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Viene de: Saga Tebana (III), La esfinge y las murallas de Tebas
Yocasta veía amanecer aquel día como el anterior, era así desde hacía ya tiempo. Demasiado. Su aya la tuvo que avisar de todo esto. De cada día de humillación, de cada momento de hastío. Ella tuvo que dejar su muñeca de terracota en el templo mucho antes que otras, a ella le robaron la juventud. La casaron con Layo, que eligió a la bisnieta de su tío abuelo como esposa.
Y total, ¿para qué? No podía tener hijos, eso era un hecho. Los primeros días de su matrimonio fueron los únicos en los que los asuntos conyugales se llevaron a cabo de una manera normal; no ya por deseo –las preferencias de Layo eran otras- sino por alumbrar un heredero. Pero todo fue en vano. Tanto empeño pusieron en este hecho que, al no ver resultados, acudieron al Oráculo de Delfos extrañados, al menos ella, que nada sabía de la maldición que otrora le echase Pélope a su esposo. Bien callado que lo tenía el maldito y bien hacía callar a los que lo sabían.
Ante la atenta mirada de La Esfinge, que moraba próxima a los pasos que conducían al Ónfalos, partieron en busca de una solución. Ante la jocosa mirada de Ella regresaron a Tebas, con una grave advertencia: “no engendraréis hijos, y si los engendraseis, el fruto engendrado será asesino de su padre y hermano de sus propios hijos”.
A partir de entonces la existencia de Yocasta, que hasta ahora había sido tediosa, se hizo inerte. El único que pareció sacar algo positivo de todo ello fue el mismo Layo que, desde ese momento, no tuvo que ver la cara de su esposa cuando desfogaba sus pasiones.
Y de esta forma el devenir de los días caía como una losa en el espíritu de Yocasta. El tiempo se hizo jaula y la acrópolis tumba. Sin ninguna motivación siguió la senda de Hera, rechazando con odio a Afrodita.
Unos días atrás habían acaecido unos esponsales dignos de ser celebrados como en verdad se hicieron. Se había casado Creonte, su hermano, al cual procesaba un amor equiparable al respeto que le tenía. Eran hijos ambos de Meneceo, el nieto de Penteo. Y lo había hecho con Heníoca, una dulce y sensible muchacha. Creonte era famoso por su rectitud, muchos lo comparaban con su bisabuelo. Pero Yocasta le tenía en gran estima y le protegía cuanto podía ya que le infundía pena. Cuando lo reflexionaba no entendía el porqué, se rebanaba los sesos intentando tener una explicación a lo que intuía; no era consciente que lo que veía en Él era un gran peso, un porvenir doloroso y un destino cruel.
Fue un gran día para la ciudad, ya que coincidió con las celebraciones de verano, en las cuales las sacerdotisas de Demeter megalartos bailaban entre las espigas plenas de vida anunciando la inminente recolección de cereales y las primeras lluvias. Toda la ciudad se llenaba de adornos campestres, de motivos vegetales, de figurillas de pan en las fuentes, de cestos votivos. Era de los pocos momentos en los que se olvidaba a La Esfinge.
Aquella noche todos se embriagaron, todos menos ella cuyo corazón tan poco inclinado tenía hacia la alegría. Por eso sintió el mayor de los dolores en su sobriedad cuando Layo laceró su cuerpo, tan borracho que la obligó a la acción que tenían prohibida. Ni siquiera el fiel Náubolo lo pudo impedir.
Habían pasado ya dos noumenia desde aquellos hechos, dos lunas llenas en las que Yocasta no había tenido el período. La odiada Afrodita hacía acto de presencia mientras que Apolo sonreía.
Continua en: Saga Tebana (V), el nacimiento de Edipo
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