RIGOLETTO, defensor de pobres y humildes (iniciación a la ópera).

Si hoy algún divagado saliera en este foro o en cualquier otro escribiendo en letras mayúsculas, símbolo de grito, “¡VIVA FRANCO!”, o por su oposición, “¡MUERA FRANCO!”, provocaría indignación, sorpresa y, ¿por qué no?, alguna sonrisa. Es que ya nadie se asusta de que alguien emita su opinión por más bizarra que fuera. Los nuevos tiempos nos han acostumbrado a leer ¡cada cosa! Nada nos impresiona y todos tenemos la posibilidad de expresarnos.


 

RIGOLETTO, defensor de pobres y humildes (iniciación a la ópera). Artículo enviado por Universoss.

 

Se ve que, antiguamente, los que tenían deseos de formular un pensamiento político, ideológico o de crítica social, no las tenían todas consigo. Hete aquí una muestra de la expresión, a través del arte, de un genio de la composición que, sin llegar a ser un revolucionario de la palabra, encontró una manera sutil de oponerse al régimen que le tocó vivir.


La historia

La ópera Rigoletto, escrita por Francesco Maria Piave y música del gran Giuseppe Verdi (1813-1901), adaptación de la obra teatral de Víctor Hugo, “Le Roi s'amuse”, es una simple historia donde un bufón de la corte, deforme y vestido como payaso, tenía la misión de hacer reír al Duque de Mantua -personificado últimamente por el virtuoso Luciano Pavarotti, aunque se recuerda la magistral interpretación del catalán José Carreras-. El Duque es cruel y se regodeaba humillando a los que le rodeaban, pero entre sus crueldades más célebres se encontraba deshonrar a las doncellas vírgenes del pueblo y hacer meter preso a los que se oponían a sus caprichos de hombre de poder. Los cortesanos, en forma de coro, acuden gustosos a su órdenes.

La historia comienza con el aria Questa o quella (ésta o aquella) donde el duque expresa su filosofía de vida; no importa color o procedencia, sólo importa que sea una mujer a la que va a amar. Mientras, el zapatero va a palacio para vengarse del duque que ha deshonrado a su hija. Rigoletto, el bufón, temeroso del poder del duque, se burla del hombre que acaba siendo humillado y expulsado del castillo, pero antes de irse, el zapatero mira a los ojos a Rigoletto y con voz trémula de bajo le dice: “mi maldición es que te pase lo mismo algún día”.

La historia continúa entre risas y juerga general hasta que es día de descanso. Rigoletto se va del palacio en busca del sosiego de la libertad, donde nadie se burle de su deformidad ni le humille. Aparece en un convento, donde visita a la joven y bella Gilda (la voz más célebre de este personaje fue la griega María Calas, aunque es excelente la versión de la neocelandesa Kiri Te Kanawa). Le advierte a su monja tutora que no la deje salir, que terribles peligros le acechan afuera.

Pero los cortesanos, en silencio, habían seguido a Rigoletto y regresan con la novedad al Duque: “Rigoletto” tiene una amante. No sólo eso, es joven y bella. El Duque no lo puede creer y quiere ver a la doncella por sí mismo. Se disfraza de humilde campesino y, sobornando a la monja tutora (otra sutileza del pensamiento verdiano), tiene un encuentro furtivo con Gilda, donde expone todas sus virtudes de amante y conquista el corazón de la joven soñadora con el aria de amor La bella figlia dell’amore. Inmediatamente en palacio, ordena a sus cortesanos que secuestren a Gilda y la lleven allí. Rigoletto intuye el ardid entre los colaboradores del duque y les pide colaborar con ellos, sin sospechar que su Gilda era la presa pretendida esta vez por el villano duque. El coro de hombres en pleno lleva el aria sigilosa mientras le ponen una venda en los ojos a Rigoletto. Éste espera la sorpresa que sólo se produce cuando se quita la venda y ve que lo han dejado solo. Dentro del convento tampoco está Gilda y la desesperación acude a sus sentidos. Retorna a palacio con el ansia de matar a los cortesanos, pero no sólo es débil de carácter, sino que ellos son muchos y tienen el poder de la ley.

Allí Rigoletto les canta su “Perdono, signori, pietà”, en una de las arias más estremecedoras que se hayan escrito. A Rigoletto no le importa humillarse una vez más con tal de que suelten a Gilda, que no es otra persona en realidad que su propia hija y por quien acepta tantas humillaciones para darle educación. Gilda fue la hija de una mujer que no le importó la deformidad de Rigoletto y lo amó con toda su fuerza, sin importarle su aspecto, pero que murió en el parto. Rigoletto guarda el secreto de esta historia hasta ese día. Pretende que su hija sea feliz y un día se case con alguien importante en Mantua. Todos se sobrecogen al comprender que Gilda no es amante del deforme bufón, pero es tarde, la mujer ya está en garras del duque. En la escena siguiente sale Gilda ultrajada, descalza, señal sugestiva entonces de la deshonra. Rigoletto jura venganza y se marcha.

