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Raphael, por tanto, o el Pop. Finales de la década de los sesenta, las superpotencias nos posicionábamos. Los estadounidenses ponían a Armstrong en la luna en 1969 y fotografiaban esa pisada para crear una huella icónica; pero antes, en el 66 y el 67, los españoles habíamos puesto ya a Raphael en Eurovisión, en Europa. Lo nuestro fue más meritorio, porque Europa estaba para nosotros más lejos que la Luna para los EEUU. Cometimos el error de no fotografiar la huella de Raphael saliendo al escenario europeo, eso sí, que saltó al éter europeo de riguroso negro, sin casco, sin banderas: él era la bandera. Pero las imágenes con las que contamos de aquel certamen lucen, sí, la imperfección técnica propia de una conexión interplanetaria. Para Raphael era un pequeño paso, para el resto de paisanos fue un gran salto. Han pasado los años, las décadas, y Raphael sigue siendo aquél.
Raphael, por Pop, traspasa fronteras y es capaz de hacer que el calendario orbite sobre su eje. La prueba es: ¿cuándo comienza la Navidad? Cuando escuchas por primera vez El Tamborilero de Raphael. Hizo que incluso los ateos entonaran un Ave María y que tipos duros hablaran de amor.
¿Qué canta Raphael? Lo que le han escrito, fundamentalmente, Manuel Alejandro y José Luis Perales. Manuel Alejandro le escribió la primera etapa, cuando Raphael era ése al que todos los imitadores intentan emular. Fue cuando Raphael era el nervio flaco, el látigo negro que se estremecía con movimientos esperpénticos ante las masas. Fue en tiempos de Beatles, esos cuatro ―jugaban al tenis de dobles, muy ingleses―. Pero Raphael, capitán íbero en solitario, se enfrentó sin compaña a los ejércitos de señoras exaltadas.
Luego llegó Perales, llegaron los ochenta, ya había Pop por todos los sitios, qué movida, y Raphael engordó, volvió su voz más grave y asaltó los hogares desde los tocadiscos y las primeras cintas para envolverlos en esas historias propias de Perales, que le cuenta a la señora de turno un dramón decimonónico justo cuando ésta sale con el carro de la compra a por frutas y verduras. Los dramas y las frutas siempre se han llevado bien, las damas y Raphael, también.
Del Raphael de los últimos tiempos uno recuerda fundamentalmente dos cosas:
Primero, el musical en el que se transformaba alternativamente en el doctor Jekyll y en mister Hyde, con Stevenson admirando cómo un tipo de esa edad podía seguir cantando con tanta intensidad durante dos horas y sin descanso. Y a diario. Un artista, un fuera de serie, un profesional, eso que en el fútbol sólo lo ha conseguido Fernando Redondo.
Segundo, la versión que grabó de Maldito Duende, de los Héroes del Silencio. En la presentación de aquel disco llenaron el garito de humo, y de entre la nube blanca salió Raphael, con levita negra y moviéndose acompasadamente sobre los vaivenes de la música electrónica de Carlos Jean. El jienense ni siquiera dio las buenas noches, nunca establece conversación con el público (es más cine que cantautor: las películas tampoco saludan a nadie, no lo necesitan). Y de fondo, mientras él hacía tan suya la canción que los presentes olvidamos la interesante y original versión de Enrique Bunbury, el vídeo musical nos mostró jaurías de lobos nocturnos, majestuosos sobre alfombras de nieve. Si alguien se sorprendió de ver a Raphael metido en aquella modernidad, es que nunca había sabido escucharlo, es que nunca había sabido qué es el Pop.
Raphael: no el rey del pop, sino Raphael, el Pop. Toco madera.
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