BEETHOVEN I: Nueve sinfonías y el paraíso ganado.

Los que tuvieron la suerte, o tal vez, la mala suerte de conocer a Ludwig van Beethoven en persona, coincidieron en su mayoría que se trataba de una persona extraña, solitario, de costumbres sedentarias, de muy mal genio y por qué no decirlo (si la Real Academia me lo permite) bastante cabrón, mezcla perfecta para un genio.


 

BEETHOVEN I: Nueve sinfonías y el paraíso ganado. Artículo enviado por Universoss.

FICHA TÉCNICA:

OBRA:

Nueve Sinfonías
Una Ópera

Dos Misas
Tres Cantatas
Treinta y dos Sonatas para piano
Cinco Conciertos para piano
Un Concierto para violín
Cuartetos, Oberturas, Obras de Cámara, etc.

Todo sobre música en: DVDgo

Página oficial: www.lvbeethoven.com

 

En este escrito, a manera de homenaje, sólo me centraré en sus Nueve Sinfonías, olvidándome de sus Claros de Luna, de su única ópera, de innumerables piezas para piano geniales y de su magnífico concierto para violín. Pues son sus sinfonías las que desarrollarán su personalidad cambiante, llevada de la angustiosa agresividad casi criminal a la poética melodía, muestra del hombre que sufre y de su delicada sensibilidad. Y si me permitís, os recomiendo para empezar la colección de las sinfonías beetohivenianas dirigidas por Herbert von Barajan.

Este hombre bajito, de tez morena picada de viruelas, la boca con una mueca extraña, de cara achatada a la manera de alguna raza africana, a pesar de que se dice que su abuelo era de origen holandés (de ahí el “van” en el apellido) y con un labio inferior sobresaliente que “provocaba una risa desagradable, violenta y gesticulante”, según la biografía de Moscheles, era el genio de Bonn, nacido en 1770, cuando el estilo barroco daba los últimos estertores. Verle ejecutar su música en el piano no mejoraba su condición, según Klöber que lo describe diciendo “los músculos se le saltaban, sus venas se hinchaban, los ojos salvajes de color cambiante (verdes, azules o grises) se hacían dos veces más terribles”.

Es que Ludwig se transformaba en otra persona cuando componía o tocaba el piano, como un verdadero Míster Hyde y Doctor Jeckill, aunque esta última condición era la que más se le conocía.

Estudioso del instrumento desde pequeño, se presentó por primera vez en público en Köln (Colonia) a los ocho años en un concierto para piano. Su primer maestro fue su padre, Johann van Beethoven, tenor de la corte, y sus primera partituras conseguidas, manuscritas, fueron las de Johann Sebastian Bach, las de Karl Filip Emmanuel Bach (hermano del anterior, más famoso entonces) y las de Muzio Clementi. De ahí la influencia barroca que tuvo en su primera etapa de compositor. Aunque el más grande músico que el pequeño admiraba fue Mozart.

Siguió estudiando y las primeras piezas de su pluma no tardaron en aparecer. Con marcada influencia mozartiana. Hacia 1781, el padre, muy aficionado a la bebida, lo lleva en una gira tempranera por Holanda, pero la misma es un fracaso. En 1786 (algunos autores dicen 1787), se pasa por Viena y pide una entrevista con el genio de Salzburgo, Wolfgang Amadeus Mozart, el gran sueño de su vida del joven músico, al que había compuesto piezas en su honor. Pero se dice que el trato frío y hasta esquivo que recibió del genio austriaco, le quitó la ilusión a Beethoven. Aunque debe decirse también a favor de Mozart dos cosas: había perdido hacía pocos días a su única hermana y no estaba para recibir críos y la otra es que comentó entre sus amigos: “seguid de cerca de ese chico que va a dar que hablar en poco tiempo”. Mozart murió tempranamente en 1791 y no llegó a escuchar en toda su magnitud al genio de Bonn. Ni siquiera vio publicada su Opus 1, que era un Trío para Piano, Violín y Violoncelo. Ludwig escribe poco después de la muerte de su gran ídolo su primera sinfonía que recuerda la gran influencia que poseía de aquel (y también de su otro ídolo y maestro, Franz Haydn).

Otro gran maestro den la historia de la música clásica, No se sabe si el temperamento de Beethoven fue siempre explosivo y desagradable o si su carácter comenzó a cambiar cuando le empezó a aparecerle la cruel enfermedad de la sordera, producto probablemente de una sífilis mal curada. Imaginaos que la sordera en un músico es como la parálisis de una pierna en un corredor de distancia. No obstante, con fundamentos sólidos, el genio alemán siguió componiendo y dedicándose de lleno a lo que más le gustaba hacer: la música.

