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IMÁN DE MUJER.

En YOUTUBE.COM, no muy buena calidad, por cierto (toda la calidad parece habérsela quedado el texto, el poema): [+]



 

IMÁN DE MUJER. Artículo enviado por Angelcaído.

FICHA TÉCNICA:

Del album Alevosía (1995)

1. Alevosía
2. Imán de mujer
3. Dear Peter o (Te debo esta canción)
4. Hoy, ahora, ya
5. Tercera noche
6. Hemingway delira
7. Mojándolo todo
8. Besos como balas
9. Invisible

10. Arrebato
11. Tiro por la culata
12. Querencia

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“Hoy tengo un día de ésos en que mandaría todo a hacer puñetas,
incluso firmaría con placer el acta de mi rendición.
Diría adiós a todo eso como Graves o, incluso, en plan asceta,
me subiría a una columna en el desierto como San Simón.

 

O, como Onetti, acaso intentaría no dejar jamás el lecho,
o pillaría el primer vuelo al Himalaya para hacerme zen.
Pero, maldita sea, cómo dar el salto de lo dicho a lo hecho,
contigo, ahí desnuda, repitiéndome: "amor mío, ven, ven, ven...".

Sólo por ti sigo aquí, imán de mujer, imán de mujer...
me voy a perder pero sin salir de ti.

Que el mundo fue y será una porquería ya lo dijo Enrique Santos,
y hoy tengo un día de ésos en que sufro toda esa poesía cruel;
aunque me temo que yo mismo soy quien me produzco más espanto
al verme comprendiendo las razones de Caín matando a Abel.

Me fugaría a Transilvania para convertirme en un vampiro,
para no ver tras el espejo al bicho infame que dice ser yo.
Pero me abrazas y, aun sabiendo que tus brazos son un mal retiro,
me tiro a tus infiernos donde habita el diablo que te recreó.

Sólo por ti sigo aquí, imán de mujer, imán de mujer...
me voy a perder pero sin salir de ti.”

Luis Eduardo Aute,
Imán de mujer
(Alevosía, 1995)

Me ha dicho, no se lo digas a nadie, que no salga de aquí, que quede entre nosotros... pero me ha dicho que hoy se rendiría, que bajaría la pica, que doblaría la rodilla, que daría su brazo a torcer; me ha dicho que hoy agacharía la cabeza, humillaría y tiraría la toalla; que ya no aguanta más, que no puede con esto, que la mañana de hoy le parece igual que la de ayer, que el día actual no le recuerda a un bosque de horas por explorar, o a un folio en blanco que manchar con líneas oblicuas.

Fíjate si ha dicho, que hasta estaría dispuesto a tumbarse, como Robert Graves, con un sombrero y una legión de mitos griegos a sus espaldas, a una homérica isla balear, sin más oficio ni beneficio que el pasar de las horas.

Se subiría a una columna, como un asceta, como San Simón, alimentado tan sólo por insectos y mieles, como los profetas antiguotestamentarios, y sin importarle además si eso sienta precedente, ley o moral. No es que quiera convertirse en ejemplo de virtud, no, no lo haría para que lo adoraran, lo mitificaran o lo alzaran a ningún tipo de altar.

Es más, es de la opinión de que, al estilo del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, lo mejor sería convertirse en un tumbado, es decir: pasar a formar parte de esa raza de gente que, en un repente, adopta la posición horizontal y decide no levantarse más de la cama, bien porque ya lo ha visto todo, bien porque lo que le queda por ver no despierta su interés o despierta su asco.

Está irreconocible, mujer ―sí, te lo digo a ti, lectora―, con ideas locas que hablan de largarse lejos, al ático del mundo, allá donde se cruzan el Nepal y el Tibet, al mismísimo Himalaya, en busca de abrazar la filosofía zen, y qué te voy a decir que tú no sepas: no hay peor cosa que un zen fuera de un almacén. ¿Alma zen? ¿Almacén? Está hecho un lío, para qué te lo voy a negar.

Anda por ahí diciendo que tenía razón Enrique Santos Discépolo, el del tango Cambalache, que decía: “que el mundo fue y será una porquería ya lo sé... (¡En el quinientos seis y en el dos mil también!)”. Como si no lo supiéramos, como si no lo tuviéramos superado a estas alturas, ¿no crees, mujer?

Yo no consigo hacerlo entrar en razón. Dice que sufre la poesía, que le duele el verso, que incluso llega a comprender, dios nos asista, que alcanza, entiende, asume las razones del Caín asesinando al bueno de Abel. ¡Va en contra de todo, de todos, no entiende reglas ni ética ninguna!

Y canta por las esquinas, por las calles, ¡incluso lo he visto subido a un escenario, con unos tipos como sombras, fumando tranquilamente y canturreándose, regodeado dentro de una camisa roja!, proclamando, quijotesco, que va a sacarse las oposiciones para vampiro, y no te creas que para saciar alguna sempiterna sed, o para vengarse definitivamente de nada, ¡sino para perder la imagen del espejo, “para no ver tras el espejo”, asegura, “al bicho infame” que es.

Y dice, déjame acabar, que si no emprende ninguna de esas apocalípticas acciones, que si no acaba del todo con esto... es por ti, que ejerces poderosa influencia sobre él, y te llama imán, imán, imán de mujer. Y su aguja apunta a tu norte, como el protagonista de El desierto de hielo, de Julio Verne, que queda pegado a la pared norte del manicomio que habita. Él reside en su propia casa de locos, en su particular locura... que eres tú, lectora, mujer, imán de mujer. Eso dice. Con coros de Javier Álvarez. El Aute, ya sabes, y sus cosas.

 

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