TRAFALGAR (efemérides hispánicas, capítulo 1).

Aprovechando que el próximo día 21 de Octubre se cumplen 200 años de tan magno evento, queremos dedicar este primer capítulo de estas Efemérides a la Más Grande Ocasión que Jamás Vieron los Siglos –incluida en la larga lista de Más Grandes Ocasiones … que acumula la historia patria, en la que no falta el Madrid – Barça de este año o el Madrid- Barça de cualquier otro año- que no es otra que la Batalla de Trafalgar en la cual la Escuadra franco-española se comió una derrota como el sombrero de un picador a manos de la Escuadra británica, siempre muy ducha en eso de tocarnos las narices. Como es posible que Ustedes se pregunten qué hacían nuestros gloriosos marinos junto con los vulgares marinos franceses pegándose con los pérfidos piratas británicos, les haremos una brevísima introducción sobre el particular.

 

 

TRAFALGAR (efemérides hispánicas, capítulo 1) . Artículo enviado por Le_Baron.

 

         Aprovechando que el próximo día 21 de Octubre se cumplen 200 años de tan magno evento, queremos dedicar este primer capítulo de estas Efemérides a la Más Grande Ocasión que Jamás Vieron los Siglos –incluida en la larga lista de Más Grandes Ocasiones … que acumula la historia patria, en la que no falta el Madrid – Barça de este año o el Madrid- Barça de cualquier otro año- que no es otra que la Batalla de Trafalgar en la cual la Escuadra franco-española se comió una derrota como el sombrero de un picador a manos de la Escuadra británica, siempre muy ducha en eso de tocarnos las narices. Como es posible que Ustedes se pregunten qué hacían nuestros gloriosos marinos junto con los vulgares marinos franceses pegándose con los pérfidos piratas británicos, les haremos una brevísima introducción sobre el particular.

        Corriendo el Año del Señor de 1805 la Francia de Bonaparte llevaba unos añitos de nada –aún le quedaban unos cuantos- peleándose con media Europa. El único contrincante al que no lograba nunca apear del ring era la Vieja Inglaterra, que le sacaba bastante provecho a eso de la insularidad y del aquí no me pillas. Deseoso de atraer a su bando al viejo león hispánico, Napoleón hizo un par de trucos sucios de esos que tan bien sabía hacer –por algo era corso- y los ingleses empezaron a piratear un poco más de lo habitual contra nuestros barcos, de forma que el Gobierno de su Católica Majestad –en esencia formado por Manolito Godoy, interesante personaje del que quizás hablemos en otro momento- se remangó los brazos y le declaró la guerra a la Pérfida Albión, guerra que, naturalmente, siendo contra Inglaterra, se libraría fundamentalmente en la mar.

Villeneuve, en pleno mono nicotínico

        Deseoso de invadir Inglaterra Napo maduró un maquiavélico plan: una Escuadra combinada franco-española despistaría a los ingleses y marcharía hacia las Antillas. Después de hacer un poco el salvaje por esos mares, cuando los ingleses anduvieran tras ellos, desandarían el camino como quien no quiere la cosa, llegarían al Canal de la Mancha y, junto a las escuadras francesas allí situadas tomarían el control del canal el tiempo suficiente para que Napo desembarcara en Inglaterra.

        En aquel momento –nos es obligado señalarlo- la Gloriosa Armada Española no era ya lo que había sido no hacía demasiado tiempo. Si Carlos III –que además de Puertas de Alcalá y de fuentes de la Cibeles sabía fabricar barcos como churros- legó a ese espejo de monarcas que fue Carlos IV una Armada moderna y eficiente y arsenales surtidos y preparados, a principios del siglo XIX la cosa había decaído un poco. Lo malo de los barcos es que además de hacerlos luego hay q mantenerlos, y eso cuesta una pasta. Como después de un exhaustivo estudio alguien comprendió que si tenías el feo detalle de sacar los barcos a la mar para que hicieran cosas útiles se les rompían cosas que después había que reparar, se optó por dejarlos languidecer en los puertos. Con lo que además se ahorraban buenos dineros al no tener que pagar a las tripulaciones. Que esa era otra; a la hora de aprestar los navíos había que empezar a buscar tripulantes como locos, pues los marineros profesionales españoles, haciendo un feo ejercicio de insolidaridad muy reprobable, huían del servicio en la Real Armada como de la peste. A fin de cuentas, al Estado se le daba bien lo de reclutar gente; lo de pagarles el sueldo todos los meses ya no tanto, y de lo de pagar pensiones a viudas y huérfanos mejor no hablemos. Así que las tripulaciones se completaban con soldados y artilleros del Ejército, muy duchos y muy profesionales, pero con una ligera tendencia a vomitar a barlovento cada vez que el barco se ponía en marcha. Lo cual, en una campaña marítima, no negarán ustedes que tiene su gracia. Y así de fantásticamente equipada –algunos de los mejores navíos del mundo mal pertrechados y peor tripulados- es como se hizo a la mar la Escuadra Combinada.

