Viene de: Collage Barcelona. Parte I.
Viendo lo que hizo, lo que me queda claro es que Gaudí estaba zumbado. La Sagrada Familia se halla trufada de estatuas alusivas a la mitología católica, pero son esos caballeros, esos apóstoles, esos ángeles trompeteros, como criaturas de Tolkien a los que les hubiese dado, en plan Bob Dylan, por convertirse a la fe romana en mitad de una batalla. A la fachada le crecen árboles, naranjas, manzanas y frutas del bosque: quiere decir esto que nos encontramos frente a una nueva modalidad de edificio: la catedral yogur. Y un culto lácteo, por tanto, es lo que apetece cuando uno pasea por ese espacio donde, más que las propias líneas maestras que el arquitecto trazara sobre el papel, son los vacíos los que parecen sostener la estructura. Lo que está haciendo falta ya para que la Sagrada Familia se confirme, definitivamente, como la construcción alucinante del delirio de Gaudí, es una hostia consagrada mojada en un tazón de leche.
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El Barrio Gótico se extiende por el mapa de Barcelona como una mancha oscura que huele a pecado por consumar. Consumir lo consumado, en bares dudosos, es como adentrarse en el macizo africano del doctor Livingstone. Ahora que lo vemos todo por satélite, tenemos que saber que todavía quedan territorios por explorar, pero están dentro de las ciudades.
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Un aspecto más: la condición de Tetris de Barcelona. Gaudí, ya lo hemos comentado, se nos antoja un anticipo de las maracas de Machín. Había que estar sonado para proyectar delirios como los suyos; aunque el loco, el realmente loco, fue el tal Güell, que financió los dibujos del arquitecto.
Tú paseas por la casa museo de Gaudí en el Parque Güell, precisamente, y lo que esperas es que te salgan al paso los personajes de Disney. Columnas inclinadas, retorcidas paredes, techos que brotan, señoras que aparecen acuosas en mitad de una columna… Las construcciones de Gaudí son piezas de Tetris caídas de su mente alucinada y colocadas como por ensueño: Museo Gaudí en el Parque Güell, Sagrada Familia, Casa Batlló... El Tetris de la tetrasílaba Barcelona. Gaudí tuneó Barcelona. Y le quedó hasta bien, oyes.
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Las manzanas de edificios en Barcelona son octogonales, con las esquinas dejando triángulos de aceras en los que colocar terrazas. En Madrid habrían metido en un sanatorio al que hubiese propuesto este tipo de manzanas: o peor aún, lo habrían mandado a la cárcel, calculándole a tantos años de condena por metro cuadrado sin edificar.
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En el museo de Geología de Barcelona me encuentro con una exposición de fósiles. Seres que antaño estuvieron vivos se han transformado en una suerte de piedra. ¿Cómo es posible que algo vivo, algo que se mueve, que mantiene funciones vitales, acabe siendo un fósil?, me pregunto. Y observo trilobites, dientes de animales antiquísimos, gusanos que se encuentran inmóviles, como posando para la posteridad. ¿Si me quedo muy quieto y aguanto la respiración me convierto en fósil? Recuerdo a gente a la que conozco, y pienso en otros a los que no conozco pero que sé que están ahí, y sospecho que el largo proceso de fosilización del que me hablan los folletos del museo puede no precisar tanto tiempo. Me parece que dentro de cinco millones de años, si este museo sigue abierto, junto a los trilobites y a las estrellas de mar se expondrán tíos viendo la tele, apoltronados en su propio sofá. Con la pantalla de 35 pulgadas fosilizada también. Habrá que ir haciendo sitio en el museo.
Paso a la siguiente sala, que muestra minerales. La calcopirita y tal, ya sabéis. Oro, pizarra, cuarcita, granito… En sus urnas, tranquilos, pacientísimos, conscientes de que fueron los primeros en llegar de no sé qué espacio exterior, de qué explosión titánica, y sabedores de que probablemente serán los últimos en dejar este planeta. Y sus formas, sus retorcidas formas mostrando el baile perfecto que se traen las moléculas en ese trajín de compartir electrones según reglas mistéricas, la mayoría de ellas aún desconocidas para nosotros. Los fósiles que he visto antes fueron vivos que ahora están muertos; los minerales son seres inertes, suponemos, pero parecen vivos, rabiosamente vivos, danzarines.
Fósiles y minerales. Y enfrente, al otro lado del Parque de la Ciudadela, los políticos discuten en el Parlament lo del apagón. Fósiles o minerales.
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Barcelona es muy gótica, la Barcelona que he andado. Tan gótica me ha parecido, que echo en falta alguna tilde en el nombre de la ciudad, alguna cualidad esdrújula, algo vertical, más allá de la L.