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Viene de: HÉRCULES IX, entre peleas, bodas, infidelidades y violaciones.
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A falta de pan, buena es la pandereta
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Estando así las cosas nada bueno se podía augurar cuando un toro se oye mugir en las proximidades. Hércules ya se veía celebrando un sacrificio con las partes óseas y la grasa del cuadrúpedo y un banquete con las ricas carnes del vacuno como venía siendo costumbre desde que Prometeo engañó con una de sus tretas a Zeus. En un oloroso rastreo, que ya se sabe que el hambre azuza los sentidos, da con el animal, con el toro y con su dueño que no era otro que Tiodamante -rey por aquellos días de los dríopes y padre de Hilas del que nos ocuparemos más adelante
Al hambriento viajero, que pide sustento y que recibe nones de respuesta, se le nubla de sangre el entendimiento ante tal muestra de inhospitalidad y le roba el toro. Tiodamante entonces llama a la lucha a los suyos y regresa con guerreras intenciones, presentando desigual batalla a Hércules. Éste, que le ve venir, a él y a otros muchos, hace una certera valoración de la situación y, sumando mal que bien contendientes, llega a la conclusión que son demasiados para él, así que... arma a su mujer y la lanza a la pelea, con tal fortuna que en un lance de la pelea cuentan que un arma lasciva la rebanó el pecho derecho a la manera de las amazonas. El caso es que poco daño más hicieron, todo lo contrario, lo recibieron. Cuando los dríopes, viéndose de tal manera zurrados, tomaron las de Villadiego, el Alcida la emprende a mamporros con el viejo rey que ya con el primer certero golpe sucumbe.
De esta manera, con la tripa por fin llena, se hospedan –esta vez con altos honores- en el palacio y las tierras del rey Ceix, en Traquis. Desde allí vuelve a dar cera de la buena a los dríopes, que al parecer no habían tenido suficiente, al igual que a los Lápitas y a su jefe Corono, al que mata.
En esta época tiene unas cuantas aventuras que, por repetitivas, resumiremos:
Un hijo de Ares, llamado Cicno, le retó a combate singular. Ya había cascado a un hermanastro, incluso al padre de estos. Huelga decir con estos precedentes que le mató sin mayor esfuerzo.
El rey de Ormenio, Amíntor, no nos cabe duda que faltándole un tornillo, le cortó un buen día el paso y le impidió continuar. Ante esta muestra de estupidez supina, el temerario rey cimentó con su cuerpo el camino al recibir el primer puñetazo.
Arto ya de estas tontunas, decide pasar factura a un enemigo de antaño, de los pocos que le quedaban ya. Se trataba de Eurito, aquel que se la jugó en un concurso de tiro , y de paso capturar a Íole, su hija, haciéndola su concubina. Aliado con otros pueblos de la Hélade desembarca en la isla de Eubea y pone sitio a las murallas de Ecalia. El triunfo es aplastante, Eurito y sus hijos muertos, la ciudad arrasada e Íole hecha prisionera. El campeón dirige sus naves al cabo Ceneo, en el extremo norte de la isla, en donde decide hacer un gran sacrificio a su padre, a Zeus. Pero se ve sucio y con ropas indignas para tal acontecimiento; llama a Licas, su heraldo, y le pide que se dirija a Traquis para comunicar a Deyanira la necesidad de enviarle los mejores ropajes.
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Hércules en el peor momento |
Las noticias vuelan con los protegidos de Hermes, con los heraldos, así que Deyanira no sólo se enteró de las necesidades ornamentales de su marido, sino que también sospechó de las sexuales. Esto la llevó a pensar en el filtro de amor que poseía gracias a Neso , así que, reflexionando acerca de estas cosas, se le ocurrió mandarle efectivamente los mejores ropajes a su marido; eso sí, bien untados con el amoroso potingue de la sangre del centauro. Con ello, pensó, evitaría la, por otra parte inevitable, unión de Hércules con Íole, haciéndole correr de vuelta a sus brazos con ardorosa pasión.
Pero, a veces, las cosas se tuercen como atestigua este caso claro. Lo que en un principio estaba dispuesto para el amor, en trágica muerte se convierte. Hércules, en su dicha por la victoria, se viste con las ropas recién traidas, limpias y radiantes por el cariño de una mujer. En el calor del sacrificio la vestimenta se empieza a pegar al cuerpo, la piel se inicia en un inflexible picor que ora molesta para después arder, que ora quema para después helar hasta la sangre. Están las prendas tan adheridas que al intentar quitarlas lo que se arranca es la piel con ellas. El picor entonces por momentos desaparece y deja paso al más terrible de los dolores. A quien tiene a mano, a Licas, fiel testigo de gran parte de su vida, le arroja por el precipicio del montículo, a las afiladas rocas del mar, entre terribles ayes y lamentos, para seguidamente pedir que le conduzcan a la presencia de la causante de su ruina.
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Hércules ofrece sus armas a Peante |
Hacia Traquis navega, entre convulsiones de dolor, pensando en despedazar a la desconfiada mujer, la culpable de que el veneno de la hidra corra por su organismo . Pero otra vez la rapidez de las noticias le juega otra mala pasada. Deyanira se enteró de lo ocurrido y alimentó la voraz soga con su cuello. Hércules entonces se dirige a las altas cumbres del monte Eta y ordena una pira coronada con su cuerpo. Suplica a los presentes que la prendan. Nadie quiere llevar a cabo la empresa y el alcida se consume en dolores cuando querría hacerlo en fuego. Date que por allí pasara Peante, suerte que tuviera compasiva alma y firme mano. Mano que agarró la tea ardiente para depositarla en la seca pira. Hércules en compensación le dio su arco, su aljaba y sus flechas, instrumentos que tendrían en los brazos del hijo de Peante gloriosa suerte, de Filoctetes.
El fuego entonces consume la parte humana del hijo de Alcmena, su carne mortal. Su parte inmortal es trasladada al Olimpo. Esta Apoteosis le sirve al hijo de Zeus para reconciliarse con su madrastra, con Hera, casándose con la servidora de la arrebatadora ambrosía.
Y de esta manera se convirtió en divino héroe. Y sus gestas fueron cantadas por innumerables aedos, por las madres en las cabeceras del sueño de sus hijos, por los conmovedores poetas de los siglos venideros e, incluso, por nosotros. ¡Que tenemos de rápsodas el corazón lleno!
Pero no podemos dejar aquí la historia de Hércules: en nuestro rápido avance por su vida nos hemos dejado hechos sin narrar, explicaciones por exponer. En otro artículo La Revelación os intentará explicar, en la medida de sus fuerzas, más de este pedazo de bicho.
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