados privados. Y al final nosotros fuimos a luchar con unos barcos impresionantes y ellos con unos barcos manejables. Adivinen ustedes quién iba mejor preparado. No les daremos pistas.
Eso en lo referente a los barcos. El problema es que también nos superaban en capacidad artillera. De nuevo no sólo en numero -que también- si no sobre todo en calidad. No en vano ya desde Enrique VIII la monarquía inglesa se había dedicado alegremente a ofrecer buenos puestos de trabajo a cuantos fundidores de cañones pudieron encontar. Y allá se fueron unos cuantos en una época en que fundir un buen cañón no era tarea fácil. Además, algún lumbreras pensó que fabricar un tipo de cureña corta, maciza y compacta que permitiera meter el cañón dentro del barco para recargarlo, quizás no fuera mala idea. En España esa idea no se tuvo. Tradicionalmente se ha venido pensando que el mayor ritmo de fuego de los artilleros ingleses se debía sobre todo a una superior instrucción. Sin duda esto es cierto, pero desde los años sesenta la arqueología nos ha echado un cable o dos, y el estudio de los pecios de algunos de los barcos de la Armada ha permitido descubrir que los cañones españoles eran de un tipo algo más primitivo, con cureñas largas que no facilitaban la operación de recarga que, en parte, tenía que hacerse desde el exterior. Si esto no debía ser cómodo en situaciones normales, imaginen al pobre artillero tratando de hacerlo mientras desde enfrente le están zumbando alegremente.
Haremos ahora un pequeño inciso, y volvemos a abrir un paréntesis para hablar de los comandantes de la flota inglesa. Oficialmente, ésta estaba comandada por Lord Howard Effingham, pero como este tipo es bastante gris y aburrido no hablaremos más de él. Además, aunque no tuviera el mando real de la misma, el único comandante inglés que estaba entonces en boca de toda Europa era Sir Francis Drake. Drake, por aquí, Drake, por allá, Drake esto y Drake lo otro. Un personaje curioso, el amigo Drake. Hijo de un clérigo puritano, cuando alcanzó la edad de comenzar a ganarse la vida se fue a hacer las américas con John Hawkins -también interesante personaje- donde se dedicaron a la honrada actividad de vender esclavos guineanos en las posesiones españolas, para lo cual hacía falta un permiso especial del que, al parecer y por esas cosas que tiene la burocracia, carecían. Así que cuando la armada de Nueva España se los encontró frente a San Juan de Ulúa les dió las suyas y las del pulpo, de forma que, de los seis barcos de la expedición, sólo volvieron dos, uno de los cuales era el de Drake. Éste se tomó a mal la estiba que le habían dado y decidió tomarse la revancha, así que se dedicó a piratear alegremente por España y las Indias, y ni reconoció sagrado, ni hubo razón y lugar por su audacia respetado; ni en distiguir se ha parado al castellano del leonés. Desde 1573 se volvió un molesto moscardón que no dejaba de incodiar, con notable regocijo -los grabados con su retrato se vendían como póster de Bisbal- para todos los anti imperialista anti españoles, que eran legión. Incluso dobló el cabo de Hornos para saquear las costas del pacífico, conviertiéndose en el primer ingles que circunvaló el globo. A todo esto, la reina respondía a las reclamaciones españolas según el mejor método británico: haciendo votos de inocencia y arrepentimiento -"te juro, Felipe, que no sabía nada..."- a la vez que colmaba de honores a Drake & cia., participando en sus expediciones como socio capitalista. El último zarpazo antes de lo de la Invencible nos lo había dado el amigo Drake en 1587 cuando, en el afán de entorpecer los preparativos, se dedicó alegremente a saquear impunemente Cádiz. Y ahora nos lo encontramos en Plymouth jugando a los bolos esperando que asómaramos la nariz, o sea la proa de los barcos. Y cerrámos paréntesis.
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Lord Howard Effingham, tan aburrido como su propia foto |
Desde que ambas flotas se encuentran el día 31 de Julio hasta que la Armada fondea en Calais el día 6 de Agosto, tuvieron lugar una serie de combates entre ambas flotas, combates que no relataremos en detalle. En primer lugar por lo farragoso y largo que sería. Pero sobre todo por que, una vez perdido el barlovento -o sea, el segundo o tercer día de navegación por el canal-, todos los enfrentemientos siguieron en lo básico el aburrido y predecible guión que anunciaba la superior capacidad marinera de los barcos ingleses. Básicamente -y permítannos la frivolidad- ambas flotas se dedicaron a bailar una divertida contradanza en la cual, cuando los españoles embestían, los ingleses se retiraban cañoneándolos alegremente y, cuando la Armada intentaba continuar su rumbo hacia el este, los ingleses la perseguían, cañoneándola no menos alegremente. De todas formas las bajas que sufrió la Armada en estos encuentros fueron escasas, en torno al centenar de muertos y algo más de doscientos heridos. Las inglesas no las conocemos con exactitud, pero fueron sensiblemente menores. Respecto a las pérdidas materiales de la Armada, estas fueron de poca importancia -dos barcos- y debidas a accidentes fortuitos -una explosión y un choque, respectivamente- y no debido a la acción enemiga. Las perdidas inglesas fueron, en cambio, nulas.
