Surcan los primeros barcos, se aventuran los primeros valientes en las aguas inciertas de lo que los griegos llamaron Ponto, los romanos Mare Nostrum (y, por esto mismo, nosotros llamamos Mediterráneo). Las primeras naves, para el comercio o la guerra. Allá van los aqueos a tomar Troya, los príncipes griegos, soltando vela y encomendándose a los dioses más gamberros y deliciosos de la Historia. Aquí vuelve Odiseo, pobre Ulises, atado al palo mayor para escuchar a las sirenas, que indudablemente, ahora lo sabemos, cantaban el Mediterráneo de Serrat.
Quizá porque mi niñez
sigue jugando en tu playa,
y escondido tras las cañas
duerme mi primer amor,
llevo tu luz y tu olor
por donde quiera que vaya,
y amontonado en tu arena
guardo amor, juegos y penas.
Yo,
que en la piel tengo el sabor
amargo del llanto eterno,
que han vertido en ti cien pueblos
de Algeciras a Estambul,
para que pintes de azul
sus largas noches de invierno.
A fuerza de desventuras,
tu alma es profunda y oscura.
Tu alma, profunda y oscura, tu alma mediterránea, cancerbera de tesoros y ciudades sumergidas. Fenicios que cruzaron el mundo conocido sólo por el antojo de fundar Cádiz, más allá de las columnas de Hércules; Cnosos, cretense misterioso, preciosa cerámica cromada, ¿quiénes erais, minoicos? ¿Os amabais con la ternura con la que duerme el primer amor de Serrat? Atenas asomada al mar, Platón hablando de la Atlántida —¿o era mediterránea, qué era?—. Los griegos saliéndole al paso a los persas, cuando Oriente quiso tomar el Mediterráneo. Cien pueblos han vertido en ti su llanto, el Nilo vierte en ti, se divierte, abriéndose hasta confundirse con el Mediterráneo y, en su delta, Alejandría, faro del mundo, desastre histórico su desaparición, el mayor desastre humano, con Alejandro el Magno fundando calles que siglos después el poeta Cavafis transitaría entre el sándalo y la seda. Faro alejandrino, ojo mediterráneo que se encendía después del rojo atardecer…
A tus atardeceres rojos
se acostumbraron mis ojos
como el recodo al camino...
Soy cantor, soy embustero,
me gusta el juego y el vino,
Tengo alma de marinero...
¿Qué le voy a hacer, si yo
nací en el Mediterráneo?
Nací en el Mediterráneo...
Y te acercas, y te vas
después de besar mi aldea.
Jugando con la marea
te vas, pensando en volver.
Eres como una mujer
perfumadita de brea
que se añora y que se quiere
que se conoce y se teme.
Porque el Mediterráneo es mujer, según Serrat, es como una mujer, y eso la hace irresistible, pese a las humaredas de Lepanto, pese al ruido de alfanjes y corazas, pese a la mano perdida de Cervantes, que bajó a los fondos del Mediterráneo y quién sabe si allí no ha estado escribiendo todos estos siglos. Sicilianos bregando contra Fernando el Católico, y Constantinopla o Estambul, cismas como mareas de las que se van pensando en volver.
Ay...
si un día para mi mal
viene a buscarme la parca.
Empujad al mar mi barca
con un levante otoñal
y dejad que el temporal
desguace sus alas blancas.
Y a mí enterradme sin duelo
entre la playa y el cielo...
En la ladera de un monte,
más alto que el horizonte.
Quiero tener buena vista.
Mi cuerpo será camino,
le daré verde a los pinos
y amarillo a la genista...
Cerca del mar. Porque yo
nací en el Mediterráneo...
Nací en el Mediterráneo...
Nací en el Mediterráneo...
Pues si es así, que cuando venga la parca, no a por Serrat, sino a por mí, que me empujen también, que me aten al palo, como Ulises, esperando al temporal, o mejor aún: esperando a que los griegos vengan a por mí. Así como algunos optan por ascensiones a las altas esferas, a cielos nublados, yo escojo Alejandría, yo escojo el Mediterráneo.