La Santísima Trinidad, todavía de buen ver

        La primera parte del plan salió bien; llegaron a las antillas y marearon un poco al inglés en esos mares, pero a la hora de pasar a la segunda las cosas se torcieron. Por alguna razón curiosa –todo el mundo echa la culpa del desaguisado al almirante franchute Villeneuve, así que nosotros no seremos menos- en lugar de llegar al Canal llegaron a Galicia, donde se encontraron, frente a Finisterre, con una escuadra británica al mando del almirante Calder librándose el 22 de Junio la batalla de Finisterre –los nombres de las batallas navales es lo que tiene, que suelen ser de un original que asusta. Gracias al buen tiempo que caracteriza los veranos de la Costa de la Muerte la batalla se libró en medio de una fuerte neblina, de forma que los contendientes apenas se vieron las caras. La Escuadra franco-española estaba dispuesta de la siguiente forma: primero los españoles y después los franceses que según variadas fuentes –todas objetivamente francófobas- apenas entraron en fuego. Al finalizar el día los ingleses corrían hacia el norte después de haber atrapado dos barcos nuestros, y Villenueve, en vez de perseguirlos, puso rumbo a Cádiz –que pillaba de camino- pues al parecer se había quedado sin tabaco y tenía un mono enorme. Concluyendo, quedaron todos bastante cabreados: los ingleses cabreados porque, habiendo luchado 15 barcos suyos contra 20 aliados, solo habían atrapado dos; los españoles cabreados con los franceses por haberse estado masajeando las gónadas sin hacer nada; y los franceses cabreados porque habían estado escuchando cohetes toda la tarde, señal de que había una verbena en alguna parte, y ellos con la maldita niebla se la habían perdido.

       En Agosto la Combinada fondeó en la bahía de Cádiz. Imagínense ustedes el rebote de Napoleón cuando se enteró de que la Escuadra que él esperaba en el Canal estaba en la Tacita de Plata. Después de llamar de todo al bueno de Villeneuve le ordenó que, puesto que estaba donde estaba, pusiera rumbo al Mediterráneo y se diera un garbeo por Italia, a ver si lograba hacer el ridículo lo menos posible. Pero Villeneuve no tenía lo que podríamos llamar prisa y en Octubre seguía en Cádiz. Napo estaba ya un tantico hasta el gorro del patán en cuestión y le ordenó que o zarpaba o le sustituía y le hacía volver a París a rendir cuentas en persona. Entonces a Villeneuve, lo que son las cosas, le entró una prisa bárbara y se puso a organizar la salida. El 19 de Octubre la Combinada se hizo a la vela y zarpó de la bahía de Cádiz.

Esquema de la escabechina (los de rojo éramos nosotros)

        Ambas Escuadras se encontraron el 21 de Octubre a la altura del cabo de Trafalgar. La franco-española estaba formada por 33 navíos de línea incluyendo el que por aquel entonces era el mayor barco de guerra del mundo, el “Santísima Trinidad”, ojito derecho de nuestra Armada. La británica estaba formada por 27 navíos, al mando de Horacio Nelson, uno de los marinos más insufrible, molesta y aburridamente geniales de la historia. Y el niño mimado de la Armada británica. Tras avistarse ambas escuadras comenzaron a adoptar el orden de combate: la combinada formando una línea con rumbo SE, con los navíos españoles y franceses entremezclados –orden sugerido por nuestros gloriosos marinos para evitar que a los franceses se les olvidara que tenían que pelear, como en Finisterre- y los pérfidos piratas británicos en dos columnas, comandadas una por el propio Nelson y la otro por el alm. Collingwood, que se dirigían recto hacia el centro y la retaguardia de la combinada, con la aviesa y traidora intención de partir nuestra línea y batirla luego poquito a poco, como quien no quiere la cosa, aprovechando que los navíos de vanguardia las pasarían canutas a la hora de virar para apoyar a sus compañeros.

