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HÉRCULES II, su locura y las trabajosas diez pruebas, ¿o eran doce?.

En el anterior artículo dejamos a este hijo de Zeus a las puertas de Tebas, en plena adolescencia, enterrando a su padrastro y casándose con Mégara, hija de Creonte, regente de esta ciudad. Muchos acontecimientos le habían ocurrido ya a esa edad, pero sus avatares no habían hecho nada más que empezar. [+]




 

HÉRCULES II, su locura y las trabajosas diez pruebas, ¿o eran doce?. Artículo enviado por Javi .

 

Viene de: HÉRCULES I, concepción y primeras aventuras y heroicidades varias.

        El haber puesto su pecho a disposición de Hércules únicamente ablandó una cosa en Hera, los propios senos. Le seguía aborreciendo. ¡Más aún!

        Y que una diosa te odie no es ninguna broma, ni muchísimo menos, sino que cosa seria es. Tanto que te puede convertir en el peor de los criminales; en un vil asesino, el más abyecto de los hombres. Todo ocurrió de la siguiente manera:

        Hércules, tras honrar la sepultura de su padre putativo y encontrar a una bella y fiel esposa, tuvo tiempos sosegados y felices —esta vez sólo engendró de tres a ocho hijos, niño arriba, niño abajo—. Recibió regalos y parabienes divinos y la vida aparentemente le sonreía. Pero el enemigo le esperaba a la vuelta de la esquina, y llebaba forma de la más terrible de las locuras, imaginen: el héroe castigó a sus hijos y a sus sobrinos en un ataque de furia. Los tomó por adversarios que querían su muerte, pequeños monstruitos armados y con diabólicas ideas. Eran sus bebés, y que albergaran tales ideas contra él, contra su propio padre, le debió enfurecer de tal manera que los echó al fuego -según unos- o los atravesó con sus rápidas flechas -según otros-, impasible ante los lloros de los pequeños y las súplicas de la madre. Pero, como se nos repite en las fuentes, Hércules tenía un inmenso corazón —cosa nada anormal en un tipo de más de dos metros, cuya caja torácica debía de tener la misma anchura que su altura — y cuando la locura pasó y a su alrededor lo único que vio fue sangre, fuego y lágrimas, entendió lo que había realizado.

        Como era de personalidad compleja, acudió de nuevo en busca de expiación a la pitia de Delfos. ¡Maldita la hora!

        La pitia le comunicó que inmediatamente debe ponerse al servicio de su tío Euristeo —sí, aquél que le birló la regna herencia— como penitencia y realizar diez trabajos bajo su supervisión. Tras esto, sería perdonado y divinizado. Hércules, afligido y con ganas de martirizar su cuerpo, se encaminó a Tirinto. Estas labores serán ampliamente cantadas a lo largo de la historia y, como nosotros no somos menos, a continuación se las exponemos:

Hércules, ataviado con su gorro leonino

        El primer trabajo -único, por cierto, que tendrá valor Euristeo en ordenarle personalmente- consistía en traerle la piel del león de Nemea —animal mitológico de cuero impenetrable—. Cuando lo encuentra, le intenta herir con su arco pero las flechas rebotan en el duro tegumento del león. Entonces, por los campos de Nemea, se vio una curiosa imagen: un forzudo cubierto con una piel felina, coronado con unas inmensas fauces y blandiendo a los cuatro vientos una enorme maza sobre su cabeza, que se lanzaba en la persecución de un león no menos grande que él. El animal, ante tal visión, no pudo por menos que echar a correr y entrar en una gruta con dos salidas. El Héroe, ante esa situación, decide tapar una de ellas y entrar para abatirlo a mazazos. Consigue matarlo asfixiándolo con sus brazos. Ahora es cuando tiene el problema: necesita desollar al león, pero la resistencia de su piel es muy grande. Entonces se le ocurrió utilizar las propias garras del monstruo para conseguir el valioso cuero —no está en la leyenda, pero estamos seguros de que Atenea le volvió a ayudar esta vez.

        Triunfante, regresó a Tirinto. Tenía que ser toda una estampa ahora, vestido de león y con los bártulos de otro bajo el brazo; tal es así que Euristeo, cuando lo supo, se metió dentro de una tinaja y no quiso volver a verlo. A partir de ahora será el simpático heraldo Copreo quien se encargue de comunicar a Hércules los siguientes trabajos.