Al comenzar el nuevo siglo, el músico ya tenía casi totalmente tomada la enfermedad y se ayudaba para oír a través de una cornetilla de metal que le permitía escuchar algunas vibraciones, pero que le daban un aspecto ridículo y humillante, máxime para un pianista. Pronto, ni el grotesco aparato fue suficiente y su personalidad se volvió más esquiva a las relaciones sociales. A su amigo Wegeler le contó alguna vez que contempló la posibilidad del suicidio por aquella penosa situación. No es necesario aclarar lo que significa la sordera para cualquier ser humano: un aislamiento de la percepción del mundo, aumenta en muchos casos la desconfianza y paranoia y, en el caso particular del músico, sufría también de una histeria que le ocasionaba no pocos enfrentamientos con los pocos amigos que le quedaban y sus seres queridos. A cambio, se sumergió aún más en la composición y tardes de tortura y depresión, tal vez, dio como consecuencia “La Tempestad”, Opus 31.)

Trasladado a Viena, con muchísimas piezas para piano, comenzó a trabajar su Segunda Sinfonía, la que quería que fuera perfecta. Hacia 1804 lo logró y puede decirse que no posee sombras desde el punto de vista de la técnica, aunque todavía no es el Beethoven que explotó luego en toda su potencia y calidad, además de tener aún algunos giros mozartianos.

Por aquel tiempo la figura de Napoleón era gigante en toda Europa, y el músico de Bonn, que no era un amante de la aristocracia, aplaudió ferviente la invasión del político francés a Austria. Para la ocasión escribió la Sinfonía Nº 3,“La Heroica”, en su honor. En el segundo movimiento de la sinfonía, escribe su “Marcha Fúnebre”, según dicen, representando un homenaje a los soldados franceses caídos en batalla. Pero una noticia enfurece al músico: el representante de “La República” francesa se erige él mismo en Emperador y escribe una carta a uno de sus amigos: “finalmente Napoleón es un hombre vulgar como todos” y cuando el 7 de abril de 1805 la estrena el nombre de Napoleón ya había sido borrado de la partitura.

Aunque hay muchas discusiones acerca de la heterogeneidad sexual del genio, hay cartas amorosas entre éste y la condesa de Brusnwick, viuda de Deyn. Las diferencias sociales y porque era muy mal visto que la aristocracia se viera mezclada con el vulgo, lo único que pudo rescatar Ludwig de aquella relación es su inspirada ópera “Leonore”, que más tarde cambió al nombre de “Fidelio”, única ópera conocida por el compositor. Fue estrenada el 20 de noviembre de 1805 en Viena, pero la poca concurrencia que la vio fueron unos pocos soldados franceses de Napoleón, instalados en la capital austriaca.

En 1806 escribe su Cuarta Sinfonía, Opus 60, donde ya está totalmente desprendido de las influencias de otros autores y comienza a verse el Beethoven propiamente dicho. En una obra tal vez no tan conocida como la “La Heroica (Tercera)” o como las posteriores, la Cuarta muestra a un compositor talentoso, ya metido de lleno en la corriente del Romanticismo que recorrió precursor. Sin perder la frescura de las anteriores, la Cuarta es poco ejecutada en la actualidad tal vez por lo exigente que es el Finale para fagot.

Hacia 1808, trabajó una pieza donde sólo cuatro notas principales fueran lo que denominaba “la llamada del destino”. Estas cuatro notas repetidas y variadas durante todo el primero movimiento fue nada más y nada menos que la Quinta Sinfonía Opus 67, tan reconocida en la actualidad. La Quinta posee una fuerza arrolladora, muy habitual en la obra de Beethoven que se nota desde el inicio hasta el final cuarto movimiento (Allegro).

Hacia ese mismo año, y con el número de registro siguiente, esto es el Opus 68, trabaja una de sus más ambiciosas sinfonías, la Sexta, dedicada al príncipe Lobkowitz y al conde Rasumovsky. Para un iniciado en música clásica que oyera la Quinta y la Sexta sinfonías podría llegar a considerarque se tratan de compositores diferentes. De admitir por los giros y variaciones explosivas que es el genio de Bonn, podría creer entonces de que se trata de dos períodos alejados uno del otro del compositor. La realidad es que ambas sinfonías fueron trabajadas casi en paralelo y publicadas y estrenadas en el mismo año de 1808. Y es que en el fondo tienen puntos en común. Mientras la Quinta posee una enorme riqueza espiritual y descripción de los sentimientos más profundos del autor, donde muestra la violencia y lo ciclotímico de su personalidad desnudándose al máximo, la Sexta es una música descriptiva del lugar físico, no escasa de contenidos poéticos y lirismo. Beethoven rinde en la Sexta Sinfonía un homenaje a la Naturaleza, que como él, posee sus cosas buenas y su temperamento. La importancia que le dio Ludwig a esta sinfonía está dada porque es la única que tiene cinco movimientos a la vez que cada uno de ellos tiene un título descriptivo.