        Con esa sagacidad y ese arte tan suyos, Villeneuve se dio cuenta de lo que pretendía el inglés y astutamente ordenó virar en redondo, poniendo rumbo a Cádiz –donde, además, se había vuelto a dejar el tabaco- de forma que –fíjense que obra maestra de arte militar- ahora las columnas inglesas apuntaban…. al nuevo centro y a la nueva retaguardia. No olvidemos que hacer virar a la vez a 33 navíos con desiguales características para la navegación no es lo que llamaríamos tarea fácil, por lo cual la nueva línea franco española, para ponérselo aún más difícil al inglés, tenía una coquetona forma cóncava, con más agujeros que un queso gruyere del tamaño de esos huecos que dejan las tuneladoras del metro. Fue entonces cuando el Niño Bonito de nuestra Armada –también nosotros teníamos uno-, Federico Gravina, solicitó a Villanueva que su división –la que ahora estaba a retaguardia- pudiera actuar independientemente del resto de la escuadra y hacerle alguna perrería al inglés. Gravina había dirigido a nuestra escuadra en lo de Finisterre impidiendo que la cosa fuera aún peor para nosotros, y en la batalla de San Vicente, con una maniobra similar a la que quería hacer hoy, logró que sólo saliéramos derrotados en vez de estupendamente apalizados. Villenueve, en uno de esos sanos ejercicios de envidia que de vez en cuando tienen para nosotros los franceses, y haciendo gala de toda su sabiduría, le denegó el permiso.

 

Nelson, enormemente satisfecho

       La Batalla en sí comenzó en torno a las 12:15 y se desarrolló como sin duda ustedes se imaginan. Los ingleses se fueron colando por entre los agujeros de nuestra línea y, en la honrosa proporción de 2 ó 3 contra uno, fueron rindiendo y capturando los navíos de la Combinada , a pesar de los derroches de valor y mala leche que nos son tan propios en los momentos desesperados –no me rindo porque no me sale de los cojones, y esas cosas- que incluso inspiraron a los franceses que también resistieron lo suyo -“¿rendigme antes que un espagnol? Mon Dieu!”. El momento jocoso de la jornada –siempre lo hay- tuvo lugar cuando el contra almirante francés Dumanoir, que comandaba la nueva vanguardia, se acordó de que Villeneuve se había dejado el tabaco en Cádiz, así que allí se marchó con cuatro navíos, a buscarlo. Resultado final del pifostio: 16 – 0. Como en España las desgracias nunca vienen solas, la misma noche de la batalla se desató un temporal de los de agárrate y no te menees que no solo hundió buena parte de los navíos capturados, si no que también se llevó por delante alguno de los que escaparon cuando iban a ver si repescaban a alguno de los que se llevaban los pérfidos. Segunda nota jocosa: al bueno de Dumanoir lo atraparon en noviembre los ingleses cuando, en su prisa por comprar tabaco, se había pasado Cádiz e iba rumbo a Francia.

        Lo de Trafalgar tuvo otra consecuencia no menos interesante: como nuestra escuadra estaba hecha unos zorros se ordenó aprestar nuevos navíos de los que estaban en los arsenales mediante el expeditivo e hispánico sistema de desmantelar unos para armar otros, de forma que continuó el declinar de nuestra Armada. Dejen que los británicos nos den un par de collejas más, que pasen seis añitos de guerra de Independencia, y ya se figurarán Ustedes la potencia de nuestra Armada cuando tuvimos que hacer frente a la rebelión de las Colonias americanas. Aunque sobre este tema volveremos posteriormente.


 


 

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