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ESTOPA. Y nos quedamos estopados.

¡Pero se mueve!, dijo Galileo en referencia a la Tierra. Está bien, Galilei, puede que los planetas se muevan, pero… ¿moverme yo? Jamás. Bailar ―en mi caso― me parece de mal gusto. Y aún así, durante dos horas y media no paré. ¿La razón? Estaba “estopado”. [+]


 

ESTOPA. Y nos quedamos estopados. Artículo enviado por Angelcaído.

FICHA TÉCNICA:

Discografía:

1999.- Estopa
2001.- Destrangis
2002.- Más Destrangis (Reedición)
2004.- ¿La calle es tuya?
2005.- Voces de Ultrarumba

Todo sobre música en: DVDgo

Página oficial: www.estopa.com

 

Huele a caballos, a toro, a bicho, a animales. Cuando salgamos de aquí probablemente todos olamos igual o peor, pero de entrada saltamos a la arena de la Plaza de Toros de las Ventas de Madrid y salimos a triunfar, a salir por la puerta grande. Bien en el tercio de ginebras, para qué engañarnos: hasta los del Tendido Siete supieron apreciar con qué clase y qué tronío me apuré el tercero de los vasos, que salió peleón, bragado y con trapío. Ole.

El gentío va haciendo la ola, y en su murmullo de voces plurales entiendo que la masa es un monstruo de muchas cabezas y el doble de piernas que actúa a veces con una conciencia común, con una sola inteligencia, con una voluntad. La de esta Hidra que puebla las Ventas y que derrama su proteico cuerpo por gradas, arenas y pasillos es la de bailar y corear a estos dos chicos de Cornellá, David y Jose, que se han instalado en carteles y anuncios bajo el nombre artístico de Estopa.

Estopa suena, en principio, a Estepa, que suena a su vez a mantecado, pero también evoca la Estepa siberiana, la gran llanura. ¿Y qué otra cosa que una gran llanura con asientos no numerados, con palco y todo, es esta plaza de toros en la que el monstruo del público corea impaciente? Me acochino en tablas, ole otra vez, temeroso ante tanto fervor, e imagino a estas quince mil personas saliendo en tropel a las calles de todo el país, con un rotulador en la mano y escribiendo en todas las señales de STOP lo de E-STOP-A. Quién sabe a qué nos puede conducir la noche, que cae sobre Madrid.

Y cae, con la noche, el telón. Y ahí están. Se parecen al público. O el público a ellos. Porque me parece que, de algún modo, los públicos se fijan en el cantante y se visten igual, se peinan igual, hablan igual. Pero también podría haber aquí algo siniestro, es decir: que el cantante fuera el que imita al público, qué imagen, sigiloso detrás del telón y espiando a los de la primera fila para ver qué ropajes exhiben y ponerse algo parecido. No sé ante qué caso nos encontramos, la cuestión es que coinciden, y creo que si subiéramos a cualquiera de estos chicos, de estos siete mil y pico chicos de Las Ventas, darían el pego y seguiríamos “estopando” tan tranquilos, como si nada.

Están bien los chicos, tranquilos, templando bien en la media distancia, sabiendo acercarse con valentía cuando se tercia, gustándose en los momentos claves, con la frente arriba, sin perderle la cara a la gente, ni al concierto, ni a las canciones. Están bien, cuando entran a matar, al final, en los bises, y dejan satisfecho a todo el mundo: o sea que salen a hombros con todas las orejas de la Hidra cortadas y en el bolsillo. Más de dos horas bailando. ¿Es la rumba catalana? ¿Es la ginebra? ¿Es la plaza de las Ventas? ¿Es el humo ―”anda, deja que fume, dame de fumar…”―? No lo sé. Pero se mueve, que dijo Galileo, se mueve el mundo, mis piernas, mi cabeza loca, mi tema, mis calles, y se sigue moviendo, Alcalá arriba, cuando la Plaza nos vomita (los romanos sabían cómo echarnos a todos de un recinto en menos de cinco minutos) y continuamos el concierto mentalmente. ¿Dónde acabarán quince mil personas? Podríamos repoblar Soria o Teruel, pero preferimos repoblar los bares.

Yo hago el paseíllo por Lavapiés y pido permiso al presidente de la noche, que saca su pañuelo otorgando así su consentimiento para que me pida otra ginebra en cualquier tugurio de Madrid, con cartel de toros incluido, claro. Va por ustedes, señores, y al primer trago recuerdo: los Estopa, al final, han sacado el bombín que les regaló Sabina. Y le han llamado de usted. A hombros, ya lo decía yo, como el maestro.

 

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