Ahí está el cantante, perdido de sí mismo, buscándose en los espejos, y lo único que halla es una noche que se prepara, “que se agavilla como un ave”.
La tarde consumió su luego fatuo
sin carne, sin pecado, sin quizás;
la noche se agavilla como un ave
a punto de emigrar.
En la escritura de los versos, junto a Caballero Bonald, ese gaditano prodigioso (¿alguna vez van separados esos dos términos, por todos los fenicios?), Sabina deja entrar la luz a su estudio de Tirso de Molina, una luz de visillos blancos, de vídeo musical, y nos dibuja sobre una cartulina blanca las siguientes imágenes, que a mí siempre me evocan colores pálidos, líquidos, colores de témperas aguadas, sin bordes, sin negros marcados, colores e imágenes móviles:
Y el mundo es un hervor de caracolas
ayunas de pimienta, risa y sal.
Y el sol es una lágrima en un ojo
que no sabe llorar.
Tu espalda es el ocaso de septiembre,
un mapa sin revés ni marcha atrás,
una gota de orujo acostumbrada
al desdén de la mar.
Y hay una queja en esta canción, hay un lamento que se le cuelan a los versos, una desilusión que salpica a esa gota de orujo acostumbrada al desdén ajeno, nada manos que del mar, o la mar. Y tenía que venir la frase, la asunción de tal desgobierno:
Y al cabo el calendario y sus ujieres
disecando el oficio de soñar
y la espuela en la tasca de la esquina
y el vicio de olvidar.
Por el renglón del corazón
cada mañana descarrila un tren.
Y al terminar vuelta a empezar
dos horas después de amanecer.
O sea, que después de todo, nada, como diría Hierro. Dos horas después de amanecer ya está todo perdido. De qué ha valido la ilusión primera de la noche, que se preparaba para emigrar a rincones fabulosos; de nada. La vida sigue engañándonos, nuestra propia vida, mintiéndonos cada vez que miramos el reloj y esperamos algo del minuto siguiente. El amanecer tiene sus rituales, sus baños, sus desayunos, sus vestimentas, y es de esperar que estos quehaceres mecánicos nos entretengan, al menos, no sé, ¿una hora, hora y media? No, de nada sirve, porque, pese a ellos, el “lánguido argumento” de la vida, de nuestra propia vida, ya ha quedado al descubierto… sólo dos horas después del despertar.
Tiene la vida un lánguido argumento
que no se acaba nunca de aprender,
sabe a licor y a luna despeinada
que no quita la sed.
La noche ha consumido sus botellas
dejándose un jirón en la pared.
Han pasado los días como hojas
de libros sin leer.
Y vuelve la noche, y pasa el tiempo circular, y la noche, la que tanto prometía, se ha consumido en botellas que no han dejado mucho más de lo que los pre-humanos supieron dejar sobre las paredes de la cueva prehistórica: jirones de botellas, bisontes dibujados... Lo peor es el final, esa frase, esa amenaza continua sobre el hombre cabal: “Han pasado los días como hojas de libros sin leer”. Ese sentimiento de tiempo perdido que a veces me asalta en mitad de una plaza, en medio de una multitud, o interrumpiendo una madrugada. O dos horas después de amanecer.
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