La cuestión es que me presento en una Barcelona tetrasílaba, y llego al amanecer, que es cuando lo hacen los espías, los vendedores a comisión y los ocupados en desocuparse, como yo. La ciudad anda en pleno sarampión de políticios, apagones generalizados y trenes de cercanías sufriendo gatillazos a las puertas de los andenes; sin embargo, mi tren entra en la estación de Sans escandalosamente puntual, después de haber recorrido durante una madrugada entera los raíles más viejos de la red ferroviaria de Andalucía, Castilla, Levante, Cataluña.
- ¿Un tren de madrugada? Muchacho, debió de ser intrigante viajar así, ¿no? Pasillos anónimos, pasiones en compartimentos de penumbra y un traqueteo nocturno mezclado con medias de mujer…
Para ser exactos, lo más emocionante fue esperar el amanecer para cerciorarme de que el armatoste en el que íbamos seguía marchando sobre raíles de hierro. Aquello había dado tantos tumbos que resultó prodigioso descubrirse en la estación de Salou, a media hora de Barcelona, y no hacerlo en mitad del campo, en la Mancha o por ahí.
2
Barcelona vista desde la montaña mágica de Montjuic, donde se entiende que lo mágico no está en una espada con poderes extraordinarios ni en una pócima humeante, sino abajo, en plena ciudad, en el bullicio de la multitud, allá donde tantos se sienten solos. La soledad ruidosa de la ciudad. La ciudad, una sorda profiriendo alaridos.
3
Almodóvar, en su día, consiguió un Oscar cuando le puso los cuernos a Madrid con Barcelona. Woody Allen no necesita ningún Oscar, ya los tiene, pero por si acaso ha decidido rodar en Barcelona, con Penélope Cruz haciendo de telonera de Scarlett Johansson. No sé cómo saldrá el invento, sobre todo teniendo en cuenta que no considero que esas dos señoras ni siquiera pertenezcan a la misma raza. Una provoca deseos de abrirse la gabardina, la otra, de arrojársela encima a ella. Adivinen cuál es cuál.
De cualquier modo, Woody Allen anda por Barcelona, dando órdenes a su equipo debajo de un gorro verde horrible. Ha cambiado Manhattan por el Barrio Gótico, y no sabemos si le va a salir una Annie Hall del Barça o un Makinavaja con acento del Bronx. Es martes en el Parque de la Ciudadela, donde conviven el Museo de la Ciencia, el Hibernáculo y el zoológico, y leo en la prensa que Woody Allen estuvo aquí ayer rodando. Miro alrededor y observo los bancos, el puesto de bebidas y el césped. Ni rastro de ese pelotón ciclista que es un equipo de cine en pleno rodaje. Veinticuatro horas: pero a mí, que me aprendí muy bien lo del espacio tiempo de Einstein, pues parece un sketch de humor de la física, me queda claro que esta es la distancia más cercana a la que voy a estar nunca de un rodaje de Woody Allen; así que me voy al zoológico para desquitarme. Barcelona es una ciudad tan bien pensada que hasta los leones parecen de atrezzo.
4
Las ciudades con mar deberían ser obligatorias, por decreto ley o algo así. Una ciudad puede tener distintos modos de ser horrible, incómoda, inhabitable, pero cuando tiene mar, cuando se te permite acercarte a ese aire salado que te encrespa el pelo, se le perdona todo. Como una mujer de hermosa sonrisa a la que dejas de tenerle en cuenta lo tarde que ha llegado en cuanto percibes su olor. Barcelona, asomándose a las canciones de Serrat y esperando que aparezcan en el horizonte las naves de antaño. Por lo que más queráis, decidme cómo lo hace Madrid…
5
Dando un paseo por el centro de Barcelona, por una zona que claramente está pensada para que den vueltas los visitantes, comprando compulsivamente, cuento hasta ocho librerías. En una de ellas muestran un cartel que reza: “Cementerio de los libros olvidados”, en clara alusión a La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón.
Espero en la estación de metro de Urquinaona para ir ya no recuerdo adónde. Veo una máquina expendedora. ¿Chicles, bebidas isotónicas, chocolatinas? No. Libros. A seis euros. Libros de bolsillo, lo más leído, lo que más rápido engancha, para los habitantes del transporte público. “Su best-seller, gracias”.
Las editoriales de Barcelona, los lectores, la literatura en catalán, de la que me hablan descubriéndome un mundo silencioso hasta ahora para mí. ¿Se lee porque se escribe o se escribe porque se lee? Veo pasar a gente con libros, mientras me fumo un Ducados en un parque a las espaldas de la catedral. No es que sea gente más feliz, pero al menos sabe de dónde les viene la infelicidad, la insatisfacción. Son conscientes. No gritarán cuando el avión esté a punto de estrellarse.
Continua en: Collage Barcelona. Parte II.