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HÉRCULES IX, entre peleas, bodas, infidelidades y violaciones.

Como vimos en el anterior capitulo, Hércules se dirige a Coridón, para cumplir la promesa que hizo en el Hades a Meleagro, para casarse con Deyanira. Pero nada es fácil, mientras que nuestro héroe se había estado pegando con media Grecia a esta muchacha le habían salido pretendientes.[+]




 

HÉRCULES IX, entre peleas, bodas, infidelidades y violaciones. Artículo enviado por Javi .

 

Viene de: HÉRCULES VIII, esclavizado.

Entre los que aspiraban a la mano de tan hermosa princesa había diversos mortales, atraídos por la soltería, dote y belleza de la muchacha, y un dios, el divino Aqueloo, río más caudaloso de toda la Hélade, primogénito de Océano y Tetis y padre de las sirenas y algunas de las ninfas. El Alcida se sumo a esta lista que rápidamente descendió a sólo dos pretendientes, el río y Hércules, por razones más que obvias. Como ninguno de los dos se iba a retirar, lo resovieron a tortazos; así que se dispusieron, el uno contra el otro, en formación pugilística. Dos colosos frente a frente: en uno de los lados, a la defensiva, el río con forma humana, más bien de titán, en el otro Hércules que, poco contemplativo, pasó a la acción haciendo presa en el cuello del atónito Aqueloo que aguantó la envestida como pudo. Pero viendo que la presión de su adversario es tan fuerte como la de un monte, decidió cambiar de forma, algo bastante frecuente en los ríos. Así se cubrió de piel escamosa y, adoptando la fisionomía de reptil, logró zafarse de tan mortal y poco cariñoso abrazo; pero por poco tiempo, pues su cuello quedó, como si fuese un sonajero, otra vez preso de las manos del Alcida al cual le debió divertir volver a pelear con una serpiente como ya hiciera antes siendo aun bebe, o quizá riese pensando en la destrozada Hidra de Lerna. El caso es que al oceánide no le quedó otra que volverse a transformar, esta vez en un grandioso toro. Ha quedado claro que Hércules le tenía bien cogido, y como con toros también tenía rato largo que contar, le agarró de los cuernos y le hundió la testa en la tierra con tal furia que se quedó con uno de los cuernos en la mano. Esto ya fue suficiente para Aqueloo que claudicó suplicando la devolución de tan preciado cuerno, ya que, aun sin forma de toro, el río tiene cornamenta. Hay quien dice que era la mismísima cornucopia lo que fue arrancado, consagrada por las náyades en su cabeza, hay otros que comentan que era tanta la preocupación sentida por su osamenta que le ofreció a Hércules, como rescate por el suyo, aquel otro cuerno de la cabra Amaltea utilizado para alimentar al Zeus niño. Sea como fuere, el río lo recuperó y, con el rabo entre los pies, se zambuyó entre las olas.

Neso con cara de querer y con Deyanira a cuestas

Y de esta manera consiguió la mano de Deyanira y se se casaron. Permaneció en Calidón un tiempo; los calidonios tenían por aquella época algunos problemillas con ciertos vecinos y pidieron ayuda al héroe. Éste no dudo en capitanear una espedición guerrera en contra de los enemigos de la patria de su esposa. Ganó la batalla, claro, y como premio toma a la hija del rey derrotado, de Filas, llamada Astíoque, teniendo con ella un crio más que recibió el nombre de Tlepólemo. Este fue el primer adorno en la cabeza de la recién estrenada esposa. El caso es que allá se estaba tranquilo, Hércules por fin tenía algo de paz. Pero la dicha nunca es completa y en un banquete sucedió una desgracia: el vino sabía fatal, y el Alcida indignadísimo corre a reprender al escanciador. Ya sabemos que palabras pocas, así que le da un tortazo, con tan mala fortuna que le mata. Pese a que es perdonado incluso por el padre del desgraciado, ya que claramente ha sido un triste accidente, Hércules se exilia con su esposa como penitencia.

De camino de nuevo hacia el sur deben atravesar un río, el Eveno, que fluía en esa temporada crecido y violento. En su orilla se encontraba Neso, un centauro que se encargaba de facilitar el paso en su lomo a quien pudiese pagarle la cantidad exigida. Viendo Hércules la imposibilidad de que Deyanira pase el río sin ayuda se la confia a Neso. Pero al centauro le debió parecer poca la paga recibida por trasladar bocado tan apetitoso y, haciendo gala de la lujuria tan poco ajena a los suyos, en cuanto llegó a la otra orilla intenta violar a su porte. ¡Ay Hércules que de lejos lo ve! Como no le da tiempo a llegar antes de la consumación del acto, dispara una de sus flechas que, certera, atraviesa el corazón del centauro.

Neso se ve perdido y, consciente del veneno que la flecha ha introducido en su cuerpo, comunica al objeto de sus funestos deseos perniciosas palabras. La dice que su esposo la seguirá siendo infiel, con embustes la convence de que en un futuro será abandonada y de que su lugar lo ocupará otra. Ante esto la aterrada y tonta mujer le pregunta, a su violador, lo que puede hacer para impedir la fuga conyugal de su esposo, a lo que el centauro responde muy convincente que lo que necesita es recoger parte de la sangre que en esos instantes se está escapando de su cuerpo y guardarlo para el momento en que lo necesite, para usarlo como filtro de amor.

Deyanira, obediente, recupera parte de la sangre y la guarda en un frasquito. Piensa que Hércules ahora sí que será suyo siempre.

Y de esta manera muere el centauro, no sin antes provocar la futura ruina de nuestro héroe como se verá en el siguiente capítulo

 

Continua en: HÉRCULES X: últimas acciones y la apoteosis final.


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