LEPANTO I , la –ahora sí- más Grande Ocasión que Vieron los Siglos.

Si creyeron ustedes que en esta sección íbamos a dejar pasar como si nada el más grande evento del 2005, el magno y maravilloso centenario de la publicación de la más famosa novela de la historia, las aventuras del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, iban muy equivocados. Lo que pasa es que, fieles a nuestra natural modestia y a nuestra particular idiosincrasia –que no tenemos muy claro cual es, pero que sin duda alguna tendremos-, decidimos posponer nuestra modesta aportación a la mitología cervantina, hasta que las aguas de la corriente de literatura en vena que nos invadió el pasado año volvieran un poco a su cauce. Y puesto que esta es una sección de Historia, haremos honor a la memoria de Don Miguel de Cervantes a través de una de las más celebradas efemérides patrias, altísima ocasión en la que nuestro homenajeado se ganó a pulso el sobrenombre de manco de Lepanto. Así que, estimados lectores, cálense el sombrero y busquen un lugar cómodo en esta nuestra común galera, pues nos disponemos a zarpar, rumbo a Levante, buscando dar caza al Turco.


 

LEPANTO I. La –ahora sí- más Grande Ocasión que Vieron los Siglos. Artículo enviado por Le_Baron.

 

1.- De los ahoras y los antes de la Alianza de Civilizaciones.

detalle del cuadro de El Greco, "la liga santa". Todos unidos contra el turco

Es posible, queridos lectores, dadas las sutilezas, ingeniosidades y los maravillosos juegos malabares que nos ofrece a diario la política nacional, que piensen ustedes que el buen rollito que caracteriza actualmente nuestras relaciones con Turquía –ya saben, alianza de civilizaciones, que bonito que es todo, y ese tipo de cosas- ha sido desde siempre lo normal entre ambas naciones. Y lo cierto es que no siempre fue así. Hubo un tiempo en que la Sublime Puerta fue el enemigo público número uno de la diplomacia hispana. Desde principios del siglo XVI hasta bien mediado el XVII hubo un casi continuo estado de guerra entre los imperios español y turco hasta que tanto los unos como los otros decidieron que tenían cosas mejores que hacer que seguir dándose collejas . Desde que el turco hizo su aparición en las costas europeas allá a mediados del siglo XIV se dedicó alegremente a apoderarse de los restos del imperio bizantino –recordemos la conquista de Constantinopla en 1453- y de los pequeños estados balcánicos, llegando a asediar Viena en 1529. En la mar tampoco se estuvieron quietos y comenzaron a apoderarse de todas las posesiones cristianas –fundamentalmente venecianas- que iban encontrando en su camino hacia el mediterráneo central. Fue el ataque turco a Chipre –isla que, para variar, también estaba en manos venecianas- lo que motivó que Su Santidad Pio V decidiera hacer uso del brazo secular de la nave de Pedro para frenar el avance del turco, metiendo baza aquí y allá hasta lograr que se formara una Liga Santa entre varias potencias cristianas, cuyo objetivo sería frenar el avance del infiel otomano.

2.- Sobre la Liga Santa.

Don Juan de Austria, represente de la apostura de la familia real española.

La Santa Liga se crea el 25 de Mayo de 1571. Sus miembros serían el Papado, Venecia, España, algunos pequeños estados italianos (Génova, Saboya…) y los Caballeros de Malta. Duraría inicialmente tres años, prorrogables en caso de ser necesario. Puesto que el principal escenario de batalla iba a ser el mediterráneo, se acordó la creación de una armada combinada, formada por naves de los tres principales miembros (España, Venecia y el papado). Puesto que el mayor contribuyente iba a ser el Guardián Espiritual de Occidente, también sería español el comandante en jefe de la escuadra. Tal honor recayó en Don Juan de Austria, hermano de Felipe II, del que hablaremos posteriormente. Sobre las razones que impulsaron a cada uno de los miembros a formar parte de la Liga, son bastantes obvias: a Venecia el Turco le iba comiendo poco a poco todas las islas que poseía en el mediterráneo oriental, fundamentales para las actividades comerciales de la Señoría . Las razones de Roma también son evidentes: la nave de Pedro no podía dejar de mojar en cualquier salsa que implicara reunir al disperso rebaño de las potencias cristianas para hacer la cruzada contra el turco o contra cualquier otro infiel que fuera menester. Las razones de los Caballeros de Malta no son menos evidentes: si tenemos en cuenta que habían sufrido un durísimo asedio a manos del turco apenas seis años antes, eran los primeros interesados en mantener a los otomanos lo más lejos posible del mediterráneo central. Los pequeños estados italianos que participaron en la liga tenían, los pobretes –y que conste que no dudamos de su entusiasmo-, razones de singular peso: hacían lo que sus “aliados” les decían que hicieran.

Las razones que movieron a la monarquía hispana a formar parte de la Liga son algo más complejas. Sin duda ustedes se preguntarán a santo de qué teníamos que darle estiba a los turcos, con lo lejos que está Turquía. Lo cierto es que a mediados del s. XVI las galeras turcas se movían por todo el mediterráneo como Pedro por su casa y no era raro que hicieran perrerías por el sur de Italia, y deben ustedes recordar que entonces tanto el sur de Italia como Sicilia, eran virreinatos españoles. Por un lado, esto afectaba bastante a nuestro comercio en el mediterráneo. Por otro lado, no olvidemos que en esos años Argel era vasallo de Turquía, y que entre otras muchas cosas maravillosas en Argel había corsarios. Muchos. Corsarios estos –los famosos corsarios berberiscos- que con la peor de las intenciones se dedicaban a piratear aquí, allá y acullá, llegando en sus depredadoras correrías hasta las mismas costas españolas. Como daba la casualidad que en ese mismo años 1571 en España estábamos empeñados en apagar los últimos rescoldos de la rebelión de los moriscos en las Alpujarras, venía a cuento tener a cualquier turco o berberisco lo más lejos posible de nuestras costas, no fuera a avivar de nuevo el zipizape que teníamos organizado en Granada. Y como para chulos nosotros, y como éramos imperialistas y oscurantistas y terribles conquistadores y todas esas cosas bonitas que siempre se han usado para hablar de la España renacentista, decidimos poner más barcos que nadie, y aportar nosotros la mitad de las galeras –y la mitad de los hombres, y de los dineros- que iban a servir en la campaña que se avecinaba.



Continua en: LEPANTO II. De los hombres y las naves que emprendieron, con sacrificado empeño, tan magna empresa.

 

 


 

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