Viene de: LEPANTO I. La –ahora sí- más Grande Ocasión que Vieron los Siglos.
3.- Como combatir en la mar en 10 cómodas lecciones.
Como sin duda ustedes sabrán –y si no, se lo decimos ahora, dando así satisfacción a nuestra reconocida vocación didáctica- la de Lepanto fue una batalla naval. Lo cual quiere decir que se combatió en la mar. En barcos. Si en el Atlántico el más característico barco de guerra era el galeón –como ya vimos cuando hablamos de la Jornada de Inglaterra-, en el Mare Nostrum el protagonista indudable seguía siendo la galera, prolongando así una tradición naval nacida en la noche de los tiempos. Cierto es que las galeras habían cambiado algo desde que eran cóncavas y de negros cascos, o desde que los romanos decidieron dedicarse a hundir barcos cartagineses o a reprimir piratas cilicios. En le Mediterráneo del siglo XVI entendemos por galera un barco de madera impulsado tanto a vela como a remo. Solían contar con dos mástiles –trinquete y mayor- que aparejaban velas latinas, contando con veinticuatro o veinticinco bancos para remeros por banda, siendo lo normal que cada remo –de madera de haya y once metros de largo- fuera manejado por entre tres y cinco remeros. Podemos dividir a estos afortunados operarios en tres categorías: esclavos –mercancía esta muy habitual en la mayor parte de la historia del Mediterráneo-, galeotes y buenas boyas. Si la primera categoría estaba formada generalmente por prisioneros de guerra, la segunda lo estaba por tipos que habían sido condenados por la siempre imparcial justicia real a pagar su deuda con la sociedad apaleando sardinas. En caso de condenas largas era habitual que los reos quedaran libres antes de terminar su condena, por aquello de que solían morirse con cierta facilidad. Los buenas boyas, en cambio, eran tipos que por una razón u otra –generalmente eran esclavos que habían comprado su libertad o galeotes que habían logrado sobrevivir y cumplir sus penas- habían decidido que darle al remo era su vocación en la vida y remaban por un sueldo. Esta interesante chusma(1) era controlada por un cómitre que, junto a algunos ayudantes, se esforzaba en inculcar entre semejante paisanaje el amor al deber y al trabajo bien hecho mediante el tradicionalísimo y eficacísimo sistema de molerles la espalda a latigazos. Viviendo, como vivían, prácticamente encadenados a los remos, en unas condiciones higiénicas menos que precarias –plato fundamental de la dieta de todo galeote que se precie: potaje de habas o garbanzos-, trabajando como animales, no era raro que murieran como chinches.
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Aquí un lector, aquí una galera |
Las galeras no eran lo que llamaríamos naves rápidas –aunque bien gobernadas eran increíblemente maniobrables-, al menos habitualmente. Si bien es cierto que remando a boga arrancada podían alcanzar los 6 nudos, esta velocidad no podía mantenerse más de media hora, de nuevo por otra maldita costumbre de los remeros –poca voluntad ponían, los condenados-: morirse de agotamiento. Lo normal sería una velocidad normal de 2 nudos, aprovechando siempre que fuera posible el impulso del viento. La tripulación solía ser numerosa. Algunos cientos de remeros, algunos marineros y unos cuantos soldados –ciento cuarenta en cada galera cristiana en Lepanto-. Mejor no nos pregunten dónde se metía tanta gente en un barco de apenas cuarenta y cinco metros de eslora, cinco o seis de manga y dos de calado, porque no lo sabemos. Afortunadamente.