Y he aquí que, el 6 de Agosto, la Armada fondea en Calais, esperando que el de Parma se digne dar noticias sobre lo avanzados que están sus preparativos, y si se hace a la mar o no de una maldita vez para poder invadir en condiciones y acabar la campaña de una maldita vez. La prisa y la inquietud de Medina Sidonia son comprensibles. Ha llegado al punto más lejano al que puede llegar sin adentrarse en el Mar del Norte, y aún no tiene noticias del ejército al que ha venido a recoger. Además anda corto de provisiones -de nuevo, en especial, de agua- y los ingleses no paran de recibir refuerzos de todas partes, de forma que, por vez primera, le superan no solo en capacidad, si no también en número. Los ingleses tampoco están precisamente contentos. Llevan casi una semana persiguiendo a los españoles, cañonazo va y cañonazo viene -en muchos barcos han tenido ya que reponer la carga de pólvora y municiones-, causándoles pocas bajas y siendo incapaces de detenerles. Y ahora helos aquí, esperando tranquilamente a que llegue el Duque de Parma para comenzar la parte anfibia de la operación. Había que impedirlo, así que se pusieron a estrujarse las meninges y, dados los vientos y la configuración de la costa, decidieron que lo más efectivo sería un ataque con brulotes.
Para todos aquellos que no lo sepan, diremos que un brulote es un barco al que se le carga de cosas inflamables -aún más que el propio barco-, se le prende fuego y se le lanza hacia el enemigo con la aviesa intención de causar incendios en sus barcos. En una época en la que todo -desde la punta de los mástiles a la quilla, pasando por los tripulantes- en los barcos -de madera, recordemos- es inflamable, los brulotes eran una cosa molesta y de muy mal gusto. Los españoles, sabiendo lo pérfidos y traidores y aviesos que eran los ingleses, esperaban algo por el estilo, así que Medina Sidonia había dispuesto una serie de pinazas para que desviaran cualquier brulote que se acercara.
La noche elegida para el ataque fue la del 7 al 8 de Agosto. La receta es simple: cogemos algunos barcos pequeños -ocho, en este caso-, los cargamos de cualquier cosa que pueda arder -casi cualquier cosa, por otra parte- y, aprovechando los vientos y la marea, los dejamos que vayan hacia los barcos enemigos. Encima dejamos -y esto ya es ser retorcido- los cañones cargados, para que se disparen cuando se calienten lo sufieciente. Cuando las pinazas españolas vieron a los brulotes acercándose a la Armada, fueron hacia ellos con encomiable sentido del deber. Los dos primeros fueron desviados de su rumbo sin mayor problema, pero cuando se iba a intentar hacer lo propio con los demás, sus cañones comenzaron a dispararse y se armó un lio tremendo. Al ver que seis brulotes seguían su rumbo, Medina Sidonia disparó para avisar a la Armada. Las órdenes eran levar anclas y cambiar todos de posición, tranquilamente. Solo que, en medio del pánico, cada cual hizo lo que le dió la gana y se armó la de Dios, de forma que los barcos españoles quedaron dispersos a los cuatro vientos. Sólo cinco barcos españoles, entre ellos el del Duque, siguieron el plan original, levaron anclas y se dirigieron un poco al norte del primer fondeadero donde, arriando velas, se dispusieron a hacer frente a la flota inglesa.
Ésta acudió puntual a la cita, lanzándose con toda su potencia -tras los refuerzos recibidos en los últimos días hablamos de unos 150 barcos- contra las naves españolas que, poco a poco, se iban agrupando de nuevo en torno al San Martín, la capitana de la Armada. Si bien las pocas bajas que ambas flotas sufrieron en los combates anteriores se debieron en buena medida a que el cañoneo se produjo desde prudenciales distancias, esta vez los ingleses se dejaron de medias tintas y combatieron de cerca, a distancias no superiores a los 100 mts. Y, ahora sí, la artilleria inglesa pudo emplearse a fondo y la carnicería fue terrible. Aún así, poco a poco, los barcos españoles volvían a adoptar la famosa formación de media luna sin dejar de combatir aunque, literalmente, chorrearan sangre. Y al final se produjo el milagro que los españoles ansiaban desde hacía tanto tiempo, aunque no de la forma esperada. Cuando parecía que nada podría deterner el devastador fuego inglés se levantó una fuerte tormeta que -miren ustedes lo que son las cosas- interrumpió el combate salvando a la Armada de una probable destrucción. De una derrota no, porque derrotados lo estaban totalmente. El encuentro con el Duque de Parma ya era a todas luces imposible, volvían a escasear las provisiones y los mejores barcos habían sufrido demasiados desperfectos como para poder aforntar una nueva batalla con mínimas garantías de sobrevivir. Afortunadamente, esta nueva batalla -aunque los españoles no lo sabían- no podría tener lugar pues el inglés estaba casi sin municiones. Pero se tiró un farol como la catedral de Burgos, y ganó. Viendo que la operación no podía ya llegar a buen fin, y dado que volver a España remontando el canal era inviable, Medina Sidonia tomó la decisión -la única que podía tomar, por otra parte- de volver rodeando la costa escocesa e irlandesa.