Tiene una idea. Ir a ver a Sparafucile, el asesino a sueldo del pueblo que atendía una oscura taberna de mala muerte. Le da la mitad de sus grandes ahorros al personaje siniestro, encarnado en un bajo grave, y viste a Gilda de hombre para que nadie la reconozca; ella debía esperarle a medianoche, hora de las brujas y asesinos, en las afueras de la taberna del criminal. Pero Gilda oye el plan. Magdalena (contralto), hermana del asesino, también amante del Duque, le pide que no lo mate, que acepte la segunda mitad del deforme y le entregue el cuerpo del primer viajante que entrara a la taberna. El Duque se encontraba durmiendo allí mismo, luego de una noche de amor con Magdalena. Sparafucile duda, pero Magdalena insiste.

Algo sale mal en el plan. Gilda, a pesar de todo, sigue creyendo en las palabras de amor del Duque y decide salvarle la vida. Cuando los sucesos se están por cumplir y el Duque ser asesinado, Gilda entra con su traje de hombre a escena. Los acontecimientos se precipitan. El asesino duda; Magdalena empuja a Gilda hacia el puñal de su hermano y cae inconconsciente. Silencio sepulcral.

Aparece Rigoletto y Sparafucile le entra un saco con un cuerpo adentro. Rigoletto le da la otra mitad del trato y se va remando, cruzando el río para alejarse de Mantua. Pero cuando se está yendo, oye el aria “La donna è mobile” en la voz del Duque y el terror se apodera de él. El saco se está moviendo y cuando lo destapa ve a su Gilda, su hija, cantar su “adìo” en los últimos estertores. Muere. Rigoletto entonces con voz desgarrada anuncia: “Ah, la maledizione”, la orquesta a plenitud da los últimos acordes y mientras el bufón cae de rodillas, cae el telón.

La otra historia

Verdi, que también nos regaló “Nabucco”, donde un pueblo judío que quería escaparse del yugo egipcio en tiempos en que Italia era mancillada por el Imperio Austrohúngaro, nos muestra aquí, sutilmente, los abusos del poder, la hipocresía de unos cortesanos en los que describe algunos estamentos sociales, a favor del acomodo y “enchufe”. Los pobres y deformes son acompañados por violines y celos, en tiempo de sombríos adagios, y sólo tienen oportunidad de ser felices en tanto y cuanto sean complacientes con el poder, aún a costa de la humillación propia.Hay un personaje que aparece furtivamente (tal vez inspirado en el propio Verdi): el zapatero, que en una corta aria le anuncia que el poder es abusivo, y sólo se puede lograr infortunios de él. Rigoletto, que se cree también escudado en el poder, teme sus palabras, pero al sentirse protegido por el Duque, no recapacita en cómo puede sufrirlo.

Rigoletto es la denuncia a cada uno de los que, siendo de abajo, se regodean con el poder, creyéndose formar parte de él para luego caer en la triste realidad de pobres bufones.

Verdi no sólo demostró en este trabajo el sufrimiento de los oprimidos, sino que va más allá aún. Escribe la partitura del personaje principal para la coloratura de barítono, voz menor si se tiene en cuenta el brillo y fuerza lírica del tenor.

El italiano Leo Nucci es el Rigoletto más famoso, interpretándolo durante 32 años. También fueron célebres las puestas en escena del norteamericano Leonard Warren, del español Vicente Ballester, la fuerza del coreano Ko Seng Hyoun y en especial la versión del barítono alemán, Dietrich Fischer-Dieskau, que, dirigido por Rafael Kubelík, dejó una de las piezas grabadas más memorables.

Rigoletto fue estrenada el 11 de marzo de 1851, cuando Italia todavía no había comenzado su proceso de unificación y estaba dividida en territorios diseminados. Nápoles y Sicilia del Antiguo Régimen, La Roma imperial y la casa de Saboya, reinando desde el Piamonte, se mezclaban con las familias “no italianas”, como los Habsburgos y los Borbones, a los que muchos nacionalistas, incluyendo a Verdi, consideraban usurpadores del poder. En estas circunstancias se escribió y se estrenó Rigoletto, luego seguida por las impresionantes “Aída” y “La Traviatta”, trilogía que, tal vez, sean las mayores óperas de habla italiana.

 

 


 

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