        El segundo de ellos consistía en dar muerte a la espantosa Hidra de Lerna, poseedora de varias cabezas. Le acompaña su querido sobrino Iolao. Para allá va, y a mazazos le va reventando y cortando las cabezas al monstruo; y la hidra, a golpes regenerativos, no sólo recupera las cabezas perdidas, sino que las dobla. Para más dificultad, Hera -que no se ha olvidado del chupón- envía a un cangrejo para que con sus pinzas incordie todo lo que pueda; su premio será la catasterización, oséase, convertirse en toda una constelación, la de Cáncer, que para eso la diosa tenía mano –alguien que es capaz con su leche materna de crear toda una galaxia, qué no hará con un cangrejo- Hércules tiene que recurrir a su sobrino, que le ayuda quemando las partes que su tío va arrancando. De esta manera logra dar muerte a la de múltiples cabezas. Esta aventura traerá fatales consecuencias a la larga como veremos adelante, ya que, aparte de no contarle como trabajo válido pues recibió ayuda, al bruto Álcida no se le ocurre otra idea que impregnar sus flechas de las entrañas de la Hidra y hacerlas venenosas para mortales e inmortales —aquí ni rastro de Atenea.

        El tercero de los trabajos a simple vista parecía sencillo. Consistía en capturar viva a la cierva de Cerinía que, cosa curiosa, siendo cierva, tenía cuernos; que fueran de oro entraba dentro de lo normal. Un año ni más ni menos estuvo intentando darla caza, y es que no la podía herir pues estaba consagrada a Ártemis. Pero, harto ya, decidió descargar una flecha con tan buena puntería que enlazó con ella las rodillas sin tan siquiera lesionarla, dejándola impedida, ya que el dardo actuaba como una esposa. Con ella a cuestas regresó.

        Es el turno ahora del cuarto, funesto y terrible trabajo. No por la tarea en sí, sino porque supuso la muerte de los mejores centauros, cosa que, desde Evohé , como es obvio, sentimos profundamente. Y todo por culpa de un tonel de vino. Aconteció de la siguiente manera:

Nuestro héroe, intercambiando impresiones con la hidra
                         

Llevaba Hércules camino a Erimanto en donde un fiero jabalí asolaba los campos. Estaba situado en la Arcadia, hogar también de los centauros. Uno de ellos, de nombre Folo, único bondadoso entre todos ellos junto con Quirón, le ofreció cama y comida. Pero el olfato del héroe -junto con todas sus demás partes humanas salvo el cerebro- estaba sumamente desarrollado, y debió de oler buen fruto de la vid. Pidió entonces a su anfitrión que le diera a probar aquella maravilla. Folo se lo negó, diciéndole que era propiedad común de todos los centauros. Hércules podía llegar a ser muy persuasivo, así que no le quedó otra al dueño de la casa que abrirlo. Pero ese vino tenía que ser muy especial, pues el resto de sus congéneres también lo olieron y se abalanzaron hacia ese hogar con no muy cordiales intenciones. El Álcida —no lo hemos dicho, pero es que nuestro héroe descendía de Alceo, y de ahí Álcida. Es como si usted que me lee se llama González: eso es que tiene algún Gonzalo de ascendente— bien, pues el Álcida defendióse con sus flechas que, como dijimos, estaban envenenadas. Mató a muchos, y entre ellos, por pura mala suerte, al más grande y sabio de todos, Quirón. Éste era inmortal, pero el envenenamiento no tenía cura; tanto sufría que pidió a Zeus que le dejara morir. Y murió, y Hércules lo lamentó mucho. Hubo otros que escaparon de esta nueva ira y que posteriormente se volverían a cruzar en su camino. El que no se salvó fue el pobre Folo, el que le había dado cobijo. Perdió la vida de una manera un poco estúpida: maravillado como estaba de que una simple flecha causara la muerte de sus compañeros de una manera tan rápida examinó una. La contemplo largo tiempo; por arriba, por abajo, por los lados; la tocó y la volvió a mirar; la volteó y... y se le cayó en el pie. Y se le clavó. Y por supuesto comprobó, punto por punto, los efectos de tan eficaz muerte.

        Tras este capítulo tan triste dio caza entre las nieves al jabalí de Erimanto, completando el cuarto trabajo.

        El quinto y sucesivos ya nos serán contados en otro pequeño articulo.

Continua en: HÉRCULES III, más trabajos y otros interludios

 

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