Viene de: Saga Tebana (II), Náubolo y el buen gobierno
La visión del monte Ficio era espantosa. Los efluvios putrefactos se extendían por Moabe y alcanzaban a toda la explanada hasta Tebas. En la cima, de guardia, la estampa de La Esfinge coronaba los riscos. Los cabellos ensortijados le caían en bucles por su rostro femenino, ensalzado por los colores ocres de La Tierra, y terminaban en unos hombros felinos, bien torneados, en los que se iniciaban atrás unas magníficas alas y delante un espléndido y rebosante pecho de mujer. Por lo demás era como un león, salvo que su cola se asemejaba a una serpiente.
Sin embargo desde la cima del monte Ficio, hacia el este, la visión de Tebas era magnífica para la mayoría, para cualquiera que no fuera un descendiente de La Tierra. A sus pies se extendía la llanura beocia, rural y fértil. Veía minúsculos huertos de mil colores y pequeños templos tutelares, diseminados entre las anaranjadas tierras de cosecha. Bosques de encinas y olivares se extendían al sur, hasta difuminarse con otros más ribereños que anunciaban, allá lejos, el río Asopo y los altos montes de Citerón y Parnés, una y mil veces hoyados por Dionisos. A Ella le hubiese gustado más un panorama virgen, sin esos arañazos que los hombres prodigaban a La Tierra. A su espalda quedaban las nevadas cimas del Parnaso, en donde moraban las musas, y más allá Delfos. Si bien antes eran zonas muy agradables para ella, cuando Pitón, miembro de la familia, las custodiaba, ahora no lo eran tanto: Apolo se había instalado en el oráculo, matando a su antiguo morador. La mano de los descendientes de Zeus se dejaba ver en este tiempo por doquier, incluyendo la peor de todas, la de los hombres.
Pero lo más impresionante de todo era contemplar desde allí las ciclópeas murallas de Tebas, coronadas por la ciudadela fortificada de Cadmea. Su aguda vista le permitía diferenciar cada inhumano sillar, cada una de las enormes Puertas que daban al oeste. Sus creadores fueron los hermanos Anfión y Zeto, aquellos que usurparon el poder al pequeño Layo, al joven por cuyos pecados estaba ahora Ella ahí. Contaba la historia que en Tebas, al abrigo del reinado de Penteo, dos hermanos descendientes de Posidón y huídos de su región por algún oscuro crimen, progresaron de tal manera que se colocaron muy cercanos al poder. Nicteo y Lico llevaban por nombre. Tanto que a la muerte de Penteo, que no tenía descendencia, tomaron las riendas del gobierno, regentándolo mientras el siguiente en la línea sucesoria cumpliera la mayoria de edad. Este era Lábdaco, hijo de Nicteis y Polidoro y nieto de Cadmo. Gobernaron con mano firme, pero un hecho vino a oscurecer sus vidas, sobre todo la de Nicteo. Tenía éste una hija bellísima, Antíope, y como tal no pasó desapercibida a los ojos de Zeus. El Dios, bajo el disfraz de sátiro, se unió a ella, dejándola en cinta de gemelos. La muchacha, previendo que su embarazo no iba a ser bienvenido en casa, huyó, encontrando algo más que asilo en la persona de Epopeo, rey de Sición. Nicteo, apesadumbrado ante la vergüenza de la que era presa y por el avandono de su hija, se suicidó, no sin antes hacer jurar a su hermano Lico el cumplimiento de su venganza. Lico entonces
promovió una guerra contra Epopeo para recuperar a su sobrina, guerra que ganó capturando la ciudad. Entonces se llevó a Antíope, pero no como sobrina, sino como prisionera. Sucedió que de camino Antíope dio a luz a los gemelos, que fueron allí mismo abandonados por Lico. Una vez en Tebas la muchacha fue vejada y maltratada, y unas firmes cadenas la retenían en un habitáculo oscuro y estrecho. De esa manera trascurrieron los años y Lábdaco creció y ocupó el poder, pero la suerte para Antíope no cambió. Lábdaco murió joven, y volvió a dejar la regencia a Lico mientras que su hijo Layo no cumpliera la mayoría de edad. Mas en un feliz día para Antíope, las cadenas que la custodiaban fueron milagrosamente abiertas, así como la puerta de su celda. De esta manera escapó y se fue directa al lugar en donde sus hijos habían sido abandonados. La esperanza de la madre se vio recompensada, ya que los niños habían sido recogidos por una pareja de cabreros. Cuando los encontró, los hijos no reconocieron a su madre en esa mujer que a sus ojos pasaba por ser una handrajosa loca, y la devolvieron a las autoridades. Así Antíope volvió a estar prisionera, pero al menos sabía que sus hijos crecían sanos y fuertes. Pero los pastores reflexionaron y, atomentados por la suerte de Antíope, contaron la verdad a los gemelos, los cuales partieron a Tebas para rescatar a su madre y vengarla. Como hijos de Zeus eran lo suficientemente poderosos para conseguir sus objetivos, dieron muerte a Lico y a su esposa Dirce, que era quien peor se había portado con Antíope. Los gemelos entonces se hicieron cargo de la ciudad de Tebas, y Layo tuvo que huir. Fue entonces cuando se construyó la muralla de la ciudad baja, cuentan que los enormes bloques de piedras los transportaba Zeto, que había heredado de su divino padre una colosal fuerza, mientras que Anfión, más proclive al intelecto y a la música, los colocaba con las notas emitidas de su lira, regalo de Hermes.
Esa época, aunque reciente, estaba ya olvidada. Ahora Layo había regresado triunfante a ocupar el trono. Y con Él había llegado Ella, Ella que odiaba a los hombres. Con Ella vinieron pavorosas enfermedades, incurables ponzoñas que Ella emitía. Muchos habían perecido ya por esta causa. La única manera de que la ciudad se librara de La Esfinge era solucionar una simple adivinanza. “¿Qué animal transcurre la mañana con cuatro piernas, el mediodía con dos y la tarde con tres, y, cuantas más piernas, menor es su vigor?”. Ella había despeñado ya a unos cuantos pretenciosos que supusieron la respuesta, incluso los había que no habían aceptado el resultado y le habían presentado batalla. A estos los despedazaba, sólo dejando las sandalias en los pies y lo demás irreconocible, así los tebanos únicamente podían reconocer a sus héroes y enterrarles por su calzado.
Y mientras, en la ciudad alta, Layo se propuso conseguir esposa. La elegida fue la joven Yocasta.
Continua en: Saga Tebana (IV), Yocasta