Viene de: Saga Tebana (V), El nacimiento de Edipo
Harto ya de ser siempre cuestionado, su seguridad y orgullo le llevó a preparar el viaje hacia el Monte Parnaso. A lomos de su caballo largo tiempo pensó sobre sus padres y su discutido origen. Meditó acerca de aquel borracho que fue el que en última instancia le convenció para tomar el camino del oráculo. Aquel le había gritado que Pólibo y Mérope no eran sus padres, que él era un expósito ajeno a Tirinto. Mala influencia es el vino sin mezclar en los hombres e imprudentes ciertas acusaciones; sin poder contenerse, saltó el joven Edipo a rebanar el cuello del lenguaraz, solo la multitud y las rápidas piernas del beodo impidieron ese derramamiento de sangre. Pero el daño ya estaba hecho y Edipo no tuvo más remedio que limpiar esa afrenta asegurando su linaje.
Que él era alguien especial, no lo ponía en duda; no vacilaba al pensar que era noble, no asomaba la desconfianza al evocar su aguerrido cuerpo y su atrayente figura, en todo semejante a un dios, al igual que tampoco albergaba ninguna incertidumbre respecto a su ascendente aristocrático. Estaba completamente seguro de que la pitonisa de Apolo confirmaría, punto por punto, su parecer.
Andaba en estos pensamientos mientras subía a las primeras elevaciones de La Fócida, se aseguró de ellas cuando llegó al bosque de laureles, a esa foresta que parecía una selva de dafnes agradecidas, al fin, al Sol. Se olvidó de sus cuitas una vez purificado en la Fuente Castalia y refrescado con su cristalina corriente.
Como joven piadoso que era, no se olvidó de sus sacrificios y acudió a los sacerdotes unos días antes y se entrevistó con la vidente, limpio de mácula e inocente de culpa; o, al menos, eso es lo que él creía, pues no solo heredamos la apostura, las riquezas y el buen nombre.
En su turno, y ante la pregunta de Edipo de quiénes eran sus verdaderos padres, la Pitia se negaba a contestar. “Esto es insólito”, clamaban los sacerdotes de Apolo, “el que nunca yerra se opone a responder”. Así las cosas, la adivina profirió unas palabras que eran advertencia:
“Escúchame bien, Edipo, pues Apolo es el que habla:
matarás a tu padre, en funesto encuentro,
y desposarás a la que por madre se te dio.”
No hubo más diálogo. Edipo acudió al lugar en donde las vistas alcanzaban el valle de olivos por el que transcurría el río Pleistos. Largo tiempo pensó en el oráculo y la manera de rehuir a Las Moiras. Lo único que debía evitar era el regreso a Tirinto; era necesario eludir la presencia de sus padres.
Así que se enfundó en una humilde clámide y ocultó del sol su larga cabellera con un petassos. Retomó el viaje de vuelta despacio, como si Crono ya no tuviese apetito, y alargó sus noches acortando los días; en la borrosa línea que separó en aquel tiempo la vigilia del sueño Edipo se reafirmó en su burla al destino.
Y llegó a un cruce de caminos; doblando el monte Kirfis se divisaban, al oeste, el Parnaso, al sureste, el Helicón. El Triodos le supuso la primera elección: camino hacia Tirinto o hacia Tebas. No lo dudó, se alejó de sus orígenes acercándose a su verdadero germen.
La segunda duda le sobrevino cuando se cruzó con una pequeña comitiva. Dos aurigas conducían sendos carros ocupados, al parecer, con otros dos personajes de alcurnia. El primero de los aurigas le gritó que se apartara. Él ni lo valoró, permaneció orgulloso y desafiante, sin moverse un ápice. Cuando el primero de los conductores de carros cargó, lo hizo con una lanza atravesando su cuello. El impacto del carro contra las rocas fue brutal y el pasajero salió despedido, rompiéndose el cuello al caer. En el ataque del segundo se dejó oír una potente exclamación de guerra proferida por el auriga y un nombre que sonaba a lamento en los labios del segundo de los pasajeros:
Náubolo.