El armamento era ligero. Solían estar dotadas con cinco o seis piezas de artillería –fundamentalmente piezas del tipo culebrina- emplazadas en el castillo de proa. Contaban también con un espolón, que también iría emplazado a proa. El sistema normal de combate en una galera sería el siguiente: tras avistar un bajel sospechoso, nos acercamos al malvado enemigo remando como descosidos, les soltamos un sartenazo con los cañones, maniobramos para buscar el mejor ángulo y les ensartamos con el espolón, abordándoles a continuación con la mejor de nuestras sonrisas, repletos de orgullo patriótico y de afición al botín. Si en alguna ocasión que anden ustedes despistados navegando y ven un barco en lontananza y tienen dudas, usen esta receta: si es estrecha, esbelta, y hiede como mil urinarios atascados, no lo duden, es una galera.
4.- Soldadito español, soldadito valiente.
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Ilustración de la batalla de Lepanto, por Gustave Dore |
Como ya vimos anteriormente, al formarse la Santa Liga se acordó que cada uno de los miembros debía participar en la formación de una escuadra que marchase a batirse con la del turco. La potencia que más galeras aportó –ciento nueve- fue Venecia, que a fin de cuentas era la que más se jugaba en el envite. Nosotros aportamos setenta y siete, que sacamos de las escuadras de Nápoles, Sicilia, España y Doria(2); la Santa Sede aportaría doce, tres malta, tres Saboya y otras tantas Génova. Resumiendo, doscientas siete galeras cristianas que iban a enfrentarse a las doscientas veintiuna del turco. Ambas escuadras iban apoyadas por cierto número de naves menores –galeotas, fustas, fragatas, bergantines…- destinadas a labores de apoyo. La escuadra de la Liga contaba también con seis galeazas venecianas, que eran como galeras pero a lo bestia(3), y que jugarían un importante papel en la batalla.
Respecto a las tropas embarcadas, una monarquía como la nuestra, de indudable talante integrador y de clara vocación universal, no podía dejar pasar la oportunidad de liderar –liderazgo natural, no en vano éramos ya entonces el faro espiritual de occidente- tan alta ocasión, así que mandamos más soldados que nadie. A los ocho mil españoles de pura cepa embarcados tendríamos que añadir cinco mil alemanes y cinco mil doscientos italianos pagados por su Católica Majestad. La infantería española se reunió a base de coger compañías de diversos tercios, incluidos algunos de nueva creación. Pero varias banderas se sacaron de los veteranos tercios de Lombardía, Nápoles y Sicilia. O lo que es lo mismo, de la mejor infantería del mundo en ese momento. Venecia aportó cinco mil soldados, Roma otros dos mil, y tres mil tipos más se alistaron voluntariamente como aventureros. Hay gente pa tó.
Como hemos visto, se acordó dotar a cada galera con ciento cuarenta soldados. Esto significó que varias galeras venecianas tuvieron que ser reforzadas con tropas italianas pagadas por España, por mucho que molestara a los capitanes venecianos. Que no tuvieron más remedio que fastidiarse y tragar. En total, cerca de noventa mil cristianos, con un total de mil doscientos cañones, se iban a enfrentar a noventa y cuatro mil turcos, con setecientos cincuenta cañones. Cuando ambas escuadras zarparon la una en busca de la otra, se preparaba la mayor batalla naval desde Actium.
(1).- Dentro de las Lecciones Sobre Etimología de la Revelación, tenemos indicarles que “Chusma”, esta interesante palabra a la que tantas aplicaciones podíamos fácilmente dar, aparece como forma de llamar conjuntamente a los remeros forzados de una galera, dejando al margen a los buenas boyas.
(2).- No nos referimos al famoso Andrea Doria, que llevaba muerto unos cuantos años, si no a su sobrino nieto Gian Andrea, que era tan condottiero y estaba tan al servicio de España como el tío abuelo Andrea..
(3).- Contaban con tres mástiles en vez de dos, el doble de remeros –que apenas podían moverla- y soldados, y veintiocho cañones de diferentes calibres, situados en ambas bandas. Un curioso intento de cruzar una galera con un galeón.
Continua en: LEPANTO III. O de cómo, sin gran quebranto, derrotamos al Turco en Lepanto.