Viene de: Saga Tebana (IV), Yocasta
Él quiso ser un buen gobernante; tiempo ha que había dejado de ser el joven impetuoso que atentó contra la hospitalidad de Pélope. Buscó la mejor esposa posible de entre sus iguales e intentó tener un heredero, sin suerte. La mesura y prudencia de la que hizo gala, los acuerdos comerciales a los que llegó y la diplomacia que ejerció, nada sirvió para que la ciudad viviera mejor, muy al contrario, la aparición de La Esfinge arruinó campos y cosechas, segó la vida de la juventud y creó una ola de miedo que ataba hasta al más valiente. Y todo era culpa suya, culpa de un error pasado, sí, pero error sin expiar. Además, estaba la funesta maldición de Pélope de la que solo se acordó cuando de Yocasta, su joven y sana esposa, no surgía ningún fruto. Apolo fue inmisericorde: “no engendraréis hijos, y si los engendraseis, el fruto engendrado será asesino de su padre y hermano de sus propios hijos”.
La vida de Layo perdió sentido, ni siquiera lo encontró en el vino del cual cada día abusaba más. En aquella fiesta, en aquella noche perdió definitivamente la cabeza. Dioniso le poseyó hasta que se dio cuenta al día siguiente de lo que había consumado. Acudió a los templos, invocó a los dioses adornado de hiedra y portando laureles. Pero la divinidad nada puede ante Las Moiras, que tejen y cortan a escondidas del Olimpo. Así Layo conoció el estado de Yocasta que fue para él como si despertase de un oscuro sueño. –Si los hados lo quisieron, que así sea –se dijo. –Pero nada me impide matarlo.
Y de esta manera el niño fue entregado a un lacayo, a un vil servidor para que lo matara y diera sus despojos a los animales del bosque. Pero, ay, hasta el peor de los humanos puede ser seducido por el llanto de un bebé, hasta el peor de los humanos es incapaz, en determinadas circunstancias, de tamaña tropelía. Largo tiempo reflexionó el criminal con el niño entre sus brazos. Largo tiempo lo observó, le oyó reír y llorar, gemir y balbucear. No pudo levantar el infanticida cuchillo y creyó salvar a su conciencia abandonándolo en el monte Citerón, expuesto a las alimañas y colgado por los pies de la rama de una encina.
Esa misericordia pareció extenderse entre los animales salvajes pues respetaron al niño lo suficiente como para que un pastor que por allí pasara viera la escena y, presto, acudiera a liberar al retoño de sus ataduras. Este cabrero -cuyo nombre no nos ha llegado y que bien lo hubiera merecido- no pertenecía a Tebas, sino que era de Tirinto. Allá regresó, con las cabras y el niño que rápidamente entregó a su soberano, el rey Pólibo, contando al detalle los datos de su encuentro.
Cualquier aprensión que pudo surgir en el ánimo de Pólibo bien se encargó su esposa Mérope de mitigar. Ella, que no había tenido niños que alegraran su vida, al ver a aquella lozana criatura se le rizaron los bellos de puro contento. De su buena salud daba cumplida muestra aquel potente llanto que el bebé emitía, de su carácter hablaba a las claras las sonrisas que prodigaba cuando era arrullado por la reina; solo poseía un defecto, provocado sin duda por las ataduras: tenía los pies inflamados. Pero ni esto generó en Mérope el más mínimo retroceso; es más, para celebrar ese encuentro –como pensaba ella, regalo de algún dios apiadado de sus cuitas- y como perdurable recuerdo de aquel día, le pusieron por nombre Edipo, el de los pies hinchados.
De esta manera creció, como hijo de reyes, él, que en realidad lo era. Pero esto nadie lo sabía, sino que de común se pensaba que era en verdad el fruto de Pólibo y Mérope.
Mas el oficio de correveidile es tan antiguo como el de la hetaira o el de la alcahueta, y los chismes, infundados o no, llegan a todas partes con sus largos brazos. Con esta sospecha Edipo se hizo hombre, con las risas de sus compañeros primero de juegos y luego de armas. En la lucha nadie le superaba pero en chanzas quedaba siempre aparte. El sentimiento que acompañó a Edipo durante toda su vida fue ese, el de quedarse aislado de la realidad, exento de lo que le rodeaba y sin ser consciente de lo que a su alrededor sucedía siendo, como en puridad era, actor principal de todos esos acontecimientos que intentaba vislumbrar y no alcanzaba a comprender.
Por todo ello acudió al Oráculo de Delfos, para entender lo que sucedía. Pero la Pitia es oscura y esquiva, y sus sentencias la mayoría de las veces son tan inteligibles como la vida misma.
Próxima entrega: Saga tebana (VI), el oráculo de Delfos.