SAGA TEBANA (I), Layo y el secuestro de Crisipo.

En la antigüedad griega había delitos que los dioses y los humanos no perdonaban. La falta de hospitalidad no era el menor de ellos. Los castigos que te procuraba el destino tampoco eran despreciables, y merecían tenerse en consideración; en mucha consideración, como digo.

 

SAGA TEBANA (I), Layo y el secuestro de Crisipo. Artículo enviado por Javi.

 

Y eso Layo lo tenía que conocer bien: su primo Penteo cometió la osadía de cerrar las puertas de Tebas, su ciudad, al mismísimo Baco, a su propio primo hermano, negando su culto por parecerle poco cívico. No era el único desplante que recibía el dios en su ciudad materna. Sus tías –entre las cuales destacaba en sus burlas Ágave, madre de Penteo- hicieron pasar a su hermana (madre del dios) por una fresca, negándole en todo momento sus amoríos con Zeus. A Baco le debió parecer que estas cosas pasaban ya el límite de lo permitido. Hizo que sus tías, contagiadas por sus ménades, entraran en trance báquico y despedazaran a Penteo. Mucho se lamentaron cuando comprobaron que, lo que en todo momento creyeron un gorrino, era el hijo de una y sobrino de las otras.

Así que, ante estos precedentes, uno nunca entiende muy bien como no se escarmienta –y es que de estúpidos el Hades está lleno-. El caso es que a Layo, una mala mañana, le tocó salir corriendo de Tebas, ya que poco aprecio le procesaban sus primos, los gemelos Anfión y Zeto, que se habían apoderado del trono por la fuerza. Layo era el legítimo rey, pero su edad hacía imposible su gobierno de la misma manera que era un problema para los usurpadores.

El buen rey Pélope le dio solaz y refugio, tratándole con los honores debidos al huésped. Allí, en la ciudad de Pisa, fue adquiriendo edad, y con la edad despertó en él un ardiente deseo y un amor sin igual. Tratábase del muy joven aun Crisipo, hijo –ilegítimo y preferido- de Pélope y de una ninfa llamada Axíoque. Cada día que pasaba su mente se consumía pensando en el muchacho, y no salió de su asombro cuando Pélope le otorgó el honor de confiarle la educación militar del pequeño. La cercanía hizo lo restante, hasta que se le hizo imposible contener sus emociones.

En breve se celebrarían los juegos Nemesios, y a Pélope se le ocurrió que sería magnífica idea que su hijo pequeño participara en compañía del Labdácida –llamado Layo así por ser hijo de Lábdaco, que dio nombre a toda una genealogía de héroes y reyes tebanos-. Le ofrecieron para participar el mejor carro, uncido con la mejor caballería del reino.

De esta manera abandonaron Pisa y se dirigieron a Nemea. Y como no es lo mismo para el hambriento oler un asado en la lejanía que tenerlo en sus manos, tampoco lo era para Layo –muy grande era su apetito por entonces- sentirse observado en compañía de Crisipo y encerrado, que ahora que disponía de libertad plena y de rápidos corceles para escapar. Mas aun cuando de camino le comunicaron que sus primos, aquellos que le habían usurpado el reino de Tebas, habían pasado a engrosar la fila de clientes de Caronte.

Teniendo en su poder a Crisipo, alejado de Pisa y con el gobierno de Tebas esperándole, Layo se debió creer el más afortunado de los hombres y, en puridad, mimado por los dioses. Así que no se lo pensó dos veces, azuzó a los caballos y escapó. Partió hacia su ciudad natal, al abrigo de su gran muralla –de novísima construcción-, para vivir su aventura de amor con el niño raptado.

Ahora bien, no contó con las contraprestaciones ni con los resultados que tamaña impiedad le podía acarrear. Pélope, viendo impotente como su hijo favorito le era arrancado, lanzó las más terribles maldiciones, adelantándole su funesto sino, que, trascurridos unos años, se encargaría de confirmar el oráculo de Delfos: "No tendrás descendencia, y si la tienes, tu hijo será la causa de tu muerte". Pero eso se verá más adelante.

Tampoco contó con los tejemanejes políticos de la madrastra de Crisipo, causantes a la postre de dramáticos acontecimientos. Hipodamia, que así se llamaba la carcomida esposa de Pélope, tenía dos especies de alimañas por críos, Tiestes y Atreo, que no eran dignos ni de la mirada de su padre, siendo como eran los hijos mayores y legítimos. La mujer estaba convencida de que su esposo haría heredero a su amadísimo Crisipo, y eso no lo podía consentir. Vio entonces –casi a la par que la ocurrencia del secuestro por parte de Layo, que para esto las progenitoras son de reflejos rápidos- la oportunidad de librarse de tan incómodo hijastro, y concibió un horrendo plan. Tan astuta se mostró que, siendo el resultado final tan trágico como excelente para sus planes, nadie se puso de acuerdo en que manos recayó tan execrable crimen.

Todo sucedió en Tebas, cuando más disfrutaba Layo de la compañía de su joven amante –que no gozo correspondido, sino obligado en el muchacho-. El Labdácida ahora disfrutaba de poder y amor, pero aun no había sido adornado con la prudencia –como nunca lo fue, como se verá a lo largo de su vida-. Así que permitió una visita que, adornada de bellos gestos y embaucadoras palabras, no le traería nada bueno. A las puertas de la ciudad se presentó Hipodamia con sus vástagos, implorando cortésmente el paso, pues quería felicitar la dicha del nuevo rey. Layo pensó que ningún mal debía de esperar de esta visita, ya que en la mente de esta mujer –tan sublime en su juventud- lo último que le cabía en la cabeza era el regreso de Crisipo, por razones obvias. De esta manera le permitió la entrada, y la agasajó con grandes muestras de afecto, pues caviló en la necesidad para su ciudad de tenerles por ilustres aliados, ya que a la muerte de Pélope, Tiestes y Atreo heredarían un enorme poder.

El caso es que aquel primer día de celebración de futuros acuerdos, y ante la bruma que el vino otorga a la noche, sucedió que Crisipo apareció agonizante en su tálamo, con una espada mortalmente clavada en su costado. Al adolescente lo único que le dio tiempo a proferir fue la inocencia de su secuestrador. Todo lo demás, por muchas indagaciones que se llevaron a cabo, se quedó en la neblina nocturna de aquel día. Unos juraban a sus conocidos que fue un acto de suicidio, pues el niño añadía a su vergüenza la pérdida de todo futuro. Otros opinaban que, entre la seguridad de las sombras, se colaron en su sueño los hijos de Hipodamia y asestaron el potente golpe. No faltan los que juraban que la mismísima Hipodamia fue la que manejó la espada, iniciando a sus vástagos en la sangre, sangre que les acompañaría el resto de sus vidas; o los que no creyeron ni las últimas
palabras de Crisipo ni los lloros de Layo, acusando a éste del crimen.

Sea como fuere, la muerte de Crisipo marcó el futuro de toda la Hélade, como bien se verá en lo sucesivo.


Continua en: Saga Tebana (II), Náubolo y el buen gobierno

 

 


 

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