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HÉRCULES VI, los dos últimos trabajos.

Conozcamos cómo acaban las doce pruebas de Hércules, conozcamos cómo se bate con el mismísimo Cerbero, conozcamos sus dotes de geógrafo y conozcamos por qué, gracias a Prometeo, a los mapamundi no se les llama “hérculos” en vez de atlas. [+]




 

HÉRCULES VI, los dos últimos trabajos. Artículo enviado por Javi .

 

Viene de: HÉRCULES V, un paréntesis en sus trabajos: la primera guerra de Troya.

        Dos trabajos adicionales, dos pruebas más y conseguiría la anhelada libertad y la imperecedera vida inmortal. Euristeo entonces le comunica la undécima, consistente en que le trajera las doradas manzanas de las Hespérides -léase occidentales-, así llamadas por vivir en el lejano poniente.

        Hércules se pone en camino, pero ni sabe dónde hallarlas ni cómo conseguirlas. Deberá, con su proverbial astucia, indagar todo lo concerniente al asunto y encontrar las pistas que le lleven a finalizar rápidamente la prueba. Por desgracia, todo se lió de mala manera. Vean, sepan cómo ocurrió:

        Lo primero que tiene que averiguar es el paradero de la divinidad acuática Nereo. Se encamina hacia el Equedoro, río próximo, con la esperanza de que algún habitante fluvial lo aconseje. A quien encuentra es a un personaje, hijo de Pirene y el dios de las batallas Ares, llamado Cicno que, lejos de ayudarle, se ríe de él. Hércules intenta poner en marcha sus dotes de persuasión: un par de tortazos. Observando estas cosas desde el Olimpo, el dios de la guerra baja en auxilio de su prole. Los sopapos entre ambos se debieron escuchar hasta en el último rincón de los cielos y Zeus, al oírlos, separa a los contendientes con un imperioso rayo. Viendo que allí no conseguía gran cosa se encamina al río Erídano; las ninfas que lo habitaban, ante el alboroto creado en el anterior, deciden quitarse de encima al Álcida revelándole el paradero de Nereo. Allá, a por él, parte con presteza nuestro héroe. Cuando lo encuentra pone en marcha su segundo momento de persuasión: lo agarra y lo encadena, y no lo suelta hasta que éste no le revela la situación exacta del Jardín de las Hespérides. Como se imaginaba -por el nombre de estas señoritas- habitaban lejos, en los confines de África, en el Atlas.

Atlas, ofreciendo las manzanas a Hércules (y pensando en hacerle el lío)

        Recorriendo fatigosamente los territorios de este continente tiene un fatídico encuentro con un terrible personaje, con Anteo, hijo de La Tierra e invencible en combate, que, a tenor del resultado, tuvo que desarrollarse de la siguiente manera: entablan la lucha y, en un lance de la misma, como dos osos, se abalanzan intentando estrujarse el uno al otro con similar saña. Así, en mortal abrazo, Hércules levanta del suelo a su contrincante. Fue en este momento cuando Anteo emitió su primer grito de horror. No hacía falta ser un zorro para darse cuenta entonces que sin el contacto del cuerpo con su madre La Tierra este personaje sufría y perdía fuerza. Cuando realmente se percató de este hecho puso todas sus fuerzas en un último intento, lo sostuvo sobre la cabeza en vilo y le partió el espinazo. No lo soltó hasta comprobar que estaba bien muerto.

        De esta manera prosiguió su camino, matando de paso, y como era costumbre, a otro hijo de Posidón.

        No nos pregunten cómo, ni el porqué, pero en vez de aparecer ahora en tierras Mauritanas, nuestro monstruo se nos presenta en el Cáucaso. Fíjense qué nociones de geografía aprendió el figura en la escuela. No obstante, tuvo mucha suerte, pues allí se encontró con Prometeo, el filántropo, que estaba pasando el rato ocupado en que una espantosa ave le devorara día tras día, en innumerables años, su hígado que, cada noche, le volvía a surgir. Hércules lo libera y, en agradecimiento por el acto, el hepático le da un consejo para su undécimo trabajo: “no realices tú mismo la labor, sino que de la manera siguiente engaña a mi hermano Atlas, el que sostiene el universo sobre su lomo, y que él mismo recoja las manzanas”.

        Recitando el consejo puntualmente, esta vez sí, llega a los confines occidentales de África, donde halla al gran Atlas. La conversación entre ambos se desarrollaría de la siguiente manera:

—Estimadísimo Atlas, ¡qué gran peso sostienes sobre tu espalda! Apenado me hallo por ti. Yo mientras tanto ando por aquí, de un lado para otro, de aventura en aventura. En estos momentos me dirigía al jardín de las bellas Hespérides, a rescatar unas cuantas manzanas de oro. Pero, como es tanta mi lástima por ti, he pensado que te apetecería hacerlo; mientras, yo sostendría el universo en tu lugar.

—Razón tienes en tus cuitas, ilustre hijo de Zeus, pues muy cansado me encuentro y te agradezco sobremanera el acto que de tu noble corazón surge. Ea pues, ten ahora mi peso que yo, raudo, iré en busca de los dorados frutos.

        Dichas estas cosas, el gigante cumple con su cometido, arranca las manzanas y se las lleva a Hércules. En el camino de vuelta, Atlas empieza a pensar en lo bien que estaría que a los mapas, en vez de por su nombre, se los llamara por el de su benefactor. Con esa idea rondándole la cabeza llega ante el Álcida.

Hércules, con Cerbero encadenado.

—Oh Hércules, caro a los dioses. ¡Qué magnífica estampa la tuya! Naciste, no me cabe duda, para este cometido. Aquí te dejaré pues, sosteniendo la bóveda celeste para imperecedera gloria de tu padre el gran Zeus y para que los artistas de futuras épocas te inmortalicen en tan esforzada postura.

—Sabe, hijo de Jápeto, que precisamente es la inmortalidad lo que busco. Contento me quedo en mi noble cometido; tú ahora disfruta de tu libertad, pues es Hércules en persona quien te libera del castigo de Zeus, como hace unos días hice con tu hermano Prometeo. Pero, ¡aguarda!, haz un descanso en tu nuevo estado y sostenme durante unos instantes el mundo, que, con celeridad, me pondré un almohadón en el espinazo ya que mi espalda no es tan férrea como la tuya.

        Atlas, presa del engaño, le concede esta gracia; tan cegado estaba ante su futuro. Hércules recoge las manzanas y, despidiéndose con hirientes palabras, regresa a Micenas.

        El heraldo Copreo le expone entonces el último de sus trabajos: bajar a los infiernos y traerse de allí al espantoso Cerbero. El Álcida se dirige a una cueva del Peloponeso en donde hay una abertura que conduce al Tártaro. Una vez dentro le da tiempo a rescatar al héroe ateniense Teseo y a entablar negociaciones con Meleagro pactando su futura boda con Deyanira, hermana de éste. Por fin encuentra a Cerbero, terrible perro, guardián del Hades, con tres fieras cabezas, cola de reptil y con numerosas serpientes adosadas al lomo. Hércules se lanza a por él y le rodea el cuello con sus poderosos brazos. El can, al borde de la asfixia, claudica. Es el momento en que el héroe lo conduce al mundo exterior y se lo lleva en ofrenda a Euristeo, cumpliendo la duodécima y, esta vez sí, última prueba.

        Hércules, ya liberado, parte en busca de nuevas aventuras y del cumplimiento de su pacto con Meleagro: sus esponsales con Deyanira.

 

Continua en: HÉRCULES VII, en busca de esposa.

 

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