Nada se escapaba del avizor ojo de Zeus. Olía el sexo, lo veía, lo tocaba, lo oía. Todo le era poco, diosas, donceles, princesas y ninfas. Estaba por aquel entonces pasando una mala racha, trabajando mucho y duro rehabilitando bosques. Pero como su cintura desprendía el mismo fuego que provocaban sus relámpagos, no le fue difícil encontrar una comitiva que emanaba la misma electricidad que sus rayos. Y es que por allá pasaba la montaraz compañía de la cazadora Ártemis, la más casta de las diosas. Los lebreles custodiaban las presas recién cobradas, mientras que las doncellas seguían alegres a la divinidad. Pero hete aquí que una de ellas quedó rezagada: era Calisto, hija de Licaón. El verla tan solitaria fue demasiado para el divino tonante que ya se relamía. Allá va, a por ella, a cazar a la cazadora. Mientras la rezagada doncella se distraía con las plantas, y olisqueaba a los saltarines corzos, Zeus meditaba la estrategia a seguir. “Me rechazará”, pensaba, “hizo votos de castidad, como todas sus compañeras. En cuanto me vea gritará y con sus veloces piernas desaparecerá. Y no estoy yo como para correr sin sentido”. Pensaba en esta cosas cuando se le ocurrió tomar la forma de Ártemis, y así, de esta guisa, se presentó ante Calisto.
Al principio Calisto no sospechó nada, pese al inusual fuego que desprendían los ojos de la diosa; tampoco le tuvo que extrañar el hecho de la amenazadora cercanía de sus cuerpos, pues Artemis era ducha en estos juegos. Las caricias hubieron ya de parecerle demasiado ardientes y sus manos rápidas y largas en extremo, y cuando el travestido dios pasó de las pequeñeces a los asuntos propios del amor, ya se hizo evidente el engaño. Pero ahora era tarde para gritar, para correr. Calisto era la misma presa que los ciervos a los cuales, momentos antes, había derribado bajo los certeros disparos de su arco.
Ay, pobre de Calisto, sin honra parte junto a sus compañeras; ay, infeliz, lleva encima la muestra de su pesar. Durante muchos meses lo oculta, sigue correteando con sus compañeras y honrando a su diosa. Mas nunca la dicha es eterna, y un buen día Ártemis decide que toda su comitiva se bañe y purifique en las aguas de un divino río. Ay, desdichada: desnuda evidencia su ingravidez. No hay sitio para ella en la comitiva de la Cazadora, y la echan con duras palabras.
Da a luz entonces al retoño de Zeus, a un bonito niño, a Arcas, el cual será el héroe epónimo de los arcadios y manjar de un fatídico banquete. Pero las desgracias no paran ahí, no: falta Hera. Ay de la celosa Hera, que no podía consentir que la prueba de la infidelidad de su marido se paseara por la tierra. Así que ante ella se presenta y se le ocurre convertirla en un poco atractivo oso, para que no vuelva a gustar a nadie.
Ahora bien, si de cazadora pasó a ser presa poseyendo humana figura, en estos momentos, que era un preciado oso, las posibilidades de ser ensartada habían crecido. De esta manera transcurrieron los años hasta que, bien la misma Ártemis, bien su ya crecido hijo -que nada sabían-, se toparon con ella y prestos se fueron a darle caza. Ya estaba rendida y próxima a ser abatida cuando Zeus, por los viejos tiempos, se apiadó de ella y la subió a los cielos, catasterizándola en la constelación de la Osa mayor.
Pero la venganza de Hera no tenía límites, y clamó ante sus tíos los titanes: a su nodriza, la vieja Metis, y a su ayo, el inmenso Océano. Entre todos deciden impedir a esta constelación el baño purificador. Y ustedes, que pacientemente nos leen, se preguntarán que estupidez es ésa de que las estrellas se bañen. Pero si se fijan, hay grupos de astros que siempre están condenados a permanecer en lo alto del cielo para nunca desaparecer en el horizonte, esto es, para jamás sumergirse en los profundos mares como hace, según vemos cada día, el sol y la luna y la mayoría de estrellas. Se las llama circumpolares, o lo que es lo mismo: que siempre gravitan alrededor del eje polar.
La constelación próxima a la Osa Mayor, llamada el Boyero, se dice que es su hijo Arcas, que como buen pastor cuida de su madre, siempre pendiente de ella. Pero este tema, al igual que su cuerpo como pasto divino en el ya mencionado banquete, merecerá mayor consideración.
Es también cierto, astuto lector, que la otra constelación llamada Osa Menor es Fenice, y no engaño al decir que también era doncella cazadora y seguidora de Artemis, y para nada falto a la verdad cuando aseguro que fue también convertida en plantígrado por los afanes amorosos de Zeus, el figura.