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Esquema del escaqueo español por el sur del territorio inglés |
Y aquí fue donde se fraguó el desastre y la leyenda de la Armada. La famosa frase sobre enviar a los barcos a luchar con los hombres y no contra los elementos es, como muchas otras que se han convertido en artículos de fé, falsa. Lo que hizo Felipe cuando le llegaron las noticias del desastre fue dar gracias a Dios por los barcos que se habían salvado y por haberle dado el poder necesario para poder organizar otras armadas como la que acababa de perder. Y respecto al tiempo, si bien es cierto que al principio, como ya vimos, fue muy malo, durante la travesía del canal y la mayor parte de la campaña fue bastante bueno. Incluso la única tormenta realmente importante que se desató resultó providencial, pues salvo a los españoles cuando les estaban dando la del pulpo. Que el viaje de vuelta fue un infierno, como ahora veremos, es cierto. Pero es lo que tiene el Mar del Norte. Que hace viento, llueve y hace frio. Qué cosas pasan.
El 13 de agosto la flota inglesa dejó de perseguir a la española, una vez quedó claro que no tenían más ganas de pelear, a la altura del Firth of Forth (+- 56º N., para que luego digan que nos nos documentamos). La Armada tuvo que decidir qué rumbo tomar: podían intentar reponer víveres en Irlanda, hacerlo en Noruega o seguir de un tirón hacia España. Fue esta última la opción elegida, pese a que en la mayor parte de los barcos apenas quedaban provisiones para un mes de navegación. En los demás, todavía menos. La idea era dar un rodeo amplio por el norte de Escocia evitando acercarse demasiado a esta costa o a la irlandesa, y luego virar al sur. La idea no era mala, y aquellos barcos que, siguiendo al Duque, cumplieron el plan, llegaron sin demasiados cotratiempos -es decir, sin agua ni comida ni fuerzas, y con la mitad de las tripulaciones enfermas o moribundas- a España entre el 23 de Septiembre y principios de Octubre. El problema es que ya desde el principio más y más barcos iban desgajándose del grueso de la Armada. Unos intentaban buscar agua tanto en Escocia como en Irlanda, mientras que otros, tan baqueteados que no podían apenas ser gobernados, simplemente iban a donde el viento les llevase. Generalmente, a las costas de Escocia e Irlanda. La mayor parte de las pérdidas totales de la Armada se produjeron aquí, estrellándose los barcos contra las hermosas costas del lugar -como la Costa de la Muerte, pero peor y con más mala leche-. Miles de marineros y soldados se ahogaron aquí. A otros se les saltó convenientemente la tapa de los sesos cuando no colaboraban y se dejaban robar. De todas formas la brutalidad no fue -y de nuevo nos adentramos en las brumas del mito- la tónica dominante de los irlandeses que por lo general auxiliaron a los españoles y lograron poner a salvo a varios cientos que luego retornarían vía Escocia. Un poco más radical estuvo el Lord Comisario, sir William Fitzwilliam, representante en Irlanda de su Graciosa Majestad, que caritativamente se dedicó a librar de sus sufrimientos a los naúfragos de la invencible mediante el expeditivo y eficaz sistema de ahorcarlos a medida que iban siendo capturados.
Y así es como terminó la epopeya de la Invencible, ilógica campaña que nunca debió llevarse a cabo cuando se hizo, como se hizo ni con los medios con los que se hizo. Las pérdidas españolas fueron terribles, la mitad de los barcos y unos 20000 hombres. Al final -gajes de la historia- los ingleses tampoco se fueron de rositas: aunque sus bajas en combate fueron escasas, una epidemia de tifus desatada al final de la campaña se llevó por delante a unos 7000-8000 marineros. Quizás la mejor alabanza que podemos hacer a nuestros marineros y soldados sea recordar cómo se esforzaron, desde el principio hasta el final, en sacar adelante una empresa en la que muchos de ellos directamente no creían. De los ingleses no diremos nada, que bastante se han alabado ya ellos mismos.