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HÉRCULES III, trabajos y otros interludios.

Mucho se esforzó en completar las primeras pruebas; ahora nosotros completamos las siguientes: le ayudamos a reconducir ríos, a espantar las aves de cierto lago; si el nos lo pide incluso llegaríamos a pintar un toro de blanco, a embozar a unas yeguas o falsificar un cinturón. Pero él se defiende bien, incluso de nosotros. [+]



 

HÉRCULES III, trabajos y otros interludios. Artículo enviado por Javi .

 

Viene de: HÉRCULES II, su locura y las trabajosas diez pruebas, ¿o eran doce?

        Dejamos a Hércules tras haber realizado el cuarto trabajo, triste por la muerte del centauro Quirón y pensando en lo que le depararía Euristeo en el siguiente. ¿Matar algún gigante, recuperar quizás algún objeto valiosísimo, cojear con más gracia que Hefesto o disparar el arco con más precisión que los hijos de Leto?

        No, no lo sabía. Ni se lo imaginaba:

Vasija representando los establos de Augías
                                                                                                 La orden que recibió fue la de conducir sus pasos a la Élide, a los dominios del rey Augías el cual, ante la cantidad de estiércol que dejaba en los establos su ganado, mugía de espanto. Nuestro honrado héroe los tenía que limpiar en el curso de un día. Debió entonces confundir epítetos y en un error fonético -ya hemos insistido hasta la saciedad en el valor de su inteligencia- lo cambió por el de oneroso héroe (*). Se presentó ante el rey y, engañándolo, le dijo que acudía por iniciativa propia y apostó un porcentaje de los rebaños reales a cambio de limpiar las monumentales cuadras en solo un día. Augías era conocedor de la imposibilidad de la misión y aceptó la apuesta con energía. Hércules entonces desvió el curso de dos ríos –el Alfeo y el Peneo que no eran precisamente arroyos- y, abriendo canales y removiendo tierras, los dirigió hacia los establos. Las violentas corrientes limpiaron hasta la última gota de inmundicia. Mas todo esto le salió mal por partida doble pues, avisado el regente de la Élide que la acción de Hércules era parte de las pruebas, no le quiso pagar la apuesta; y no sólo eso, el trabajo no fue dado por bueno porque había sido ayudado por los dos ríos. Alicaído recobró el buen uso de los epítetos y de regreso mató al centauro Euritión -uno más-, ya que iba a desposar a la fuerza a una bella doncella.

        Le esperaban en Micenas las instrucciones de la sexta prueba: ahuyentar a unas feas aves de un lago llamado Estínfalo. Algunos las presentaban como horribles pájaros con plumas de metal y comedoras de hombres. El lugar era un lodazal y Hércules estaba en un buen brete: no sabía lo que hacer. No podía nadar, porque el barro se lo impedía, ni era capaz de andar por él, ya que se hundía. En la lejanía solamente podía disparar sus certeras flechas; pero las muy ladinas no mostraban su pecho, única parte de su cuerpo desprotegida. Tan desesperado lo veían en el Olimpo que Atenea volvió a descender para prestar su ayuda. Le obsequió con unas castañuelas, una especie de sonajero de bronce, y le dijo: “agítalas con todas tus fuerzas”. Y a ello se puso. Lógicamente un sonido que no es muy agradable en manos de un bebé, imagínense en las de alguien como el Álcida. Las aves, ante el insoportable ruido, iniciaron la huida extendiendo sus alas y, por ende, mostrando pecho. Hércules, ante su oportunidad, mató a muchas y otras huyeron en ligero vuelo.

        El séptimo trabajo consistía en traer vivo al toro blanco que asolaba Creta –bonita historia de amor zoofílico que merecerá nuestra atención en el futuro- Debido a esto no nos detendremos en exceso en comentarlo. Simplemente añadir que tras una dura persecución lo capturó y lo condujo ante Euristeo. Una vez mostrado lo dejó suelto. El bello animal estuvo unos cuantos años campando a sus anchas por el Peloponeso hasta que otro personaje, de nombre Teseo, lo aniquiló.
Hércules, desviando satisfecho el cauce de los ríos.