Descripción de la Sexta Sinfonía, Opus 68 “Pastoral”:

1er. Movimiento: Despertar de apacibles sentimientos al llegar al campo (Allegro ma non troppo). Aunque el título es descriptivo en todos sus sentidos, puede decirse que se intenta expresar la exaltación provocada por el hombre al contacto con la Naturaleza y el sentimiento de euforia que lo invade.

2do. Movimiento Escena junto al arroyo (Andante molto mosso). Si bien parte de la obra fue escrita en los bosques de Viena, Beethoven recuerda con alegría sus años de la infancia, cerca de los bosques alemanes (la Selva Negra). Los violines describen las aguas de un arroyo que pasa ante los ojos del compositor y hasta se puede oír el cantar de un cuclillo y el trino de los pájaros. (los instrumentos musicales tienen notas propias imitando a las diferentes aves que ven los ojos de Beethoven: la flauta es el ruiseñor, el oboe la codorniz, el clarinete es el cuco, etc.).

3er. Movimiento: Animada reunión de campesinos, en Allegro. En algunas partituras figura como “Fiesta en la Aldea” y el compositor describe el movimiento rural de las afueras de Viena que él fue descubriendo paso a paso con sus ojos y nos la cuenta melodía a melodía.

Beethoven decide no separar, es decir, no otorgarle el don del silencio al final del tercer movimiento con el comienzo del cuarto, aunque sí el que lo escucha puede notar los cambios, como quien va al bosque y de repente lo sorprende una estrepitosa tormenta.

4to. Movimiento. Truenos y tempestad. (Allegro). Precisamente es lo que quiere describir este genio en sus compases: el hombre que va al bosque, se maravilla con la naturaleza, se mezcla con sus gentes y de repente, el cielo se pone negro, magistralmente descrito en los fagots y los graves de cuerda (contrabajos), luego expresada colosalmente con los trombones y los timbales (al que Beethoven le daba un gusto increíble). Un allegro dramático expresa el peligro con la participación primero de los violonchelos y luego con tutti nos hace estremecer del peligro. Como curiosidad de este movimiento señalemos que Walt Disney ilustró esta parte en uno de las partes de su película Fantasía.

5to. Movimiento. El canto del pastor. (Allegretto). O “Himno de los Pastores”, según la traducción. Beethoven decide también no aplicarle las pausas de los segmentos sinfónicos a este movimiento y así quedan los tres últimos fundidos en uno solo. Pero la audiencia nota los sonidos más pausados. La tormenta comienza a amainar y da lugar a la salida del sol nuevamente. Luego de la tormenta siempre viene la calma y los cuclillos vuelven a cantar. Beethoven expresa toda su poesía en este movimiento, demostrando que no sólo es capaz de ser tormentosa su personalidad, sino de una sensibilidad exquisita, al borde la lágrima. Se describe el sentimiento de alegría y agradecimiento después de la tempestad. Un clarinete furtivo da paso a los violines y las primeras notas salen a manera de himno para dar lugar a la belleza y la grandiosidad de los últimos momentos nocturnos y dar paso a la aparición nuevamente de la luz del sol.

Es muy probable que Beethoven haya quedado muy satisfecho con la terminación de esta Sexta Sinfonía, la más ambicioso al momento del autor. Olvidada en un rincón la Quinta, la menos mencionada en la época (la más famosa hoy en día), el compositor inscribió ambas el mismo día, señal sus números de opus (obras o trabajos) de inscripción continuos. Entonces sólo faltaba presentarlas en sociedad. Él mismo dispondría de la organización y de la ejecución de sus obras maestras. Para tan importante evento, Ludwig preparó la orquesta sinfónica conocida, un teatro de renombre en Viena y se le avisó a un público ávido de buenos sonidos. Pero como la perfección no existe, aun en Beethoven, algo salió mal. Lo lógico. Lo evidente. El músico, ganado por una sordera irreversible no fue capaz de seguir con su batuta los compases de la orquesta. Por momentos éstos se confundieron, algunos dejaron de tocar y Beethoven no fue capaz de darse cuenta, que seguía sacudiendo sus manos a diestra y siniestra. Esto ocasionó la risa general y lo que debió ser una jornada de gala se transformó en una burla general de la cruel audiencia.

Caído en una profunda depresión, sólo siguió componiendo, pero lejos de intentar acercarse a un escenario. Desde la Sexta a la Séptima Sinfonía, se debió esperar cinco años.

Ángel Mario Fernández (Universoss)

 

Continua en: Beethoven II

 

 


 

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