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SAGA TEBANA (II), Náubolo y el buen gobierno.

Tebas, la de las siete puertas, atravesaba un período convulso. A Layo le tocaba ahora gobernar la ciudad. Pero la muerte de Crisipo fue un duro golpe para él, y a esto añadía la terrible maldición con la que el padre del muchacho, Pélope, le había marcado por su secuestro. El destino no había hecho nada más que iniciar su terrible andar.[+]



 

SAGA TEBANA (II), Náubolo y el buen gobierno. Artículo enviado por Javi.

 

Viene de: Saga Tebana (I), Layo y el secuestro de Crisipo

Náubolo era, en puridad, un hombre bueno. Crono ya había coronado su cabeza con la blancura propia de la edad, y Atenea le había adornado con la Prudencia y la Sabiduría. Como rey de Tanagra –ciudad próxima a Tebas- fue invitado a la funesta fiesta que celebraba el regreso de Layo. Nada bueno se imaginó cuando vio aparecer a Hipodamia –él, que la había visto en su esplendor, comprendía que, aquel despojo de lo que un día fue una magnífica princesa, nada bueno se traía entre manos- y muchísimo menos tras percatarse de que iba acompañada de sus dos hijos mayores, dos auténticas alimañas. Cuando se desataron los hechos de aquel espantoso crimen no pudo dejar de sentir una compasión paterna hacia Layo. En la celebración se comentaba, de boca en boca, la maldición de la que había sido objeto el Labdácida por parte del padre del muchacho, y si bien deploraba el secuestro de Crisipo, ahora comprendía la pena en la cual Layo estaba sumido: se había jugado la aversión de Pélope y había caído en un terrible destino; y todo por nada, ya que por lo que se jugó su futuro había muerto. Máxime cuando se supo que Hera, al conocer el ataque tan frontal a lo que ella entendía como familia –la homosexualidad y la corrupción de la juventud no entraban, desde luego, en su concepto parental-, envió como castigo a la Esfinge, la cual habría de impedir el libre paso del comercio hacia la ciudad, cobrándose unas cuantas víctimas.

Náubolo fue el primero en prestarle ayuda –a fe que, a partes iguales, tan necesaria para reconfortar a Layo como peligrosa, ya que el trono cadmeo era en esos momentos mirado con ávidos ojos, y el auxilio a un rey que se suponía tan breve nada le convenía diplomáticamente- y seguramente que sin este apoyo, Layo no se habría recuperado.

Pero día a día, y gracias a los buenos consejos de Náubolo, Layo fue tomando con fuerza las riendas del gobierno. El rey de Tanagra siempre le recordaba la historia de la ciudad, para que fuese consciente de la fortaleza y determinación que eran indispensables para el buen soberano: le contaba cómo su bisabuelo Cadmo tuvo que partir de las tierras fenicias de su padre en busca de su hermana Europa.

-Estimado Layo, siempre ten presente a tu bisabuelo Cadmo, comprende sus pesares cuando su hermana Europa fue raptada por el divino Zeus en tierras de Fenicia (ya sabes la historia, transformado en un hermoso y dócil toro blanco) –Aquí su voz siempre adquiría el tono de falsete propio de la comprensión masculina- Recuerda la conmoción que sufrió la familia que, como dignos herederos de Io, tomaron la determinación de partir en su búsqueda. Sabes donde acabó tu bisabuelo, en compañía de unos fieles guerreros, dando tumbos por Tracia y sin rastro de la princesa. Lo único que le quedaba por hacer era encaminarse hacia el sagrado oráculo de Delfos, a ver si allí, efectivamente, le daban algún tipo de pista o respuesta. Como muchas otras veces te he dicho, ante el destino marcado por los humanos, prevalece en todo momento el de los dioses y Cadmo, a sabiendas de estas cosas, decidió hacer caso de la sagrada pitonisa cuando le comunicó que cejara en su búsqueda, que buscara una vaca a la cual reconocería por su soledad, aislada y sin vaquero. A ésta la tendría que seguir y en el lugar donde se tendiera para tomar descanso, allí y no en otro sitio, fundaría una ciudad, una capital de un vasto reino. Bien sabes que esto fue así y no de otra manera, y conoces que al reino se le dio el nombre de Beocia, y que a la ciudadela el de Cadmea, este sagrado espacio dentro de los muros de Tebas. Deberías ser consciente (pues todavía no veo en ti la determinación familiar) de las dificultades y penurias a las que fue expuesto Cadmo y los suyos, pues es de todos conocido cómo para consagrar la ciudad que se disponía a fundar en honor de Atenea, mandó a sus acompañantes a por agua de alguna fuente cercana y, viendo que no regresaban en un tiempo más que prudencial, decidió ir él mismo a comprobar la causa de la tardanza. Eres testigo del dolor que produce la muerte de alguien cercano; así, pues, comprenderás en mayor medida la desolación que se apoderó de Cadmo cuando vio a todos sus hombres muertos a los pies de un manantial que custodiaba un temible dragón (hijo, según algunas lenguas, de Ares). Pero a tu bisabuelo no le dio tiempo a lamentarse por las pérdidas, sino que bastante tuvo con defenderse del terrible ataque del que fue objeto. Esta sangrienta lucha fue la última que protagonizó el reptil. Pero la desolación de Cadmo era pareja (en verdad, mayor) a la tuya. Mas en este momento, lo sabes de sobra, se le apareció Atenea que, con suaves gestos y amables palabras, le apremió para que arrancara los colmillos a la bestia y los plantara, así lo hizo. Yque, al momento, surgieran de la tierra soldados bien armados que empezaron a pelearse entre ellos, no es preciso ya repetírtelo. Únicamente recuerda que cuando tan sólo quedaban en pie los más bravos, Cadmo fue capaz de razonar con ellos y hacerles ver lo fútil de su pelea, ganándoles para su causa, siendo claves para la fundación de la ciudad. A éstos, en nuestros días, les llamamos Espartos, los sembrados, ascendentes en gran medida de la nobleza que a ti te ha tocado, en buena hora, dirigir. Así, como ves, es preciso que se comporte todo buen gobernante, siempre siguiendo el camino debido, mostrándose con fiereza cuando se requiere y con inteligencia cuando es preciso; mas siempre, siempre, observando los dictámenes de los dioses. Gobierna tú ahora, pues, a las familias descendientes de aquellos Espartos y a la tuya propia (que por otro lado, tan vasta es) con el mismo tino y disposición que tuvo el nunca suficientemente honrado Cadmo.

A esta cosas, Layo, siempre prestaba atención y, ya fuera por el tono en las que Náubolo las exponía, ya por la repetición constante de las enseñazas, el caso es que poco a poco en Layo iba creciendo la sensación de que el futuro que le esperaba no tenía por qué ser igual al presente, que sus desgracias no tenían por qué repetirse, que su destino y su maldición –trazadas por un humano- no tenían por qué ser las de los dioses.

Así que se puso a buscar la esposa y la descendencia que aseguraran la línea labdácida, y a gobernar siguiendo los consejos de Náubolo. Layo terminó por pensar que, efectivamente, era un digno sucesor de Cadmo, y como tal, cuidado por los dioses. La maldición que otrora le profiriera Pélope no tenía por qué hacerse realidad, y sus devaneos juveniles con Crisipo pronto se olvidarían, y su muerte.

Por este tiempo llegó a las inmediaciones de la ciudad la anunciada Esfinge, creando auténtico pavor entre la población tebana.

 

Continua en: Saga Tebana (III), La Esfinge y las murallas de Tebas

 

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