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Orfeo amansando fieras, tras su visita a Frigia |
Muy pronto viajó, conoció otras culturas, otras formas de vivir. A su paso, cuando cantaba, a veces alegraba su lira -regalo de Apolo y famosa creación de Hermes que, ante semejantes dueños anteriores, de por sí debía de sonar celestial- haciendo que todo aquel que la escuchase no pudiera hacer otra cosa que disfrutar del canto, mientras que en otras ocasiones plañía su instrumento, moviendo a humanos, animales, plantas y piedras al llanto. De sus viajes aprendió dulces consejos para trasmitir, comprendió una nueva visión del universo. Y de esta manera empezó a tener seguidores que perpetuarían sus enseñanzas a lo largo de los siglos, hasta enlazar con Pitágoras en mucho de sus puntos.
A su regreso Orfeo se enamoró de una Ninfa, de la Dríade Eurídice. Si bien su amor era enorme, la mala suerte que padeció fue a la par:
La fatalidad quiso que tras las nupcias, mientras que se alegraba Eurídice en su dicha jugando alegremente, la persiguiera Aristeo en ardiente deseo. Era éste hijo de Apolo y la Ninfa Cirene, y un buen tipo, pero el fuego consumía de tal manera su corazón que se lanzó en su persecución. Cuando los ligeros pies de la Dríade parecían alejarla del peligro se toparon con una dañina culebra que los mordió. El veneno hizo su rápido efecto, y cuando Orfeo acudió sólo pudo llorarla.
Sus sentimientos fueron presa de tal tristeza que no se resignó a perder a su amada y, pertrechado de su lira, acudió a los infiernos para rescatarla de Hades. Ante él y ante su esposa Perséfone se presentó y no hablaba, sino que cantaba. Sus notas eran tan melancólicas que incluso las tristes almas que habitan los infiernos se conmovieron en su dolor, su voz tan desgarrada que provocaba pesadumbre, allá, en el reino de la aflicción. Su plática fue tan envolvente que los inamovibles soberanos de las sombras fueron conducidos a la compasión. Le devolvieron a Eurídice, mas poniendo una condición: Orfeo la guiaría al mundo exterior y la Ninfa le seguiría por detrás, y a una cierta distancia. Él en ningún momento debía de girar la cabeza para verla, de lo contrario regresaría de donde no tendría que partir.
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Orfeo, captado por Rubens, aprovechando la situación para comprobar que todo esta en su sitio. |
La salida estaba al alcance ya de los ojos de Orfeo; pero siente que las fuerzas le fallan, el sentimiento de que su amada no le siga le atenaza todos los miembros, menos el cuello que, con irresponsable fuerza, gira. Para comprobar que ella está allí, mas cada vez más lejos. Lanza sus manos en vano esfuerzo y Eurídice lucha para no ser cogida y coger. Todo en inútil esfuerzo. La Dríade desaparece ante sus ojos, ante los mismos que le han traicionado, los mismos que ahora se llenan de lágrimas de nuevo.
Desde el exterior suplica que le vuelvan a permitir el paso, que todo fue un error. Durante siete días permaneció estático, sin más comida que el aire ni más bebida que sus lágrimas. Su llanto y su canto los recibió la Madre Tierra en su congoja, lo escucharon pájaros que callaron sus trinos, conmovidos quedaron ríos y plantas y hasta las montañas próximas acercaron sus peñas y aceleraron su deshielo. Vano trabajo.
Orfeo regresó a Tracia, en donde rechazó cualquier compañía femenina. Así indujo a los hombres a descubrir el dulce placer de conocerse los unos con los otros, y a los tiernos varones a explorar en el amor adulto y masculino.
Las mujeres le odiaban, sana envidia; y, ya sea por esto, o por glorificar el culto solar, él, tan próximo a Dioniso, un día se encontró siendo despedazado por enloquecidas bacantes, allá en el monte Pangeo, ménades enfurecidas que reclamaban aquello de o con nosotras o con ninguno.
Su cabeza fue a parar al mar, mientras que seguía cantando. Y del mar pasó a Lesbos, en donde las dulces manos de sus tías, las Musas, la recogieron y la dieron sepultura. Su Lira fue catasterizada, formando parte de una de las constelaciones más brillantes. No era para menos.
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