        Turno ahora del octavo esfuerzo: traer a Micenas a las yeguas de Diomedes, en Tracia. Como ya os imaginaréis muy normales no podían ser. Las habían educado en gastronomía y sólo se alimentaban de los molestos huéspedes de su amo. En el transcurso de este trabajo se entrecruza otra de sus aventuras, la del rey Admeto y su fiel y amante esposa Alcestis que quiso dar su vida por la de su marido. Hércules la salva compartiendo mamporros con La Mismísima Muerte –También merece una atención especial la obra de Eurípides que desarrollaremos en otro momento-. El caso es que llega a los dominios de Diomedes acompañado de un puñado de hombres, entre ellos uno de nombre Abdero, y roba las yeguas. Las conduce donde dejó atracados los barcos pero los súbditos del rey le atacan antes de que pueda partir. Entonces deja a Abdero al cuidado de los cuadrúpedos y hace una gran mortandad de tracios, entre ellos a Diomedes. Regresa a la playa con los despojos del rey para que sirvan de alimento de los equinos; pero la fatalidad ha querido que hayan devorado también al que -doblemente, para su pesar- los había estado alimentando y cuidando durante la batalla. En ese lugar, en su honor, levanta una nueva ciudad a la que llamará Abdera.

        El noveno trabajo giraba en torno a un famoso cinturón, a una mujer bella y a un no menos nombrado pueblo. El cinturón de Hipólita, reina de las amazonas e hija del dios Marte, el cual le dio como obsequio el maravilloso objeto. Y todo por culpa de la envidia y rivalidad femenina, ya que a Admeta, la hija de Euristeo, se le antojó el expuesto adorno. Preocupado tendría que haber partido Hércules -pues en temas femeninos nadie ha salido ileso-, pero, al contrario que hubiera dictado el más elemental sentido común, él parte deseoso de contemplar la legendaria hermosura de la reina. Alegre conduce sus barcos hacia el lugar en el cual pensaba que caería rendida Hipólita ante sus evidentes encantos. Y, efectivamente, así se hubieran desarrollado los hechos de no haber sido por Hera, como a continuación se cuenta: la reina, ante la aparición de las naves en el horizonte, acudió a la playa y fue invitada a negociar con Hércules. Surgió la chispa del amor entre ellos, un sentimiento limpio y puro. Ella, cuando escuchó los motivos de la visita, accedió gustosa a cederle el cinturón, la vestimenta entera y a ella misma. Y podrían haber sido felices, y cuando Hércules se vio llorando ante el cuerpo sin vida de su amada aún se preguntaba como pudo ocurrir lo contrario. Y es que Hera apareció; tal vez esa no fuera su intención, tal vez lo único que buscaba era el fracaso del trabajo, pero se encontró que hizo más daño del que en un principio podía lograr. Disfrazada de amazona se presentó ante las demás, quejumbrosa ante la falta de tacto de los visitantes; y no solo por su rudeza, sino porque retenían a su reina. A ellas no hacía falta azuzarlas en exceso, así que tomaron sus caballos y atacaron los barcos. No se sabe a ciencia cierta, pero según algunos en el fragor de la batalla Hipólita fue muerta, según otros fue el propio Hércules, creyendo en todo momento que es una traición, quien la asesina. Poco más se cuenta. El Álcida, abatido y con lagrimas en los ojos, entrega el cinturón -muy a su pesar- a Admeta.

        Pero de regreso acontece otra de sus más famosas aventuras, la de Hércules en Troya. De cómo acaeció la primera de las conquistas de esta ciudad hablaremos en el siguiente trabajo -nuestro, y de los últimos suyos-: de cómo formó sus columnas, de cómo convenció a Atlas y cómo superó definitivamente a su terrible adversaria, Hera.

(*) Una disimilación muy sencilla. Hércules no fue muy aplicado en la escuela y escribía honrado sin la “h”. Ya tenemos el primer estado: “onrado”, y confundía los participios activos con los pasivos, así onrado y onroso era lo mismo, obtenemos entonces el segundo estado: onroso. A veces no se pronuncia bien la “r” alargando la nasal precedente y nos topamos con el tercer y último estado: onn(e)roso-oneroso.

 

Continua en: HÉRCULES IV, un paréntesis en sus trabajos: la primera guerra de Troya.

 

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