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HÉRCULES IV, un paréntesis en sus trabajos: la primera guerra de Troya.

-Oh diosa, no nos cuentes otra vez la guerra de Troya y la cólera del Pelida Aquiles, aquella que innumerables males causó a los aqueos; canta ahora la ventura del Álcida Hércules y su paso por la ciudad de las altas murallas.

-No seré yo quién os cuente nada acerca de él. Llamo a mi hermana, la que con él comparte nombre, que quizá ella quiera. Miradla, ahí viene con paso firme. [+]



 

HÉRCULES IV, un paréntesis en sus trabajos: la primera guerra de Troya. Artículo enviado por Javi .

 

Viene de: HÉRCULES III, más trabajos y otros interludios

        Terminada la novena prueba, Hércules regresaba triste hacia el Peloponeso. Su periplo le condujo hacia la ciudad de Troya y coincidió con una gran plaga que la ciudad padecía enviada por Apolo. Y por si esto fuera poco, también Posidón prestó una mascota para que de las suyas hiciera; un enorme monstruo que, ayudado por las crecidas que a su vez mandaba el dios de los océanos, asolaba todas las cercanías de la ciudad, devorando rebaños, despistados boyeros y distraídos vaqueros.

Perseo y Andromaca. Algo similar hizo Hércules, pero con menos pelo.

        Esta situación tan incómoda para los habitantes de la Troade se había generado por culpa de su rey, Laomedonte, que no quiso dar el salario convenido a los dos dioses en pago a la construcción de las colosales murallas que actualmente poseía la ciudad. Los reyes, como es sabido, con los súbditos pueden hacer y deshacer a su antojo determinados asuntos y contratos, pero hacerlo con los dioses es “harina de otro costal” y, qué decir tiene, una soberana tontería. A esto -tengan a bien- añadir que uno de aquellos oráculos tan prolíficos por aquellos tiempos –eran como los médicos actuales que, antes de no pillarse los dedos, sugieren la más extrema de las soluciones- había recomendado que la salida de aquel problema era bien sencilla: atar a un risco a la hija de tan perjuro rey para que fuera pasto del enorme bicho acuático.

        Todo esto se encontró nuestro protagonista cuando arribó en tierra asiática. Laomedonte, atento y astuto, pacta con Hércules el rescate de su hija a cambio de unos divinos caballos, regalo de Zeus por otra de sus antiguas y persistentes correrías ardorosas -en este caso con Ganímedes, dulce y joven muchachito, hijo de Tros, abuelo a su vez del indigno rey que en estos momentos regía los destinos de los troyanos-. Nuestro héroe entonces parte en busca del monstruo, y su lucha merecería un capitulo aparte. El caso es que se encuentra al borde de la playa al cetáceo al cual ataca. El inmenso habitante del mar, sorprendido ante tal muestra de temeridad, abre la boca atónito, momento que aprovecha el Álcida para, introduciéndose en sus fauces, alcanzar las entrañas del espanto. Y así, cual Jonás en la ballena, permanece largo tiempo, pero, a diferencia de éste, dando mandobles en vez de rezos y cuchilladas a cambio de oraciones por todas las partes que su largo brazo alcanzaba. Tres días enteros con sus respectivas noches estuvo atizando los intestinos y el estómago de la pobre criatura marina. El cólico en que esto derivó debió de ser muy fuerte, pues el monstruo no pudo más y feneció sin demora. A la antología de imágenes ridículas de nuestro héroe se le sumó entonces la mejor de ellas: imaginen por un momento cómo y por dónde se puede salir de las tripas de tamaño cetáceo (... ...), ¿ya?, pues añadan que Hércules, ante tan monumental esfuerzo, salió sin un solo pelo que le adornará su ahora pulida cabeza.

Imagen de Posidón en piedra, quedándose de ídem ante tanta desgracia familiar.

        Pero si feo salió a rescatar a la princesa, cuyo bello nombre era el de Hesíone, más poco agraciada debía de ser la princesa pues, pese a que le era ofrecida, declinó la oferta; ¡él!, que había yacido con cincuenta hermanas en cincuenta noches seguidas. Derrotada la criatura de Posidón por maña y fuerte brazo, acudió en pos del premio que más le interesaba, los divinos caballos. Pero el traicionero Rey se mostró remiso a darle lo prometido.

        Con estas regresó Hércules a Micenas: sin pelo, sin hermosa heredera y sin yeguas. Pero esta afrenta no se le olvidó; sólo, debido a las prisas que tenía por terminar sus pruebas, lo postergó. Tiempo será el de su venganza, en compañía de otros héroes, en el cual conquistará Troya en la primera de las guerras de esta ciudad. Ahora le dejamos depositando el dichoso cinturón a los pies de Admeta, hija de Euristeo, no sin antes haber dado muerte a unos cuantos personajes en su viaje y haber tocado por enésima vez las narices a Posidón, mandando a mejor vida a su hijo Sarpedón y a sus nietos Polígono y Telégono en sendos encuentros.

 

Continua en: HÉRCULES V, el décimo trabajo por tierras hispanas.

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